Eduardo Brenes: La democracia no se impone a palos

Pero si con amenazas y con  fuerza se pretende ahogar la conciencia de hombres  que tienen el derecho de exponer y expresar lo que en su convicción honrada, habremos ido contra la democracia, a herirla en uno de sus más puros principios.

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Eduardo Brenes Jiménez

El 26 de agosto de 2020 celebraron los 80 años de la Universidad de Costa Rica , una institución crucial en mi formación y parte importantísima en mi experiencia de vida. Sus aportes a la sociedad costarricense han sido invaluables y quererla no significa  disimular sus faltas y sus carencias. Ojalá el espíritu crítico nunca falte a la hora de sopesar su legado.  Porque sólo así se puede mejorar.
Es por eso que hoy, en homenaje a estos 80 años de cosas buenas y malas, de miles de alumnos, profesores y administrativos que han formado parte de esa gran institución, quiero compartir unas palabras del gran don Ricardo Jiménez Oreamuno  que creo siempre se deben de tener muy presentes en dicha casa de estudios y nunca deben de olvidarse, sobre todo en tiempos en que todavía hay nostálgicos del pensamiento único y este puede manifestarse de las formas más sutiles.
El 26 de agosto de 1940 se creaba la universidad por la Ley de la República No.362, y en marzo de 1941 abría sus puertas a sus primeros estudiantes.  Pero ya para abril de 1941,  se daba una primera polémica que se discutía con fervor en la prensa nacional: había transcendido a la opinión pública una circular que las autoridades universitarias habían dirigido a los catedráticos de ese centro, en la que se les prohibía  exponer doctrinas totalitarias. Recordemos que el mundo se encontraba en  plena Segunda Guerra Mundial y el mote de nazi y fascista  ya se usaba como arma arrojadiza para acallar voces contrarias. En su paso por San José, don Ricardo fue abordado por un periodista del diario La Tribuna  quien le pidió  su opinión al respecto.  Con su habitual locuacidad esto dijo el Brujo del Irazú:
—¿Otro reportaje mío? Pero van a decir que no estoy tranquilo si no estoy asomándome cada dos días a  los balcones de la prensa. Sin embargo, esta es la continuación de un asunto ya empezado, en el cual me intereso como ciudadano y por viejas participaciones mías en otra etapa de vida universitaria nacional.
Dije entonces que mucho me temía que la universidad que ahora está restableciéndose pudiera ser como la de don Vicente Herrera, cuando por haber tenido expresiones laicas en ella el doctor Montúfar fue apartado de su cátedra. A eso se me replicó que esos temores eran infundados; que el mundo había dado muchas vueltas desde aquellos días en que privaba el sectarismo. Que ahora, en 1941, al restablecerse la universidad se fundaba un centro de luz, de progreso y, se encendía una nueva antorcha de libertad. Pensé entonces que me había equivocado y que mi juicio era temerario. Que realmente los largos años pasados desde los días de la univerisdad de don Vicente debían de haber dejado una profunda huella, pues en sesenta o sesenta y cinco años, la cultura humana, las ideas de libertad y de justicia se renuevan cada vez más vigorosamente y se afirman en su reino invencible.
Sentí por ellos una profunda satisfacción. Pero ahora he visto una orden que ha sido dictada para los profesores universitarios de una nación democrática como la nuestra, en la cual se les conmina para que nos exterioricen sus ideas totalitarias, si llegaren a tenerlas. Y en caso de exteriorizarlas, se ve que tendrían que dejar las cátedras que desempeñan. Ante esa muestra me he encontrado como en los días de la universidad de don Vicente.
Para proceder así no veo cómo se ataca a los nazis por los métodos que emplean. Porque parecen ser los mismos. Y la diferencia que hay entre los demócratas y los totalitarios, es precisamente el profundo respeto que los primeros tenemos por la libertad de pensamiento. Mientras que en los regímenes totalitarios la discusión está excomulgada, en los nuestros se consagra como básica la más amplia y completa libertad. Obrar de otro modo es ir contra la democracia. Y es mostrar que ella anda coja cuando para imponerse en la conciencia humana tiene que recurrir a cerrarle la boca a los que la atacan. Y eso no es admisible.
No es la democracia idea que se impone a palos. A la democracia la podrán vencer sus enemigos con las armas y  los tanques, pero no la pueden vencer en el terreno de la discusión.El hombre violento podrá vencer al sabio y al justo en el ring de una pelea salvaje, pero no en el campo de la ideología y del espíritu. Fuerte y vencedora es la democracia para tener que recurrir a medidas de violencia, extremos contra los cuales se levantan todos los hombres libres, los que de verdad amamos a la verdadera democracia. Y es por eso que no pueden merecer la aprobación de ningún hombre que ame la verdad, la justicia y los derechos naturales con los que cada ser nació a la vida, o sean su conciencia, su libre albedrío, su opinión propia y la irrestricta emisión de sus ideas, procederes que van contra la libertad.
Está bien que si un funcionario, o un simple ciudadano, se levanta en tono subversivo y ataca las instituciones democráticas y republicanas le caiga el peso de la ley. Pero de eso a ponerle un candado en la boca y tratar de ponerle otro en la conciencia a un profesor universitario, que se supone ha de ser  un hombre de cierta cultura y de conciencia propia, hay una gran distancia.
La democracia es precisamente el estado en el cual las ideas, el libro, el periódico y la doctrina  circulan libremente, no se imponen, sino que se presentan y allá los pueblos, que son en definitiva los soberanos, que acepten o rechacen las diversas ideologías. No nos preocupemos por seguir los pasos de los hombres que van contra la libertad alzando el machete de las amenazas. Preocupémonos por derrotar las ideas totalitarias y antidemocráticas en el corazón y en la conciencia de los pueblos, que es lo que no debemos descuidar.
Que salgan los defensores e intérpretes de las doctrinas de la violencia libremente a exponerlas para que encuentren las razones de los que no compartimos su manera de pensar, de las cuales tenemos el más valioso y mejor surtido de los arsenales, con armas que jamás serán derrotadas y que se abren paso porque son luz y son verdad.
Pero si con amenazas y con  fuerza se pretende ahogar la conciencia de hombres  que tienen el derecho de exponer y expresar lo que en su convicción honrada, habremos ido contra la democracia, a herirla en uno de sus más puros principios. Eso es lo que tengo que decir al ver esa conminación contra los profesores universitarios porque me causa pena que a estas horas, aún se pueda pasear por los claustros de ese establecimiento, la sombra inquisitorial de una imposición. Universidad, admitámosla, pero como centro de progreso, de libertades, de verdades y real democracia.—

 


La Revista se une a la celebración de los 80 años de la fundación de la Universidad de Costa Rica.
Nuestros distinguidos colaboradores: Constantino Urcuyo, ex director de la escuela de ciencias políticas , Macarena Barahona, Catedrática y Vladimir de la Cruz, Ex Decano de Ciencias Sociales, nos brindan sus palabras en esta importante ocasión.

 

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