Eduardo Carrillo Vargas,(Ph.D. Administración).

Los buenos editoriales de La Revista, a la cual contribuyo con algunas reflexiones, tienen el atributo de plantear con claridad importantes temas políticos, a la vez que, tal vez por necesidad de formato, oculta otros. Lo que subyace en el buen editorial fechado febrero 16, 2023, es toda una estructura de problemas que constituyen obstáculos para alcanzar la democracia plena, que se les ha negado a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. La evidencia objetiva se encuentra en los indicadores nacionales de crecimiento, empleo/pobreza y desigualdad. Siguiendo el contenido del editorial, retomamos sus preguntas y agregamos algunas raíces ¿Cuándo fenece la democracia?

  • Cuando olvidamos “fácilmente que fue la educación la que nutrió sus (nuestros) conocimientos y abrió…avenidas de sus oportunidades”. Hoy no es así por deterioro del sistema educativo en su totalidad. Incluso los propios docentes de la educación pública envían a sus hijos a escuelas y colegios privados, porque, tratándose de oportunidades, la enseñanza pública es precaria, mientras la privada las privilegia. Hoy la clase media, si puede, hace cualquier sacrificio en favor de la educación privada. Notar que el mismo patrón se repite en otros sectores, por ejemplo, la salud.
  • “…cuando los dirigentes políticos… olvidan, ignoran y hasta desprecian la prometida misión ante quienes le permitieron llegar al poder”. Cierto y la vos de protesta es fuerte. La confianza en los políticos se ha agotado (Solo el 10% de la población adulta manifiesta confiar en ellos), pero también incluye a nuestro bien sobreevaluado proceso electoral (menos de la mitad de la población manifiesta su confianza en el TSE). Tres aspectos parecen justificarlo: la presencia de los “partidos taxi” (25 en las más recientes elecciones) que imposibilita la identidad ideológica del electorado; el negocio del uso del financiamiento para especulación económica o, peor, para comprar acceso a las estructuras de poder político; y, la carencia de un proceso de rendición de cuentas, raíz del “desprecio” de la “prometida misión”.
  • “… cuando los burócratas y los funcionarios públicos… trabajan solo pensando en su salario, o en los beneficios inmediatos”. Al respecto es bueno recordar lo que nos dice OCDE: la planilla pública de Costa Rica, relativa al gasto público, es la más cara del planeta, comparada con la media de cualquier otra región del mundo. En efecto, es posible que un tercio de esa planilla sea totalmente innecesaria, aunque algunos jerarcas piensan que los excesos son superiores. Es un tema de costos, que repercute en acoso fiscal a la ciudadanía y drenaje de recursos para cubrir necesidades más apremiantes de los sectores más vulnerables. Los costos de la ineficiencia son sustanciales, aunque mal documentados. Impactan en la crisis fiscal, cuya raíz no es la carencia de recursos, sino la distribución y uso de los mismos (sistema presupuestal rígido, inadecuado). Es un importante componente del costo de mantener el Estado, equivalente al 75% del PIB (fuente: CGR), posiblemente uno de los más “caros” del planeta.
  • “… con el avance de fuerzas nefastas tales como el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción” y… la desatención de la miseria que abriga a tantos”. El tema se complica por una variedad de factores asociados, entre ellos la corrupción alimentada por el centralismo mesetero que deberíamos sustituir por un sistema de gobiernos regionales, unos 12, con funciones, recursos y autoridad real de gobierno, por una parte; y, un sistema judicial permisivo que aporta justicia tardía o inexistente, por otra. La delincuencia se nutre de la pobreza, de la ausencia de oportunidades y de la exclusión.
  • “Nuestra democracia… poco a poco fenece y solo un milagro podría hacerla resucitar”. Es que el problema está precisamente en la democracia que practicamos, que parece diseñada para obstaculizar cualquier iniciativa de desarrollo. La clase política no responde, incapaz de leer los acontecimientos de protesta social y descarga la culpa sobre el populismo. Craso error o evasiva en reconocer sus propios errores y fracasos, confirmados por los indicadores de pobreza, empleo y desigualdad. Hemos matado a nuestros propios gobiernos, con un enjambre judicial que nadie se lo “brinca”. La ingobernabilidad extrema que soportamos es de nuestra propia creación. Es la superioridad de costosos e interminables procesos sobre los resultados.

