Eduardo Carrillo Vargas,(Ph.D. Administración).

“La democracia se encuentra en una encrucijada. Fuertemente tensada entre el declive y la resiliencia, atraviesa el período de mayor recesión democrática de las últimas décadas. El peligro es real y no hay que subestimarlo. Demanda, por el contrario, atención urgente”. “Según el último informe del índice de democracia de The Economist, una alarmante mayoría, el 60 % de los países, ha perdido su estatus democrático. En este momento, solo Uruguay, Costa Rica y Chile mantienen la calificación de democracias plenas…”.

“Durante los últimos 20 años de mi vida pública he venido proponiendo un gran acuerdo nacional que nos permita coincidir en las cosas más importantes. Ese acuerdo es hoy más necesario que nunca. Coincidamos más y discrepemos menos. Identifiquemos al enemigo común y volvamos a unirnos en defensa del país”. “No quiero que se dinamiten los puentes del entendimiento. Quiero que se construyan más puentes de unidad”.

No sé cuáles son los parámetros de The Economist para sugerir que somos una democracia que pueda calificarse de plena. Es parte de un artículo reciente titulado Democracia: entre el declive y la fortaleza del analista Daniel Zovatto. La segunda cita corresponde a otro artículo de don Rolando Laclé, que clama por “…un gran acuerdo que nos permita coincidir en las cosas más importantes”. Don Rolando, sobra decirlo, ha hecho notables aportes al país a lo largo de su extensa y exitosa carrera política.

Coincido con ambos, pero difiero en dos sentidos prácticos: primero, en la afirmación de The Economist en el sentido de que somos una democracia plena y, segundo, en el énfasis de Don Rolando en la necesidad de construir “puentes de unidad”.

La división y el desentendimiento emanan del hecho concreto de que la democracia le ha fallado a nuestra población. Más bien, coincido con Don Eduardo Lizano cuando nos recuerda que la democracia real y plena se sustenta en tres pilares esenciales que 1) Tienen una estrecha relación. Los tres grupos son condición necesaria de la democracia liberal. Están estrechamente entrelazados. Si alguno de los tres hace falta o queda muy rezagado con respecto a los otros dos, no podrá hablarse de democracia liberal; 2) No basta con proclamarlos: los buenos propósitos y las promesas deben transformarse en realidades. Es decir, los ciudadanos deben poder ejercer los derechos y disfrutar de las garantías en su vida cotidiana; y, 3) Su cobertura ha de ser universal. La discriminación, exclusión o marginación de determinados grupos de la población no tienen lugar en la democracia liberal. 4) La cobertura debe ser permanente. Sin embargo, ante circunstancias excepcionales (catástrofes naturales, pandemias, crisis internacionales, etc.) su aplicación específica bien puede limitarse o condicionarse temporalmente” (énfasis agregado).

Esa democracia, a la que se refiere Don Eduardo, no existe en Costa Rica.

La tarea, entonces, no es construir puentes de entendimiento, pues la temática está llena de desacuerdos. Lo que el país necesita es reconstruir las bases de la democracia que ahora decimos practicar. Peor, la democracia que practicamos es parte de los muchos obstáculos que el país enfrenta para alcanzar el objetivo que perseguimos o que debemos perseguir: el bienestar colectivo de nuestra población. Los obstáculos son enormes y esa democracia que presumimos practicar es uno de ellos. Es lo que nos impide avanzar con alguna fluidez en los cambios que son obvios y han sido reconocidos y documentados en numerosos estudios; pero, igual, carecemos de la fortaleza para enfrentar los cambios estructurales de los que mucho se habla. Esta misma semana se ha hecho referencia a la carretera a San Carlos, unos 40 kms, en cuya construcción se viene trabajando desde el 2005. En los pasados 18 años se han venido utilizando, en forma improductiva, recursos nacionales que, por otra parte, son cuantiosos, como lo demuestra un Estado que nos cuesta el equivalente al 75% del PIB, según la CGR. No tenemos un problema de recursos, sino de despilfarro, con frecuencia asociado a la corrupción.

La historia debería habernos dado una lección que desconocemos o ignoramos: los grandes procesos de cambio en Costa Rica se produjeron fuera del marco de la democracia. Fue así como gobernaron Braulio Carrillo; Juan Rafael Mora; Jesús Jimenez; Tomás Guardia y, los dos artífices de revolución de la década de 1940, Calderón y Figueres, que gobernó en dictadura por 18 meses. Con la única excepción de Calderón, todos los demás prescindieron del congreso, obstáculo principal del cambio. Y a todos esos patriotas con justicia los honramos por sus excelentes aportes al desarrollo del país.

