Eduardo Brenes: Impuestos ante la crisis y el FMI

Las reformas estructurales también necesitan de leyes para aprobarse, y de tiempo para ver sus resultados, pero al menos nos dan una cierta garantía de que los problemas no se repetirán cíclicamente cada 4 o 5 años.  ¿No es mejor llevar al FMI un paquete de reformas de gran calado que garanticen a ese organismo que el saneamiento de las finanzas va en serio y no es un simple artificio contable para llegar mediocremente a terminar este período presidencial?

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Eduardo Brenes Jiménez

Aprobar impuestos es la única solución para salir de la crisis. Ya no hay tiempo. Es eso, o el default. Las reformas que impliquen recorte al gasto, mejora de la productividad, o mayor eficiencia en el gasto público son medidas que no tendrán efectos inmediatos.
A grandes rasgos, ese es el guión en que se centra el gobierno y sus corifeos mediáticos para vender su narrativa de cómo enfrentar la crisis. Hablar de reformas estructurales, de soluciones a largo plazo, y no de curitas para detener una hemorragia, pareciera ser hoy para algunos, un discurso extremista (Oscar Arias dixit).
Pero ese discursito hace aguas por todo lado. Y vamos a desmontarlo, porque es muy fácil y sencillo. Empecemos por la supuesta inmediatez de una reforma que se centre en los impuestos. ¿Alguien se cree en serio, que porque se llegue a un acuerdo entre gobierno y oposición para ir a negociar al FMI de inmediato va a iniciar el ingreso de dinero a las arcas estatales? ¿ O es que no recuerdan la reforma fiscal pasada y el tiempo que se tomó para poder empezar a cobrar los impuestos? Sobre todo con una administración tributaria tan ineficiente, desordenada y poco moderna como la que nos acaba de revelar la Contraloría en su último informe. ¿Y que me dicen de las excepciones al cobro que empezarán a pasar los diputados una vez se apruebe? Porque en este país, hecha la ley, hecha la excepción en la asamblea legislativa.
¿Será tan iluso el gobierno de creer que solo por pretender cobrar lo que se propone, ese será realmente el monto que recaudará? Ya en el pasado hemos visto cómo, sus alegres cálculos, terminan en tristes realidades. Sino recuerden cuando, en vez de alivianar el gasto de los ciudadanos al inicio de la pandemia por los bajos precios del petróleo, prefirieron seguir cobrando el combustible a precio de oro, y al final no recaudaron ni una cuarta parte de lo que pretendían.
Todo impuesto implica un trámite legislativo engorroso, un largo tiempo para implementar la ley, y una presunción de que lo proyectado no será lo recaudado; y esto último por varias razones: porque ante una voracidad fiscal tan grosera, sobre todo en tiempos de recesión, el ciudadano hará todo lo posible para no tributar, o tributar lo menos. Y no, no estoy hablando de grandes evasores, estoy hablando de aquel pequeño comerciante que preferirá el efectivo antes que ver mermado su exiguo ingreso por tener que pagar el impuesto a las transacciones bancarias, por ejemplo.
Las reformas estructurales también necesitan de leyes para aprobarse, y de tiempo para ver sus resultados, pero al menos nos dan una cierta garantía de que los problemas no se repetirán cíclicamente cada 4 o 5 años.  ¿No es mejor llevar al FMI un paquete de reformas de gran calado que garanticen a ese organismo que el saneamiento de las finanzas va en serio y no es un simple artificio contable para llegar mediocremente a terminar este período presidencial?
¿Recuerdan cuando al final de su gobierno el irresponsable de Luis Guillermo Solís decía que no acometía la reforma del empleo público porque sus efectos se verían muy a largo plazo? ¡Cuánto hubiéramos agradecido hoy llevar ya varios años de reforma y la trayectoria del gasto público hubiese venido bajando en relación a la de los ingresos!
¿Por qué no atreverse de forma valiente a mejorar la competitividad de este país con una simplificación tributaria que haga atractivo invertir al sector privado y así generar los empleos que tanto se necesitan para mejorar la calidad de vida y de paso los ingresos de una institución tan importante como la CCSS?
Que tenemos que pasarla duro en el futuro inmediato, eso nadie lo pone en duda, pero si ya de por sí la vamos a ver a palitos, hagámoslo sabiendo que lo haremos con el propósito de estar mejor en el mediano y largo plazo. No con la intención de darle un salvavidas a un grupo de políticos y gobernantes irresponsables que lo que quieren es pasar a la otra orilla sobre nuestros hombros mientras nosotros nos ahogamos.
Recortar el gasto, reformar el gigantesco estado, tomar las medidas para mejorar la productividad, o hacer más eficiente el gasto necesario, son tareas tan difíciles como aprobar impuestos. Solo requieren de un líder, mucho diálogo y deseos de salir adelante y no de llegar a una próxima elección.
Ya paren con el cuentico de que no se puede, derribemos esos tabúes de que es imposible entrarle a esta tarea porque los sindicatos paralizan el país, o de que el estado no quiebra. Y empecemos a soñar la Costa Rica que sí queremos y es posible: una donde el sector productivo produce riqueza y empleo, donde paga bajos impuestos pero que se retribuyen en buenos servicios porque diseñamos un estado necesario y eficiente que invierte inteligentemente, que tiene excelentes empleados, bien remunerados sin excesos y desigualdades obscenas. Una sociedad que se preocupa por los más desfavorecidos y les da asistencia y oportunidades, no para seguir siendo pobres, sino para superarse. Un país al que le importa la educación de calidad, la innovación, la ciencia, la cultura y la tecnología.  Que sabe que una sociedad mejor no es solo la que se preocupa por el bienestar económico, sino también por sentirse mejor, por cultivar el alma y el espíritu.
Esa Costa Rica es posible siempre y cuando resolvamos el berenjenal en que nos metimos todos juntos, porque a final de cuentas estamos donde estamos porque solitos nos metimos en esto. Ninguno de los gobiernos anteriores fue impuesto por la fuerza. Pero entonces dejemos ya de pensar también que solo la acción estatal resuelve los problemas. Seamos valientes y demos ese salto a algo nuevo, diferente y mejor, y no nos quedemos en la misma burbuja de siempre.
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