Las cosas no andan tan mal como parecen ¿Están peor? Nuestro desarrollo fue satisfactorio y hoy podemos presumir de ser un país de ingreso medio, con algunos indicadores de lujo que nos distingue en América Latina, el Caribe y otras regiones del planeta. También tenemos instituciones que hacen de nuestros pobres, menos pobres que los de otras naciones, gracias a servicios públicos aportados por el Estado. Pero no hemos percibido que la gran revolución de la Segunda República se nos agotó a los 30 años de su nacimiento; que la gran crisis de los 80 fue rápidamente superada, con respuestas propias y a pesar el mote de neoliberalismo que los grupos radicales le propinaron a un proceso exitoso. Pero que nos estancamos en la década de los 90 y solo con un sólido giro de timón podemos sostener lo que nos queda de democracia y recuperar la ruta del desarrollo, llevando sus beneficios a toda la población.

Tenemos grandes reservas en nuestra población, con capacidad de asumir cualquier reto futuro. Y nuestra condición de país de ingreso medio nos da un robusto punto de partida. También nos la da un sistema educativo y de salud que, aunque hacen agua, tiene el potencial necesario con medidas correctivas apropiadas en el corto plazo. Pero necesitamos un pacto social que cambie la esencia de nuestra democracia. Estamos perdiendo lo que habíamos ganado. Hay que hacer otro gran esfuerzo hacia la Tercera República, pero sin revolución. Para lo cual se requiere remozar la totalidad de nuestro Estado, porque nos agobia, no el populismo, sino el deterioro de los tres pilares esenciales de la democracia: no hay capacidad ejecutiva, que cada vez la torpedeamos más. Si no la hay perdemos la oportunidad de una visión nacional integrada y claridad en nuestro futuro, alimentado para la excelente calidad de nuestro recurso humano y un equilibrio político/técnico. Tampoco hay capacidad legislativa, una que acompañe y fortalezca la gobernabilidad necesaria para un cambio de timón y para impulsar procesos que produzcan resultados en tiempos y costos razonables. Y, no tenemos tampoco un Poder Judicial, que nos brinde justicia pronta y cumplida; que privilegie los resultados en perspectiva social sobre los procesos; que acabe con la dictadura de los partidos; que fortalezca la representatividad regional; que propicie la identidad ideológica ciudadana; y, que acabe con el financiamiento político, como fuente de enriquecimiento especulativo y de corrupción de las estructuras de poder político.

Se puede impedir el fenecimiento de la democracia, pero es posible que necesitemos un acuerdo nacional que impulse el cambio por una ruta distinta de la que hemos construido, llena de abrojos y amenazas a todo proceso de desarrollo. Una revolución sin revolución, en cierta forma. Porque no podemos hacer los ajustes institucionales necesarios, sin que implique perder una década o más, lo cual sería inaceptable y peligroso para la supervivencia de lo que nos queda de democracia. La población y la clase política debe entender, como nos recuerda don Eduardo Lizano en su más reciente aporte al desarrollo nacional (Después de la pandemia: una visión de largo plazo) que la democracia liberal tiene tres grandes pilares: el social, el político y el económico. La democracia se nos niega si los tres no se desarrollan en forma simultánea y equilibrada. Si no, la democracia deja de ser democracia. Así de simple.

Eduardo Carrillo

Por Eduardo Carrillo

Ha colaborado con varios gobiernos, desempeñándose principalmente en el área de la salud pública. Laboró con organismos internacionales y es consultor. Analista y comentarista. (Ph.D. Administración).