Hoy necesitamos, como lo propone Don Rolando Laclé, “hacer un gran frente nacional”. Pero debemos reconocer los obstáculos, entre los cuales se destacan los que se originan en la democracia que decimos practicar. Es posible que el mayor obstáculo sea el congreso, pero también un poder judicial incapaz de asegurar el estado de derecho y la justicia pronta y cumplida. Y no se puede ignorar la debilidad del poder ejecutivo, que es debilidad de gobierno nacional. Este es un punto sensible de cambio, porque es la base de las grandes políticas nacionales y, más importante, de su ejecución para alcanzar la plenitud de la democracia, que se dará cuando cumplan las tres condiciones que nos recuerda Don Eduardo Lizano.

¿Es posible un gran acuerdo nacional, como lo sugiere Don Rolando? Pienso que sí, pero hay que partir del reconocimiento de los grandes obstáculos que nuestra propia democracia impone. Por otra parte, no hay duda de que el costarricense tiene profundo amor por su patria; que prefiere de la democracia sobre cualquier otra forma de gobierno; que nuestros grandes problemas sido estudiados y documentados con considerable detalle; y, que hay voluntad de cambio entre la población civil, no compartida por la distanciada clase política.

Pero hay que reconocer también que un acuerdo nacional tiene, primero, una base civil y, luego, un proceso político. Tal vez podríamos aprender de otro gran costarricense: Don Rodrigo Facio. Si el país se focaliza en la ejecución de las medidas correctivas de los grandes problemas nacionales, que por fortuna han sido bien estudiados y documentados, es posible que sea la semilla para producir el acuerdo civil necesario. Lo cual nos lleva a otro problema: los cambios hacia una democracia plena requieren de medidas correctivas de excepción, que garanticen su ejecución. Nuestra constitución ofrece espacios para ello, pero superar los obstáculos políticos será una tarea compleja.

En realidad, deberíamos confiar en las reservas derivadas de las capacidades que la población tiene para superar el momento difícil y peligroso que hoy vivimos. Podría Don Rolando, una figura respetada más allá de su ideología política, invitar a otras figuras que tienen reconocimiento nacional (entre ellas, Oscar Arias, Miguel Angel Rodriguez, Laura Chinchilla, etc.) y a un pequeño grupo de soporte técnico en el cual puedan participar el Estudio Estado de la Nación, INCAE y las universidades, con el objetivo de lanzar una propuesta de cambio a nivel nacional. Más que la base política, es importante el apoyo civil, lo cual sugiere un proceso de difusión/discusión no mesetero y sí de alcance nacional. La labor de este proceso es estratégica, en el sentido de fijar las grandes áreas y directrices de cambio.

La visión técnica de los problemas y sus soluciones juegan un papel importante. Podría ser importante nombrar un Consejo de Notables, tal vez reviviendo el creado durante la administración Chinchilla Miranda y realizando los ajustes pertinentes a las condiciones actuales. Ese grupo de notables tiene una experiencia valiosa, en propósitos e instrumentos de cambio, que lamentablemente no contaron con el apoyo político que esperábamos muchos costarricenses. También se puede ayudar a impulsar el cambio en un sentido práctico, mediante proyectos de emergencia nacional en sectores como: crecimiento económico por su relación con empleo y la pobreza, reforma estatal, seguridad, salud, infraestructura, entre otras opciones.

En suma, la iniciativa de Don Rolando es bienvenida para buscar la unidad nacional, hoy fraccionada en un montón de partidos políticos sin respaldo popular y amenazada por riesgos que pueden alterar la frágil paz social, de la que algo nos queda. Esa iniciativa, puede aportar al cambio que todos deseamos si reconocemos la dura realidad del problema nacional y la necesidad de privilegiar los resultados esperados -económicos, sociales y políticos- de las reformas. Además, darle un carácter apolítico, no ideológico, enfocada en la solución de los grandes problemas nacionales, sin ignorar que, en última instancia, es el Estado el motor de cambio.

¿Seríamos los costarricenses tan afortunados en contar con la iniciativa de Don Rolando para impulsar ese movimiento en favor de la unidad y, más importante, del bienestar nacional? Todos tenemos la responsabilidad de hacer más y hablar menos.

 

Eduardo Carrillo

Por Eduardo Carrillo

Ha colaborado con varios gobiernos, desempeñándose principalmente en el área de la salud pública. Laboró con organismos internacionales y es consultor. Analista y comentarista. (Ph.D. Administración).