Eduardo Carrillo: Los “nudos” del presidente y el futuro del país

El presidente Alvarado (y la primera dama) nos habla con frecuencia de los nudos que impiden nuestro bienestar y desarrollo, pero no ofrece soluciones coherentes con la naturaleza y profundidad de los problemas.

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Eduardo Carrillo Vargas, (Ph.D. Administración).

Un artículo de opinión de la catedrática y columnista Velia Govaere plantea una interrogante en la que todos deberíamos participar. Tiempos de cavilación titula el artículo y se relaciona principalmente con el brexit. Pero, en este pequeño y maltratado planeta, las fronteras geográficas y culturales se han roto, aunque muchos no lo hayan notado. Prueba de ello es la persistente creencia en soluciones (ideologías) que han marcado el curso de los países, en especial del hemisferio occidental. No hay fórmulas exclusivas para cada país.

Al analizar la humillante derrota laborista inglesa, la autora propone que “No se le puede reprochar al laborismo haberse hecho conservador. La consigna de Blair decía mucho: “Se acabó la cultura de recibir algo a cambio de nada”. Esa fue la tendencia dominante en toda la socialdemocracia europea y puso fin al paternalismo estatal de subsidios”.
¿Cómo andamos nosotros en ese aspecto? Blair en su momento tuvo un resonante éxito, diría yo, como nosotros lo tuvimos con la Segunda República. Blair presidió 3 gobiernos de mayoría absoluta y una mejora en la calidad de vida. “Bajo Corbyn, el laborismo quiso lavarse el rostro regresando nostálgico a un pasado imposible. El mundo había cambiado y, en vez de renovarse mirando hacia adelante, se manejó con los ojos puestos en el retrovisor” y “en “las glorias pasadas”. Muy parecido a lo que nos ha pasado a nosotros.

Nuestro país sufre de una variedad de crisis y los partidos más fuertes siguen con los ojos puestos en el retrovisor. El entorno político está cargado de partidos incapaces de focalizar con seriedad nuestros problemas. Le identidad ideológica se ha perdido, tal vez para bien, porque nuestros problemas son el producto de aplicaciones ideológicas equivocadas de rigideces mentales. En todo caso, el actual es otro mundo. La velocidad del cambio se ha metido en la naturaleza del tico y lo ha vuelto más pragmático. La población pide “acción”, los políticos siguen añorando el pasado y los populistas están al acecho.

Las nuevas tendencias parecen alentar un distanciamiento entre la población y la clase política, lo cual se refleja con bastante claridad en diversas encuestas. Lo cual es natural, si ambos transitan por caminos diferentes. La brecha entre ambos crea incertidumbre y desconfianza en la capacidad colectiva para encarar los severos problemas del momento. Los primeros quieren “hacer” mientras los segundos intentan reparar las estructuras internas, con elementos inapropiados al entorno moderno.

Se profundiza así la sensación de que el “sistema” y los políticos han perdido su utilidad social. Todo lo político es digno de desconfianza y se afianza, en nuestro caso, con políticas que el público percibe engañosas. Tal es el caso de la “crisis fiscal”, focalizada en la capacidad económica del gobierno central. Como podría entenderse una crisis fiscal en un Estado cuyo presupuesto del 2019 llegó a más de 28 billones de colones, equivalentes al 75% del PIB nacional, según datos de la Contraloría General de la República. Además, con una sostenida tendencia al crecimiento del gasto. En realidad, el Estado sufre de una crisis mayor, una de cuyas consecuencias en la falta de recursos del gobierno central, que intenta salir de apuros sin cambiar nada. O peor, sacando dinero del bolsillo del costarricense, cuando las presiones económicas son mayores ¿Keynesianismo a la inversa?

Ciertamente ha habido pequeños aciertos, gracias a una mayor capacidad de negociación y entendimiento político. Pero los problemas sustantivos siguen presentes y no se perciben señales de que sean confrontados en el corto o mediano plazo. A diferencia de Inglaterra, la social democracia sigue siendo mayoritaria (PLN), pero con una preferencia pírrica, que apenas supera el 10% del padrón electoral. Mientras tanto todos los partidos siguen mirando a lo interno de sus propias estructuras y alejados de los problemas del diario vivir del costarricense.

