El cadáver con buena salud 

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Álvaro Salas Chaves.

Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja. Sófocles (497-406 a.C.), autor de tragedias griego.

Una parte del internado rotatorio universitario la realicé en hospitales, tradicionalmente no incluidos como “hospitales escuela”, como sí ocurría con los ubicados en la capital, como el Hospital de Niños o el Hospital México. Surgió la oportunidad de ampliar la oferta de “campos clínicos” (cupos) para realizar el entrenamiento clínico en cada una de las cuatro especialidades básicas), con hospitales regionales y periféricos. Por supuesto que la aproveché. Por ejemplo, en la región pacífica y norte del país, estaban el Hospital Monseñor Sanabria de Puntarenas; el Hospital Enrique Baltodano, de Liberia, y el Hospital La Anexión, de Nicoya.

Los colegas de esos hospitales agradecieron mucho la decisión de este pequeño grupo de internos universitarios (éramos cuatro intrépidos) para compartir el trabajo y la enseñanza en esos nosocomios. A partir de entonces, se organizaron clases teóricas todos los días, con temas seleccionados de las cuatro especialidades básicas: medicina interna, ginecología y obstetricia, cirugía y pediatría.

Tengo los mejores recuerdos de esos días, pues, aunque se trabajaba mucho -no había médicos residentes y era necesario hacerlo todo-, también se disfrutaba mucho y se nos daba un lugar importante en esos centros.

Me encontraba rotando en las camas de Medicina Interna del Monseñor Sanabria, y los jefes eran los doctores Pablo Mayorga y Rodolfo Bolaños. Pasábamos la visita a los pacientes encamados; hacíamos los procedimientos clínicos, las historias clínicas y estábamos al cuidado de estos, durante toda la jornada.

En aquella ocasión, teníamos entre nuestros pacientes a un chino, muy viejito y sumamente grave. Presentaba un cuadro muy severo de insuficiencia hepática y el pronóstico era reservado. Sin embargo, ese día, durante la visita, las enzimas (sustancias producidas por el hígado) mostraban una leve mejoría y parecía que, tal vez, iba a superar la crisis. No obstante, la situación era muy delicada.

La gran familia china de Puntarenas nos obsequiaba diariamente  una deliciosa comida, venida de todos los restaurantes de la ciudad. La figura del abuelo entre los chinos es muy importante. Como se trataba de una enfermedad con riesgo de muerte, existía una mayor preocupación de toda la colonia. Los familiares generosamente nos agradecían las atenciones al abuelo enviando comida para todo el personal del servicio.

Al final de la jornada, nos fuimos todos -jefes e internos- a ver los resultados de las elecciones en Estados Unidos. Había un restaurante que se encontraba en las afueras del hospital, cerca de la carretera principal hacia Puntarenas, donde tenían un televisor y podríamos ver los avances noticiosos. Así podríamos disfrutar de algunas bebidas espirituosas que nos motivaran un poco.

Empezaron a presentar las primeras informaciones, en ese complicadísimo sistema electoral norteamericano. Van dando la votación estado por estado, pero estos tienen diferente número de delegados y nunca se sabe quién es el que va ganando. Sin embargo, por los comentarios de los expertos nacionales e internacionales, parecía que sería James (Jimmy) Carter el vencedor de aquella jornada.

Ya entrada la noche, decidimos irnos a cenar a Puntarenas, a nuestro restaurante preferido, cerca del Parque Victoria. Para entonces, teníamos muchas horas de haber dejado del hospital y, por supuesto, no sabíamos con certeza cómo estaban las cosas allá.

Al llegar al restaurante, nos esperaban todos los chinos: hijos y nietos del abuelo que teníamos grave en el hospital. Nos sentaron de inmediato en la mejor mesa con que contaban. Como nos conocía tan bien, nos sirvieron cervezas bien heladas con bocas de “wantan” frito.

El hijo mayor y dueño del restaurante llegó hasta la mesa a preguntarnos por la salud del paciente:

-Doctol Bolaños, ¿Cómo estal abuelito?

El doctor Bolaños, al igual que todos los demás, no solo ignoraba cómo iban las cosas en el hospital, sino que, por añadidura, se hallaba bastante “enfiestadito”. Así pues, le contestó rotundamente:

– ¡Muy bien, abuelito está muy bien!

De inmediato escuchamos una gran explosión de alegría por todo el restaurante. Los chinitos y las chinitas reían de felicidad, se abrazaban y volvían a reír.

-¡Abuelito estal mejol!  -se escuchaba.

Allá en la cocina, en el patio, en los dormitorios, por todos los lados todas eran demostraciones de inmensa alegría:

-¡Abuelito estal mejol, decil doctol Bolaños!

Yo me quedé bastante preocupado, porque hacía muchas horas que no estábamos al tanto del abuelo, y me inquietaba seriamente aquella alegría tan desbordada.

Nos sirvieron dobles raciones de wantan frito, de arroz cantonés, de “chop suey seco”, preparados con todas las delicias chinas disponibles y, muy en especial, con más cervecitas.

Era una fiesta que se compartía con la totalidad de  los comensales, que se unían con auténtico entusiasmo a estas celebraciones. “La casa invita y está contenta”, parecía ser el “slogan” de la noche.

En medio de aquella inmensa algarabía, se presentó, en el marco de la puerta, un médico chino que había llegado de San José y había pasado a ver al abuelo. Todos dirigimos nuestra vista hacia, donde se encontraba un hombre extremadamente serio, con obvia expresión preocupada, que solo atinó a decir:

-¡Abuelito mulió!

El dueño del restaurante caminó hacia él y le dijo:

-No, dice doctol Bolaños que abuelito estal muy bien.

El hombre de la puerta repitió:

-¡Abuelito mulió!

Nos quedamos todos en espectral silencio ante aquella sentencia tan absoluta:

-¡Abuelito mulió!

En un solo momento, todo el restaurante que hacía solo un segundo reía a carcajadas, ahora lloraba en coro. De nuevo, los gemidos y los llantos se escuchaban por todas partes: la cocina, los dormitorios, el patio trasero, en fin: ¡Qué desgracia tan grande!

Ante aquel terrible dolor, el ambiente se enrareció de tal forma, que consideramos mejor ir saliendo lentamente. La enseñanza era clara: jamás hablar de la salud de los pacientes internados, si no se tiene información reciente.

 

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