Eduardo Carrillo Vargas,(Ph.D. Administración).

Función de la Banca Central (BC). El tema ha estado -y continúa- en amplia discusión nacional. Un medio (*) dedica su editorial a Las lecciones de la crisis de los ochenta, mientras que, en breve nota periodística, el respetado economista, Fernando Naranjo “…advierte a diputados sobre el endeudamiento externo del Gobierno. Antecedió un rico debate sobre la política del Banco Central (BC), focalizado en su recurso favorito, las TPM, Tasa de Política Monetaria. Hay temas relacionados, como endeudamiento, déficit fiscal, crédito externo, etc., pero sus principales demonios son: la inflación (las TPM) y el enfriamiento de una economía en crisis. Lo cual choca de frontalmente con un objetivo presente en la Ley Orgánica del Banco Central: “promover el ordenado desarrollo de la economía costarricense, a fin de lograr la ocupación plena”, disposición que el BC ignora. De hecho, como eficiente depredador de empleos, nos aleja de ese objetivo.

A partir de la década de 1980 se inicia en Costa Rica el claro dominio del modelo liberal, reforzado por el bipartidismo (PLN-PUSC), con fuerte patrocinio de Reagan en los EE. UU.; la Sra Thatcher en Inglaterra; los principales medios de comunicación y, nuestra educación superior. ¿Qué produjo en Costa Rica el dominio del liberalismo? Que la crisis se ensañara contra la población más vulnerable, con desempleo, pobreza y desigualdad.

La pobreza se ha mantenido desde entonces (casi medio siglo) por encima del 20% con pequeñas pausas. Y, hoy, en pospandemia, gracias a las TPM, decenas de miles de empleos se pierden cada año y más de un millón de compatriotas se encuentran en situación de pobreza. En esencia: un notable fracaso, marcado por el creciente empobrecimiento del país y adicional daño a la democracia, porque la aleja de su principal objetivo: el bienestar colectivo, sin exclusiones. Esta situación también incrementa la estabilidad política y social.

¿Hay otra vía? Mucho beneficio traería abandonar las posturas ideológicas y focalizarnos en el primer objetivo de la democracia: el bienestar colectivo que se le viene negando a la población desde los 80, agravado por crisis cíclicas. Dos experiencias, ignoradas por la mayoría de nuestros conservadores economistas, ambas en EE. UU., confirman la ineficacia de la teorías liberales o neoliberales. La primera, la iniciativa política de F. Roosevelt, que enfrentó con éxito la peor depresión del mundo occidental. La segunda, dirigida por el presidente del mismo país, Joe Biden, frente a los presagios de la mayoría de los economistas que anunciaban profundización grave de la crisis de la pospandemia y pérdida de millones de empleos. El impulso de la economía de EE. UU. es también impulso a otros países del mundo occidental.

En ambos casos, la finalidad social ha prevalecido y lo han hecho privilegiando como eje principal, el empleo, por sus implicaciones en habitación, salud, alimentación, educación, seguridad, etc. Hay también ajustes económico-financieros, pero son complementos y no el eje principal de la estrategia. Una población, en todo sentido saludable, puede constituirse en el centro de un esfuerzo hacia el logro del bienestar colectivo e, incluso por su capacidad de consumo, a reactivar los mercados. El bienestar integral es también un factor de estabilidad, para confrontar la pérdida acelerada de la confianza popular en las instituciones democráticas.  La siguiente “Notas de Tato” aportará más datos sobre los programas que impulsa el presidente Biden.

(*) LN, 20/3/24

Por Eduardo Carrillo

Ha colaborado con varios gobiernos, desempeñándose principalmente en el área de la salud pública. Laboró con organismos internacionales y es consultor. Analista y comentarista. (Ph.D. Administración).