Eduardo Carrillo: Las trampas de las ideologías y la democracia

Si hablamos de democracia también podemos anotar los riesgos de las ideologías que, en general, producen enormes y dañinas rigideces… nuestro país tiene un buen ejemplo de ello.

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Eduardo Carrillo Vargas, (Ph.D. Administración).

Costa Rica es una república democrática, libre, independiente, multiétnica y pluricultural, reza el artículo 1 de nuestra Constitución Política. De modo que estamos casados con la democracia como nuestro principal instrumento político en torno al cual giran todas nuestras vidas. Dicho esto, la democracia ha estado en la picota desde sus orígenes. Churchill marcó un sustancial retroceso cuando dijo que era el peor sistema con excepción de todos los demás. En términos criollos, el menos peor. Sin embargo, hemos cometido el error de aceptar ese hecho, sin enfrentar las muchas deficiencias que la demostrado a través de la historia. Nuestras diferencias conceptuales no son nuevas ni son las únicas. De hecho, con frecuencia incurrimos en prácticas que bien podrían considerarse antidemocráticas.

El Estado es la representación de la democracia, especialmente en la composición de sus poderes y en sus relaciones mutuas. El Estado de Derecho es una condición fundamental, aunque con frecuencia lo violamos como anoté en mi artículo anterior. Las libertades civiles pueden generar diferencias, pero no es origen de notables desacuerdos. Hay otros dos campos en los cuales sí surgen diferencias con capacidad de generar importantes desacuerdos sociales que evolucionan en conflictos de distinta naturaleza y profundidad. Se trata de la arquitectura y funcionamiento del Estado, por una parte; y de quien paga sus costos y la distribución de los sus posibles beneficios de acuerdo con el principio de igualdad, en nuestro caso preservado por artículo 33 de la Constitución. Ambos son parte de la crisis que hoy enfrenta el país y es fuente de crispación social.

La democracia parece haber sido una aspiración bastante antigua. Hay algunas experiencias democráticas anteriores a la griega y la expresión del presidente Lincoln (gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo) se encuentra en los escritos de sabio chino Confucio. Pero es en Grecia donde la política adquiere una connotación técnica y ética especial, su carácter soberano (el gobierno del pueblo) y técnico, al privilegiar en el ejercicio del poder a los ciudadanos más preparados. Siendo los gobiernos de las polis (ciudades) y de todos los ciudadanos (excluyendo mujeres y esclavos) los asuntos se podían resolver en asamblea de plazo pública.

Hoy las estructuras de poder las decide el ciudadano a través de la institución del sufragio, un punto en el cual se requiere renovación por la estrecha relación entre el poder económico y el poder político, el cual es más visible con el centralismo, un punto en el cual se requiere renovación. En Costa Rica también se reduce el carácter soberano al congreso, debido a la ausencia de un sistema de elección directa. También se les priva de la representatividad regional por la ausencia de distritos electorales. Todos aspectos que contrastan con la finalidad de la democracia: bienestar equitativo a toda la población.

En este aspecto, he argumentado en varios de mis artículos que los políticos y los partidos han fracasado, como bien los demuestran varios hechos fácticos: uno, el crecimiento del costo del aparato estatal; dos, la incapacidad de los políticos y los partidos para administrar empresas complejas como el Estado y sus instituciones; y, tres los indicadores en materia de crecimiento, pobreza y desigualdad. Que la democracia no logre su principal finalidad, el bienestar colectivo, es fuente de disgusto y confusión social. Nuestro país es prueba de ello, con una cantidad de partidos políticos que denotan rechazo al bipartidismo (mayor gobernabilidad) que lideró los cambios de los años 40. La proliferación de partidos políticos es la norma ahora y el principio soberano se quiebra cuando, como en la situación actual, el pueblo se ve obligado votar por dos partidos sin mayor representación popular (entre ambos, menos del 30% de los votantes en la primera ronda).  Hoy estamos pagando las consecuencias de esa decisión.

Desequilibrio Político/técnico. La proliferación de partidos representa un riesgo de ingobernabilidad y mayores posibilidades de que fuerzas populistas y autocráticas asuman el poder, como en efecto ha ocurrido en varios países del planeta. hoy es aparente en Costa Rica que el fracaso de los políticos demanda un mayor equilibrio político/técnico. Al fin y al cabo, la administración del Estado y sus instituciones implica combinar técnicas y recursos que se traducirán en obra y servicios que se entregarán a la población con criterio de equidad. Esto requiere de conocimiento técnicos y una justa distribución de beneficios.

Este desequilibrio, sino conflicto, se ha mostrado en la pandemia de EE UU en una franca confrontación entre presidente y el cuerpo científico de ese país. La corrección de este desequilibrio es algo que urge hacer mediante correctivo del diseño institucional, ya que sabemos que la política con frecuencia da paso a la politiquería, con graves daños a la institucionalidad misma y a la equidad que debe prevalecer en democracia.

