Eduardo Brenes: Trifulcas nacionalistas

A los Bukeles, Maduros, Ortegas y demás de su fauna, hay que dejarlos hablando solos y uno concentrarse en los desafíos, ya de por sí enormes, que como país tenemos.

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Eduardo Brenes Jiménez

Las trifulcas nacionalistas provocadas por el poder entre países cercanos siempre funcionan en ambas vías. Le sirven a quién da el paso y lanza el ataque para que los suyos lo aclamen y reafirmen, y sirven al país y gobierno agraviado para lo mismo: para reafirmarse entre los suyos y apelar a sentimientos nacionalistas.

Eso no es nada nuevo, es una tradición milenaria en las relaciones entre países, y en Costa Rica tenemos múltiples ejemplos recientes: las usuales invectivas del dictadorzuelo de quinta de nuestro país hermano del norte, Nicaragua, sirven a un lado y otro de la frontera para que ambos gobiernos tiren cortinas de humo que enrarezcan un poco el ambiente y sus ciudadanos no se centren en sus fallos y carencias por un lado, o los distraigan de los problemas realmente acuciantes.

Por eso sentirse agraviados por el tweet Bukele, no hace sino distraernos de lo importante y de desenfocarnos de lo que debería de tener toda nuestra energía y esfuerzo: ver cómo saldremos de esta crisis con el menor daño a la salud y la economía de nuestro país. Costa Rica tiene un gobierno que ha manejado con resultados muy positivos la crisis sanitaria del COVID-19, una ciudadanía responsable, que con sus excepciones, es parte de ese éxito al cumplir con las medidas de alejamiento social, un sector público y privado que han trabajado de la mano para salir lo antes posible de este trance y el reconocimiento mundial por tan buenos resultados hasta ahora. ¿Entonces por qué perder el tiempo en un megalómano autoritario que viola la constitución y las leyes de su país con impunidad, y que sigue al pie de la letra manual del autócrata latinoamericano? Es perder el tiempo.

La reflexión que sí me parece importante que hagamos acerca de Bukele y su circunstancia, es que nos veamos en ese espejo desde dos perspectivas: por un lado los peligros de llevar un autoritario al poder; y por otro el peligro de una ciudadanía cegada y acrítica que apoya todo lo que sus gobernantes o presidentes hagan, sin cuestionarse absolutamente nada, demonizando a la oposición, acusándola de politiquera sino aplaude y refrenda lo que se hace desde el poder, molestándose porque los medios de comunicación den espacio al pensamiento crítico y creyendo que ser patriota es asentir, ovacionar y callar al disidente. Ese comportamiento es el que ha tenido a Bukele en sus más altas cotas de popularidad entre los salvadoreños. Sus focas aplaudidoras son las que demonizan al adversario y lo convierten en enemigos del país por no ser porristas fieles de Bukele.

Si algo debemos de aprender de lo que pasa en El Salvador es que la democracia se construye de la contraposición de ideas, del debate libre y lejos de presiones —ya sea desde el poder así como desde la misma ciudadanía—; que desde la política y el control al poder, sea en tiempos normales o de emergencia, se logra más que desde la sospechosa unanimidad patriotera que ha hecho que otros pueblos, otrora civilizados y democráticos, caigan en derivas autoritarias de las que luego es difícil salir.

 

 

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