Eduardo Carrillo: El país en caída libre

En la perspectiva de quien escribe estas líneas, el portillo al populismo se abrirá a un nivel de altísimo riesgo.

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Eduardo Carrillo Vargas, (Ph.D. Administración).

Cuando se aprobó la reforma fiscal se nos dijo que era solo una medida temporal para para no caer al precipicio. Quedamos al borde, siempre en riesgo de caer al vacío porque otras medidas de carácter institucional no se concretaron. Sin embargo, parece que la crisis del coronavirus y las políticas del gobierno para encarar esta nueva crisis sí nos harán caer al vacío. Las consecuencias pueden ser muy dolorosas y la crisis fiscal será solo una pequeña piedra en el camino hacia una situación mucho más grave de la que ya teníamos.

Las medidas que se han venido adoptando no guardan coherencia con la crisis económica que nos habían anunciado. Todo lo contrario, el Gobierno incluso contempla la posibilidad de suspender temporalmente la reforma fiscal. El país quedaría en peor situación que la que teníamos antes de la reforma. Entonces ¿para dónde vamos?

El congreso aprobó en días recientes un préstamo por $500 millones disque para atender la crisis del coronavirus. Algunos pocos diputados quisieron condicionar el empleo de esos recursos, pero fracasaron en su intento. Aunque el préstamo tiene un propósito definido, el presidente Alvarado tendrá alguna flexibilidad en la utilización de esos recursos. Al respecto es bueno recordar que el año pasado el presidente clamaba por racionalidad en el gasto público y la regla fiscal, pero el Gobierno Central incrementó su gasto en un 17% (datos de la CGR). Podemos concluir que la retórica del presidente no es consistente con sus actos y enfrenta un serio problema de credibilidad.

Y no es que la regla fiscal sea la tabla salvadora para racionalizar el gasto. Solo limita algo su crecimiento, pero parte de una base muy alta (28 billones de colones, equivalentes al 75% del PIB). Esas cifras esconden la verdadera naturaleza del problema institucional que representa un Estado oneroso y muy, muy, improductivo. La crisis no desaparecerá sin cambios institucionales de fondo, porque esa es la verdadera crisis. La fiscal es solo producto del despilfarro del Estado que sabemos inmanejable.

La situación del país, antes de la aparición del coronavirus, era delicada. El crecimiento económico se ha debilitado aún más y los riesgos de una recesión son reales. Y nos cogería en circunstancias difíciles: 12,4% de desempleo, pobreza bien por encima del tradicional 20%, informalidad del 46,3% y deuda que ya se acerca al 60%. Todo eso frente al impacto económico del coronavirus: necesidad de más recursos para reforzar la CCSS; suspensión temporal de IVA, una especie de préstamos que el consumir le hace a los que más tienen, obviamente con un efecto importante en desigualdad; suspensión temporal del pago de impuestos para los más afortunados; reducción de salarios por reducción de jornadas laborables, etc. Es decir, más apoyo a los sectores más poderosos y menos para quienes recibirán el peor impacto de la crisis. Pero con un claro elemento de inequidad: según parece, los efectos negativos solo se volcarán sobre las espaldas del trabajador en empresas privadas, mientras el funcionario público se mantiene libre de esas medidas. Quedan libres quienes menos producen y más ganan, otro empujoncito en favor de la desigualdad.

¿Qué pasará en 3 o 4 meses? Es posible que la CCSS tendrá que ampliar su capacidad hospitalaria para atender a un número creciente de víctimas del coronavirus; el gobierno tendrá menos recursos y un déficit fiscal que tal vez supere el 8%; la deuda pública se habrá incrementado y podría pasar del 60%; esos indicadores se reflejarán en más pobreza y desigualdad; y el crecimiento económico se deteriorará aún más, si es que no entramos en franca recesión.

La situación política seguro presentará un mayor repudio al gobierno y, en general, contra los políticos y los partidos. Desde luego, las posibilidades de que el país resuelva su crisis institucional, es decir, la solución de los problemas estructurales del Estado será cada vez más lejana. En la perspectiva de quien escribe estas líneas, el portillo al populismo se abrirá a un nivel de altísimo riesgo.

 

 

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