Olvidemos las ideologías. Si hablamos de democracia también podemos anotar los riesgos de las ideologías que, en general, producen enormes y dañinas rigideces. De nuevo aquí nuestro país tiene un buen ejemplo de ello. La Segunda Republica representó una fuerte participación del Estado en el desarrollo del país. El país cambió en forma positiva, gracias a los aportes de los dos partidos que se habían enfrentado en lo que concluyó con la guerra del 48. Grandes transformaciones se llevaron a cabo con criterio de universalidad de coberturas de alto beneficio político, social y económico. La democracia había logrado sus principales metas: progreso con equidad. Sin embargo, 3 o 4 décadas más tarde el Estado se fue convirtiendo en un monstruo enorme y oneroso que empobreció al país. La misma ideología fue responsable por ello, incapaz de ver que el Estado se encargaría de su propio fracaso y de la crisis que hoy tiene postrada a la nación.

Por disposición constitucional somos una democracia. La democracia es liberal o no es democracia, nos decía don Enrique Obregón en un reciente artículo. Lo cual implica la aceptación de dos corrientes: una que favorece la participación del Estado en favor de la equidad del desarrollo; y, otra, que favorece la iniciativa privada con factor generador de riqueza. Si evitamos extremismos, podemos reconocer a estas corrientes como “centro izquierda” y “centro derecha”. Las diferencias pueden llegar a excesos dependiendo de ciertos grados de radicalización que producen las ideologías, unos en favor del mercado y otros en favor del Estado. Pero podríamos igualmente ignorar la existencia de dos ideologías contrapuestas, porque no hay límites absolutos a la participación del Estado y del Mercado. En nuestro país, lo liberales no tienen problema en aceptar la participación decisiva del Estado en campos como la educación y la salud, representada por la CCSS. Y los socialdemócratas no están contra el mercado, aunque sí en favor de su regulación. De modo que el campo de las diferencias es una zona gris, con los mismos componentes, asumidos con distinta intensidad. Hoy es obvio que el Estado de demasiado grande y produce una condición permanente de ingobernabilidad; a la vez que entendemos todos que la regulación es excesiva y negativa. Siendo así, pareciera que no debería haber problemas para encontrar zonas en las que los acuerdos políticos se muevan en favor del urgente cambio que necesita el país. Es posible también que la población se encuentre más a gusto apoyando soluciones a nuestros problemas que propuestas con algún signo ideológico.

Lograr esta forma de acuerdo fortalecería nuestra quebrantada democracia. Según el Latinobarómetro la confianza en los partidos políticos solo llega al 12% de la población. En años recientes se nos ha impuestos más tributos, al tiempo que aumentan los problemas del país y empeora la situación de la población. Socialmente estamos haciendo una mala inversión. De ello solo podemos esperar un deterioro social, pero también político. Muchas personas están dispuestas a experimentar con quienes ofrecen mejores soluciones. Es un producto de la política que se practica y del mal gobierno, que otros aprovecharán para dividir aún más el entorno político o para articular opciones autoritarias y populistas.

Juntos podemos. Costa Rica no merece que los políticos nos lleven a un caos mayor y varias iniciativas nos pueden reencausar por el buen camino. Necesitamos que los políticos asuman su responsabilidad principal que yo resumiría en los siguientes temas centrales:

  • Dirigir la reconstrucción del Estado y su administración, reconociendo que la gobernabilidad es un subproducto del tamaño del Estado que debe reducirse en forma sustancial. La dirección del Estado emana principalmente de sólidas Políticas de Estado que, como hemos insistido en notas anteriores, tiene que conducir a una gestión por resultados, a su vez punto central de la rendición de cuentas.
  • Corregir el desequilibrio técnico. Es un campo extenso, pero hay algo destacable: la esencia de la democracia en encuentra en las Políticas de Estado que tiene un alto contenido político y un aporte técnico importante; la ejecución tiene un alto contenido técnico, que le da mayor valor a las Políticas de Estado y sigue su pautas.
  • Un Estado partido no se sostendrá. Somos una nación y el Gobierno es nacional. Las divisiones debilitan la democracia y también al Gobierno, al que le resta gobernabilidad y unidad. El régimen de autonomía debe revisarse y corregirse.
  • Un Estado centralista como el nuestro tendrá un sesgo a la inequidad, porque favorece al centro y perjudica a la periferia. Además, fortalece la corrupción y debilita los mecanismos de rendición de cuentas. Es necesarios descentralizar en serio (no confundir con la municipalización que es dispersión de esfuerzos y recursos).

En suma: tenemos problemas muy serios, pero por nuestra naturaleza democrática deberíamos llegar a un acuerdo político que nos lleve por la ruta de la recuperación nacional. Las posiciones radicales son pocas y la cercanía entre los principales partidos es mayor, porque el tema es el mismo: problemas que se encuentran en la zona gris de nuestras principales posiciones políticas. A la población hay que hablarle con franqueza y realismo. Tenemos una tarea compleja de transformación del Estado para ser lo que antes fuimos: líderes en democracia y desarrollo. Resueltos nuestros problemas coyunturales entraremos de lleno a la cuarta revolución industrial. Una nueva visión con un sentido renovado del valor de la democracia.

 


 

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