Eduardo Brenes: La casa del ahorcado, Juan Soto Ivars

Señala también la importancia de los cómicos y el humor como transgresores de los tabúes, y de cómo en nuestra sociedad han sido también víctimas de la cultura de la cancelación.

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Eduardo Brenes Jiménez

Este jueves pasado se publicó el último libro del periodista español Juan Soto Ivars, uno de mis periodistas contemporáneos favoritos. Se titula «La casa del ahorcado: cómo el tabú asfixia a la democracia occidental». Este libro está íntimamente relacionado con el que escribió en 2017: «Arden las redes: la postcensura y el nuevo mundo virtual».
Mientras que en el anterior hablaba del clima de irritación constante en qué nos vemos embutidos en las redes sociales y la censura que surge de ese estado de ánimo; en este se adentra en las profundidades del tabú y su complejidad, y cómo puede amenazar nuestros valores democráticos. Señala también la importancia de los cómicos y el humor como transgresores de los tabúes, y de cómo en nuestra sociedad han sido también víctimas de la cultura de la cancelación.
Dice Soto Ivars:
«La ambigüedad es central en el tabú. Algo donde lo impuro y lo sagrado se confunden es, por encima de todo, inquietante. Piensa en la gente transgénero: el cambio de hombre a mujer significa atravesar una frontera prohibida, así que estas personas están cargadas de tabú, como los inmigrantes. Producen angustia y confusión. Pero ¿qué ocurre hoy? Pues que vivimos en una sociedad que idolatra a las víctimas y los oprimidos, y les confiere un estatuto especial. Nadie puede tocarlas, ni atacarlas. ¡Siguen siendo tabú, aunque de otra forma! Es como si el peso de la energía simbólica del tabú hubiera cambiado de lugar, se ha desplazado, pero no desaparece. Así que hoy es tabú ser crítico con el fenómeno transgénero de la misma forma que ayer era tabú ser transgénero.»
«. El tabú es, más que bueno o malo, inevitable. Pero digamos que es bueno cuando la sociedad entera lo comparte y es malo cuando unas tribus ideológicas o identitarias tratan de imponer los suyos al resto. Así, el tabú de la violencia, por ejemplo, es bueno: salvo unos cuantos hijos de perra, toda la sociedad siente horror ante la violencia física, que solo se tolera como entretenimiento de ficción. En cambio, los tabúes de la corrección política, o los de su némesis de derechas, la corrección patriótica, son totalmente distintos. Hay personas que quieren imponérnoslos a todos, según su sensibilidad, y esta actitud censora e intransigente produce división estéril y fractura. «
«Este es el problema en nuestra sociedad: cada vez tenemos menos tabúes comunes y más tabúes antagónicos. Lo que para un grupito es sagrado para otro es monstruoso.»

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