Eduardo Carrillo: ¿Quién le teme a Bukele?

Bukele tiene el carácter, la autoridad y la voluntad para ejercer la función de gobierno nacional, ausentes en Costa Rica. No sabemos qué hará con esa autoridad, pero no podemos prejuzgarla a esta altura de su gestión

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Eduardo Carrillo Vargas, (Ph.D. Administración).

Las críticas a Nayib Bukele están a la orden del día, excepto a lo interno de El Salvador en el que su partido y otro afín parecen alcanzar una mayoría importante en el congreso, lo que le permitirá gobernar con mayor agilidad, tal vez incluso introducir cambios en la institucionalidad del país. Es, sin duda, un hombre que ejerce la autoridad, a pesar de gobernar mediante decretos ejecutivos, por la oposición del congreso. El presidente Bukele ha hecho progresos importantes, entre ellos algunos ajustes al sistema de salud y una guerra frontal contra la corrupción y el nepotismo. Sobre todo, la tasa de homicidios ha cedido, siendo la más baja registrada en muchos años, lo cual no implica que el problema de las pandillas se haya resuelto. Sobre todo, Bukele ha quebrado las estructuras de poder que han dominado el país.

La historia del El Salvador ha sido una de conflicto permanente, que desembocó en más de una década de costosa y prolongada guerra civil, concluida en 1992. Siendo parte del servicio público internacional, me correspondió trabajar en ese país al final del conflicto. Un privilegio que me permitió confirmar el carácter productivo y responsable de la población civil y los abusos de poder que ejercen las 14 familias más adineradas. Sin perjuicio de mejoras importantes en favor del respeto a los derechos humanos, la pobreza y la desigualdad siguen siendo los grandes problemas que golpean a vastos sectores de la población. Los indicadores son claros: el 20% de la población más rica concentra el 44% de la riqueza, mientras el 20% más pobre recibe solo el 6,4%. En el 2017, según datos del PNUD, el Indice de Desarrollo Humano era 0,674 y ocupaba el lugar 121 de los 190 países analizados.

No hay claridad sobre la ruta que tomará el presidente Bukele y el país como un todo. El Salvador enfrenta agudos problemas, sobre todo en el campo social. Los regímenes de derecha y el más reciente de izquierda continuaron con sus prácticas tradicionales que favorecen intereses especiales y tuvieron en relativo abandono a la población. Las estructuras de poder han cambiado algo, pero en general favorecen los intereses especiales de grupos e individuos y no el interés nacional. La institucionalidad política, en lo esencial, no ha cambiado mucho con los acuerdos de paz. Además, la inseguridad continúa siendo un serio problema. El país clama por un cambio en favor de los sectores más vulnerables.

La visión de Bukele desde Costa Rica

Bukele ha actuado con suma autoridad, lo cual alimenta la crítica en el exterior. Ahora, parece evidente que su autoridad será reforzada al lograr un triunfo claro, tal vez contundente, en las elecciones que recién han tenido lugar para miembros del congreso y alcaldes. Si así fuera, estaría en posición de introducir cambios a nivel constitucional y gobernar con una autoridad mayor de la mostrada hasta el momento. Es posible que algunos excesos sean el producto de la frustración, al ver sus iniciativas congeladas por un congreso dividido y opositor. Pero el futuro es incierto, aunque potencialmente podría mejorar la gobernabilidad.

Sin embargo, la crítica dominante en Costa Rica parece ignorar nuestra propia realidad. Una variedad de indicadores sugiere que la mayoría de los costarricenses han perdido la confianza en la democracia (54%), en la política (83%) y en los gobiernos (75%). El PLN sigue siendo la fuerza dominante, pero con solo un 14% del electorado. El Estado es un archipiélago conformado por 330 islas (entidades públicas) que resisten nuestra condición jurídica de Estado Unitario. El centralismo es un factor de inequidad, en la medida que discrimina a las ciudades periféricas y al campo, como podemos ahora apreciar por la cobertura del programa de vacunación. Además, fomenta la corrupción porque la población no identifica a los corruptos en proyectos nacionales, sin base regional. La autoridad presidencial es mínima, pero en todo caso las administraciones recientes han sucumbido frente al poder corporativo, alimentado por procesos electorales, cuyas raíces sustentan un compromiso entre el poder político y el poder económico.

El interés corporativo se puede apreciar en el proteccionismo del aguacate, el azúcar, el arroz, el café, entre otros, que favorece al productor y aumenta las cargas sobre las clases populares. Fresca están las noticias del vergonzoso cambio en el proyecto de empleo público que abrió el portillo a los privilegios de las universidades públicas, contrarios al espíritu y letra del artículo 33 de la Constitución Política y, el también vergonzoso proyecto que condona deudas de agricultores por 6100 millones de colones sin que se sepa quienes son sus beneficiarios y sin que medie justificación alguna.

La situación de Costa Rica es delicada y peligrosa. Las encuestas son una clara muestra de ese sentido de desconfianza en nuestra institucionalidad y en la ausencia de liderazgos políticos fuertes, con el carácter requerido para asumir los costos, impuestos por el interés corporativo, de las reformas estructurales. Frente a esa incapacidad, acudimos a un acuerdo con el BID para resolver con más deuda el problema de sobre endeudamiento que arrastra el país. Mientras nos quejamos de la autoridad de Bukele, aquí reina la ausencia de carácter y autoridad de gobierno. Incluso el sistema electoral es cuestionable, no en su pureza interna, sino en su proyección democrática. Hoy tenemos a un presidente que en primera ronda obtuvo solo el respaldo del 14% del electorado y cuenta con solo 10 diputados en el congreso. La legitimidad del soberano se ha roto cuando el sistema obliga al votante a decidir por un candidato sin respaldo popular, autoridad limitada y segura ingobernabilidad.

Bukele tiene el carácter, la autoridad y la voluntad para ejercer la función de gobierno nacional, ausentes en Costa Rica. No sabemos que hará con esa autoridad, pero no podemos prejuzgarla a esta altura de su gestión. Tampoco sabemos lo que pasará en Costa Rica cuando la población rechaza a la clase política y solo irá a las urnas sin saber qué demonios espera de ellas. En los días que corren el congreso ha dado muestras de absoluta irresponsabilidad y falta de carácter, con los dos proyectos antes mencionados, lo cual explica por qué el 80% de la población desconfía de esa institución (las estadísticas mencionadas corresponden al Latinobarómetro 2018). Sabemos también que el poder judicial se encuentra en crisis (ver Estado del Poder Judicial), todo lo cual suma una democracia debilitada en sus ejes principales.

De modo que la crítica a Bukele tal vez se justifique, aunque un poco de ejercicio de autoridad, ausente en Costa Rica, puede ser necesaria si se quieren hacer cambios de fondo para rescatar la democracia. Nuestro mejor experimento político fue la Segunda República, lograda por el sentido revolucionario que permeó al país después de la guerra del 48; y, por el aporte brillante de líderes como Rodrigo Facio y el carácter de Don Pepe. Respetando las circunstancias, es evidente que el espíritu del 48 hace falta para contar con líderes comprometidos con el cambio, alejado de los intereses corporativos y la corrupción derivada de la relación íntima entre capital y la política. Los riesgos de esas carencias son enormes para nuestro futuro y para el futuro de nuestra democracia. Pero resulta más reconfortante ver la viga en el ojo ajeno.


 

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