A pesar de esta pérdida de identidad ideológica, es aparente que nuestra sociedad como un todo prefiere una posición de centro izquierda. Además, la sociedad se mantiene atascada en la cultura que Blair cuestionó de recibir algo a cambio de nada, para nosotros el síndrome del pobrecito. Con el agravante de que, lo que el Estado entrega, lo hace a costos prohibitivos, de donde surge un despilfarro monumental de recursos por simple ineficiencia. La actitud del Estado, favorable para determinados grupos -casi siempre los más ricos- se refleja en cuatro problemas básicos: bajo crecimiento, desempleo, pobreza y desigualdad.

Lamentablemente, las soluciones no son políticas. Si lo fueran, no estaríamos hundidos en las crisis que tienen al país postrado (educación, salud, infraestructura, seguridad, ecología, etc.). El presidente Alvarado (y la primera dama) nos habla con frecuencia de los nudos que impiden nuestro bienestar y desarrollo, pero no ofrece soluciones coherentes con la naturaleza y profundidad de los problemas. Según un titular de prensa, El Gobierno define sus cinco proyectos prioritarios para empezar el 2020, los cuales no guardan relación con los grandes “nudos” institucionales que impiden que el Estado mejore su desempeño en favor del bienestar social, por ejemplo:

  • Como señaló Blair, el Estado no es un pozo interminable de recursos a los que podemos echar mano para alimentar un festín sin rumbo. En la administración pública encontramos indiferencia, irresponsabilidad y ligereza en el manejo de los recursos del Estado, que más parecen fondos de beneficencia. Incluso la ética de servicio se ha perdido, en favor de un patrimonialismo agresivo.
  • La administración del Estado tiene un alto contenido técnico, pero los técnicos brillan por su ausencia. La conducción y las decisiones son predominantemente políticas y electoreras.
  • El Estado no sabe cuáles empresas debe asumir y cuáles no. La ineficiencia pública es un hecho real, en la medida que la empresa pública no puede ajustar los costos cuando la demanda cambia. Los problemas del Estado se resuelven con más presupuesto y los recortes son inexistentes cuando los servicios o las instituciones ya no son necesarios. Esta es una de las principales fuentes de la crisis de los recursos públicos.
  • Hay una combinación de baja productividad y excesos de personal por doquier. Falta disciplina y autoridad que procuren una actividad laboral responsable y productiva.
  • En la práctica hay una relación fuerte entre el interés político y el interés económico, de la cual resultan las estructuras de poder y la naturaleza de las decisiones de política pública, al igual que la corrupción.
  • Lo anterior requiere mayor participación civil y transparencia, que nos es posible por excesiva centralización. Y con la estructura dispersa en más de 80 “gobiernos” municipales, sin autoridad real, sin competencias y sin recursos. La reducción del número de municipios y el traslado real de la función de gobierno y recursos son esenciales para la participación civil. Detrás del centralismo se oculta la corrupción.
  • Los procesos de la administración pública son engorrosos en extremo, en buena parte por una excesiva judicialización.
  • El mundo cambió, pero nuestras viejas estructuras educativas son incapaces de darnos el recurso humano con nuevas orientaciones, conocimientos y habilidades pertinentes a la realidad actual.
  • El modelo de gestión político y politizado es incapaz de generar sus dos principales productos: dirección y capacidad de ejecución. En ello reside un desequilibrio político/técnico.
  • La arquitectura institucional actual, con sus más de 300 mil funcionarios y unas 330 entidades públicas, de la cuales más de 80 presumen de independencia, ha creado una condición de ingobernabilidad permanente.
  • La grave naturaleza y dimensión de los problemas requiere de un proyecto nacional, el cual solo será posible si ignoramos las brechas y rigideces ideológicas y nos focalizamos en la naturaleza de los problemas.

¿Significa todo esto que estamos condenados al fracaso? No necesariamente. Tenemos que pensar distinto y dejar la dependencia en viejas fórmulas que no aplican a la realidad actual. Por otra parte, es posible que estudios realizados, incluidos los de la comisión de notables de la Administración Chinchilla Miranda, ya tengan las soluciones identificadas. Sin embargo, hay que socializarlas a través de foros nacionales, no centralizados, para lograr el respaldo de la ciudadanía, identificar los caminos que hay que recorrer para aplicar las soluciones, reconocer tanto dificultades como beneficios, todo en aras de un proyecto nacional. Es posible también que sean necesarios nuevos liderazgos para recorrer esos caminos, o una relación nueva, equilibrada, de técnicos y políticos.

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