Eduardo Brenes: La Iglesia Católica en la política

Monseñor Thiel, fomentó la creación de varios periódicos de corte católico que le sirvieran para su propaganda y así fue como surgieron periódicos como "El Correo Español" (1880) para defender a la iglesia públicamente ante los embates del liberalismo

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Eduardo Brenes Jiménez.

Si uno cree que la Iglesia Católica actual se mete demasiado en temas políticos, sólo hay que ver la reacción que tuvo la Iglesia costarricense de finales del siglo XIX con las grandes reformas liberales. En esa época la iglesia, comandada por un obispo, Monseñor Thiel, con más luces él sólo , que todos el clero actual; dedicó todas sus invectivas contra el liberalismo, la masonería y el protestantismo a quienes consideraba sectas del maligno.

Desde la década de los 80 del siglo XIX, Monseñor Thiel, fomentó la creación de varios periódicos de corte católico que le sirvieran para su propaganda y así fue como surgieron periódicos como «El Correo Español» (1880) para defender a la iglesia públicamente ante los embates del liberalismo; «El Mensajero del Clero» (1882) para dar la posición oficial de la iglesia que debía de ser transmitida a la población; «El Eco Católico» (1890) para ofrecer a los católicos seglares mensajes oficiales; «La Unión católica» (1890) que era el órgano oficial del partido político católico; y «El Adalid Católico» (1895) que buscaba combatir el protestantismo. La maquinaria propagandística de la época era realmente potente.

Solo para poner un ejemplo del nivel de beligerancia con que se escribía en esa época, desde el 12 de abril de 1890, hasta el 10 de diciembre de 1892, «El Eco Católico» reprodujo 54 textos con el título: «El liberalismo es pecado». Cada uno de esos textos trataba de algún «error» en particular reproducido por el liberalismo y que entraban en contradicción con la doctrina católica. Presentaban al liberalismo como una «enfermedad moral» cuya consecuencia era el desconocimiento de la autoridad divina en la vida terrenal y afirmaban que «el liberalismo, pues, no sólo es idea y doctrina y obra, sino que es secta».

Ni qué decir la forma en que atacaban a los protestantes —hoy sus más fieles aliados— de quienes decían desde las páginas del «Adalid Católico» el 5 de octubre de 1895:

«Y en verdad nada de particular tiene que sea nula la influencia de unos pastores que moran en «confortables chalets», gastan coche, donde pueden, y pasean en él…No es esta por cierto la manera más elocuente de predicar virtud, castidad y abnegación cristianas; no es fácil, no, reconocer en esos sectarios de Lutero y de Calvino los lineamientos de la adorable imagen de Jesucristo…».

Y cuando de la masonería se trataba no se ahorraban en condenas y refutaciones como decía el «Unión Católica» el 25 de enero de 1891:

«El espíritu del hombre, aún del hombre de las más limitadas inteligencia y moralidad, se resiste a creer que seres humanos se anonaden a ciegas, viles y miserables instrumentos de las furias infernales que apoderándose de los cuerpos y almas de tales hombres, si hombres pueden llamarse, los arrastren a la abominable adoración de Lucifer, fin último de la masónica secta.»

Por eso, ya bien entrado el siglo XX nuestro gran prócer liberal, Ricardo Jiménez advertía, en un mensaje al Congreso de 1924, que en nuestros debates políticos no deben de oírse las voces alteradas de las querellas religiosas, porque si eso se diera —remachaba el Brujo del Irazú— perturbaría las conciencias y nada hay más funesto para la tranquilidad de los pueblos que las luchas religiosas.

Por eso en aras del principio de libertad religiosa, por el cual siempre han luchado los liberales y a regañadientes y tarde la Iglesia Católica, yo prefiero seguir las sabias palabras del gran don Ricardo:

«Que la Iglesia y la escuela vivan siempre al lado una de otra, en paz, como símbolo de la paz religiosa que reina en la conciencia de los costarricenses y sin la cual no habrá paz política ni social. La escuela no quita luz ni aire a la catedral, ni la sombra de la catedral oscurece las aulas de la escuela… Para bien y sosiego de Costa Rica, perdure el respeto a las conciencias y la tolerancia en materia religiosa».

Ellos están en todo su derecho de manifestar lo que piensan a sus fieles y muchos como yo, en no hacerles caso.

*Fuente de donde tomé alguna información: “La identificación del desarticulador del mundo católico: el liberalismo, la masonería y el protestantismo en la prensa católica en Costa Rica (1880-1900)” Esteban Sánchez Solano.

 

 

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