Eduardo Carrillo: Sufragio y democracia, de cara a las elecciones del 2022

la democracia es burlada, tanto como la voluntad popular, cuando nuestros gobernantes, en el proceso electoral se comprometen con un programa de gobierno que luego incumplen

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Eduardo Carrillo Vargas, (Ph.D. Administración).

Muy bien, como siempre, los artículos (además de sus entrevistas radiales) del historiador – y parcialmente político – Vladimir de la Cruz, ricas en contenido y mucho valor práctico. Concuerdo con el contenido de su artículo titulado Hacia el primer domingo de febrero, el cual resalta la calidad del sufragio en Costa Rica y la labor excelente que realiza el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE). También incluye algunas críticas importantes a su funcionamiento interno. Don Vladimir ha tenido experiencia política, como embajador y participante del grupo de notables, que hicieron una excelente contribución al señalar buena parte del camino de reformas que el país debe llevar a cabo y que la clase política ha ignorado.

Siempre he pensado que el sufragio debe considerarse en el contexto global de los aportes que las instituciones del Estado realizan para llevar bienestar a toda la población, objetivo central de la democracia. Y en este contexto me parece que hay algunas preguntas sobre las cuales hay pocas respuestas. Se trata de asuntos fundamentales que juegan un papel importante, cuando la mayoría de la población le niega su confianza a la clase política, lo que implica a la democracia misma. A alguno de estos aspectos me refiero a continuación y me encantaría conocer la opinión de Don Vladimir, si es que él llegara a leer estas modestas notas.

El primero es el financiamiento del proceso electoral. Por una parte, el TSE aporta una parte, pero también hay fuertes contribuciones privadas, algunas de las cuales simplemente se integran a los mecanismos de nuestra institucionalidad financiera, mientras otros representan una relación distinta y dañina entre los políticos y quienes ejercen el poder económico del país. La ayuda financiera al proceso electoral tiene por lo menos dos conductos que dañan la esencia popular de la democracia: 1) comprando con ella su participación en las estructuras de poder y, 2) logrando influencia para obtener contratos para obra pública, como el caso Cochinilla, con graves violaciones éticas y legales. Sobre esta temática quizás exista la posibilidad de ofrecer facilidades digitales para que los candidatos puedan llevar sus propuestas a la población y trabajar más en torno a contribuciones voluntarias de los miembros de cada partido. Ayudaría también, si hubiera mejores mecanismos de manejo de la ayuda financiera, que fluye con grandes limitaciones impuestas por el TSE.

Hay manifestaciones evidentes de las estructuras de poder especial en la economía, como se refleja en el caso del arroz, el café, el azúcar, de la carne, entre otros varios productos de consumo popular.

El segundo, más fundamental, se refiere a un primer poder de la Nación que carece de base soberana (aporte popular). Me refiero a las elecciones para diputados, que tiene un carácter de imposición de las cúpulas políticas que integran las listas cerradas que el votante tiene que apoyar o rechazar. Desde luego, esas decisiones de cúpula, meseteras, tienen el aporte de grandes intereses económicos que mencioné anteriormente. Además, en manos de las cúpulas políticas, centralistas, han ido creando una especie de mafia que se reparten las curules por vínculos familiares o de grupos de interés político, no siempre impulsados por el interés nacional. El sistema de elección de diputados debe ser rediseñado de tal manera que los intereses regionales jueguen un papel decisivo en las votaciones legislativas.

Tercero, indirectamente me he referido a la centralización de la política, una concentración de poder en la meseta central. Es importante señalar que es a través de esta centralización mesetera que se ejecutan más del equivalente al 75% PIB que los costarricenses gastamos en el presupuesto del Estado, con lo cual ratifico la presencia del poder económico en las decisiones políticas nacionales. Y que esto se hace a espaldas de la mayor parte de la población, con escasa o ninguna rendición de cuentas.

El centralismo guarda relación con la dispersión del régimen municipal, por cierto, nada democrático. Hoy hay 83 cantones, que carecen de autoridad, funciones, recursos y competencias para ejercer la administración pública en beneficio del bienestar colectivo en su ámbito de autoridad. A mayor dispersión local, mayor centralismo económico y menor rendición de cuentas, porque la población desconoce quienes legislan y quienes ejecutan la legislación. Situación que se agrava con la complicidad de un Poder Judicial que no funciona o lo hace con extrema lentitud.

Cambiar esta situación conlleva la complicación de descentralizar en forma real la función de gobierno en unas 12 regiones, llevando una buena parte del funcionamiento de la democracia más cerca del pueblo. Por supuesto, ayudaría por ahora la simple decisión de crear distritos electorales y, como medida urgente, eliminar el sistema de listas de diputados y dejar que la población decida quienes los representan en el congreso.

Cuarto y último, la democracia es burlada, tanto como la voluntad popular, cuando nuestros gobernantes, en el proceso electoral se comprometen con un programa de gobierno que luego incumplen. Esto es más complejo, porque de alguna manera enfrenta nuestra incapacidad de diálogo, que sí lo forza el sistema parlamentario. En realidad, nuestro sistema electoral está contaminado por quienes aspiran a conformar el complejo institucional y funcional creado para aplicar la democracia (llevar bienestar a todos). Cada vez más, la confusa creación de partidos políticos se ha vuelto la vía para llegar a un congreso atomizado, que agrega a nuestra ingobernabilidad. Independientemente de dónde se centren las causas, la peor burla se incrementa cuando nuestros candidatos se comprometen con procesos que luego ignoran o incumplen.

Don Vladimir sabe, sin duda alguna, que la democracia enfrenta un camino pedregoso. Los populismos han aflorado por doquier y las voces que lo enfrentan se focalizan en sus debilidades, no en las fortalezas de la democracia. La pobreza y la desigualdad, que en nuestro caso son productos de la democracia que practicamos, nos impiden valorar cuanto se pierde en libertades civiles y derechos humanos. La cabeza no funciona cuando el enojo es producto de un estómago vacío y de los visibles los contrastes de la desigualdad. En realidad, el villano se llama “mal gobierno”.

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