Eduardo Carrillo Vargas,(Ph.D. Administración).

La indiferencia social frente a nuestra realidad solo se puede entender como carencia de humanismo por parte de todos quienes experimentamos la fortuna de lograr una vida en dignidad. No nos importan los demás. Somos campeones en desigualdad. La pobreza afecta al 21.8% de la población lo que representa 390.509 hogares cuyos ingresos no les permite satisfacer sus necesidades básicas. Pero, consultando algunas notas del pasado reciente, febrero 2013, me encuentro con que el XVIII Informe del Estado nos dice que el país no avanza en la reducción de la pobreza que se mantiene (en 2013) en el 21%. Nos dice, además, que en los últimos 10 años (desde el 2002), solo en uno se pudo disminuir la pobreza, y se ha incrementado o se ha mantenido en el mismo nivel, pero incrementándose el número de pobres. Es decir, hemos aceptado como normalidad, por más de 30 años, que casi 400 mil compatriotas se encuentren en condición de pobreza y todo lo que ello representa en términos del acceso a una serie de servicios de los cuales depende su estado de dignidad.

Actualmente, la población sin empleo se estima en 287 mil personas, 139 mil hombres y 148 mil mujeres. La inseguridad se ha convertido en el problema No. 1, con un crecimiento sustancial de los homicidios relacionados con el narco tráfico. Pobreza, desempleo y sicariato son partes relacionadas de una situación que no parece tener respuesta. Incluye la desarticulación institucional del Estado, un sistema económico que fomenta la desigualdad, una clase política más interesada en la polémica inútil que en soluciones concretas y una población igualmente desorientada, dispuesta a correr riesgos de potencial destructivo.

En notas previas he planteado un hecho: que históricamente, el cambio en Costa Rica solo se ha logrado fuera del entorno de la democracia. Para nuestros patriotas, entre ellos Carrillo, Mora, J Jiménez, T Guarda y Figueres, el cambio necesitaba visión, pero sobre todo autoridad y capacidad ejecutiva. Todos ellos prescindieron de congreso para enfrentar los grandes retos que la nación encaraba, un recurso impensable en la realidad actual. De hecho, la constituyente del 49 debilitó al poder ejecutivo, fuente principal de las grandes políticas nacionales y de su ejecución.

¿Qué se puede hacer? Dos aspectos favorecen el cambio: que los problemas han sido estudiados en detalle y las soluciones han sido identificadas; y, que contamos con el recurso humano capaz de estructurar e impulsar un proyecto nacional que nos lleve a otro estado de desarrollo cuya meta es el bienestar colectivo, sin exclusiones. Sin embargo, todo está disperso, desarticulado. Se hace necesario un proyecto nacional que nos una como país en la tarea de romper con la indiferencia que nos tiene en la misma situación, o peor, ya por 3 o 4 décadas. Y, a la luz de las circunstancias políticas actuales o futuras, parece que eso que llamamos democracia sea más obstáculo que fortaleza. El entorno actual es reflejo de ello y el futuro inmediato ofrece más incertidumbre y más problemas. Es visible en el estado de la educación, infraestructura, seguridad, salud, crecimiento, fragmentación política, etc.

La clave de nuestro futuro es unión ¿Será posible un proyecto nacional que nos cobije a todos? ¿Un proceso de estructuración colectiva, porque no aparecen los liderazgos decisivos, el último de los cuales fue el de Don Pepe a mediados del siglo pasado? Si el país tiene las reservas necesarias, entre ellas recurso humano de primera, podríamos, al menos intentar un esfuerzo nacional, apolítico, no ideológico, focalizado en la solución a nuestra conocida problemática, tal vez siguiendo el camino escogido por Rodrigo Facio y otros compatriotas allá por los años 40. Podríamos, tal vez:

  • Lograr que nuestro Presidente, cualquiera sea su relación partidaria, se comprometa con la construcción y ejecución de un proceso nacional de cambio.
  • Que, para ello, acepte la conformación de un consejo superior, una especie de grupo de notables, que, en base a la información existente, articule una estrategia nacional de cambio y un proceso acelerado de ejecución por acuerdo nacional.
  • Que la estrategia incluya medidas de excepción para ejecutar en el próximo quinquenio proyectos nacionales de emergencia, empezando por crecimiento económico dado su impacto en empleo, pobreza y desigualdad, pero incluyendo algunas de las crisis más apremiantes: institucionalidad, infraestructura, seguridad, educación, salud, etc.
  • Crear un equipo de expertos para la articulación de los tres poderes del Estado en torno a las estrategias antes mencionadas. Nuestra condición de Estado Unitario debe reforzarse como garantía de gobernabilidad.
  • Que, con miras a la unidad, se realice un proceso de consulta nacional, para lo cual se emplearía un instrumento ordenado, digital y físico, de discusión nacional, no mesetera, de la estrategia de cambio.
  • Crear equipos de apoyo en cada sector de gobierno para contar con políticas robustas, en el marco del proyecto nacional. Para ello se les dotará de expertos seleccionados mediante algún proceso especial que garantice sus competencias (no confundir el juego político actual de asesorías con propósitos politiqueros).

Si en el pasado nuestros líderes pudieron hacer a un lado la democracia y conducir al país por un nuevo camino de desarrollo y bienestar colectivo, ahora el reto es cómo hacer una revolución en democracia. Tal vez sea un reto mayor, pero, en las circunstancias actuales y las perspectivas inmediatas, la inacción no es aceptable.

 

Eduardo Carrillo

Por Eduardo Carrillo

Ha colaborado con varios gobiernos, desempeñándose principalmente en el área de la salud pública. Laboró con organismos internacionales y es consultor. Analista y comentarista. (Ph.D. Administración).