El cáliz del intelecto

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Entrega Doctorados Honoris Causa
Universidad Cecilio Acosta, Universidad Rafael Urdaneta y Universidad del Zulia
Maracaibo, Venezuela 22 marzo 2011

Amigas y amigos:

Alrededor del mundo, millones de personas viajan largas distancias para visitar los lugares donde nacieron, estudiaron, o iniciaron sus carreras los grandes hombres y mujeres de la historia. Es así como miles de personas peregrinan todos los días gran cantidad de kilómetros hasta Salzburgo, para conocer la casa donde el pequeño Mozart le robó sus primeras melodías al clavicordio. Es así como estudiantes de todas las profesiones sacan un rato de su tiempo para recorrer los pasillos de la Universidad de Cambridge en Inglaterra, donde el joven Newton estudió por primera vez el trabajo de los maestros de la astronomía. Pero ningún peregrinaje, ninguna marcha, ningún recorrido puede ser más grato para mí en estos momentos que el viaje a Maracaibo, para recibir los Doctorados Honoris Causa con que me honran la Universidad Católica Cecilio Acosta, la Universidad Rafael Urdaneta y la Universdad del Zulia. Hoy, la inmensa generosidad de estas universidades me permite no sólo visitar una tierra hermosa y una provincia próspera, sino también compartir opiniones con ustedes sobre uno de los temas que más me interesa y que más me apasiona: la educación.

Permítanme que hoy traiga al recuerdo una obra del célebre filósofo español Miguel de Unamuno: Amor y Pedagogía, para ilustrar mi mensaje. Esta devastadora historia de Unamuno retrata los desvaríos de un padre obsesionado con educar a un genio. Aquella novela trágica, que no disimula su moraleja, constituye una metáfora de lo que ocurre cuando la educación es un sencillo compendio de datos sin valores o una transmisión de ideas sin emociones. De lo que pasa cuando educamos eruditos y no sabios; cuando formamos exegetas y no seres humanos. Aunque suene a lugar común, lo cierto es que la educación o se usa para transformar radicalmente al mundo, o no vale la pena. Si la educación no es el motor de cambio por excelencia en nuestras sociedades, habrá fallado en su misión histórica. Pero la educación no es un fin, sino una senda. No basta con decir “educamos”. La educación es una vía de superación de una especie en eterna adolescencia que lucha, desde hace milenios, por alcanzar la madurez. Hay que preguntarnos: “¿para qué educamos?” y “¿a quiénes educamos?” Hay que preguntarnos cuál es el tipo de personas que estamos educando y cuál es la sociedad que queremos construir con las artes y las ciencias.

Viendo el mundo desde este catalejo de Maracaibo, parece ser obvio que estamos educando para construir sociedades más prósperas. El siglo XX fue, sin duda, el más prolífico multiplicador de riqueza que haya conocido nuestra historia. Cientos de millones de personas emergieron de la pobreza en las últimas décadas, en gran parte gracias a los procesos mundiales de globalización e integración comercial. Por primera vez, desde que existe memoria, más de la mitad de la población mundial pertenece hoy a la clase media. Un planeta que crece a un ritmo exponencial ha logrado enfrentar, con sorprendente ingenio, la escasez de recursos que su expansión significa. La tecnología ha conectado las esquinas del mundo, componiendo un morral con todos los seres humanos que viven en husos horarios diametralmente opuestos. Ustedes mejor que nadie saben eso. Me aventuro a decir que tan sólo unos pocos de ustedes no tienen una cuenta en Facebook o en Twitter, que les permite comunicarse con sus amigos y familiares en cualquier parte del mundo. Ahora bien, no crean que sólo los jóvenes universitarios hacen uso de este tipo de redes socials cibernéticas. Yo también tengo una cuenta en Facebook, y si me quieren enviar un “friend request”, son más que bienvenidos.

Todo esto se los digo para ilustarles que, materialmente, la humanidad nunca ha estado mejor. Ahora bien, a simple vista resulta evidente que ese desarrollo material, aunque indispensable, se ha quedado corto. El mismo siglo XX, caudal de fortunas y de oportunidades, fue también vidriera inmensa de una barbarie sin precedentes, de un salvajismo que nunca desplegó ni el más primitivo de los trogloditas durante la era de piedra. Nunca antes el ser humano logró asesinar masivamente. Nunca antes el odio envenenó tanto las palabras. Nunca antes la muerte reinó con tal impunidad en las comarcas de todas las razas y religiones. Nunca antes tantas lágrimas rociaron los caminos de dolor e indiferencia. Nunca antes tantas mentes, tantas ideas, se despeñaron en el barranco de la ignorancia, de la intolerancia y de la violencia. ¿Y cuál fue el papel de la educación en todo esto, si acaso hubo alguno? ¿De qué manera la academia contuvo el declive del espíritu humano? ¿Fueron acaso analfabetos los gestores del peor genocidio jamás registrado? ¿Fue acaso la ignorancia de los textos, de los códices, de los pensamientos de los sabios, la culpable de las guerras civiles en que se aniquilaron millones de hermanos? ¿Fue que nos faltaron maestros, o fue que nos sobraron soldados?

Perdonen que lo diga, pero la educación simplemente no fue suficiente. Las lecciones de paz, solidaridad y humanismo nos llegaron tarde. En esta ocasón les digo que al mundo le hizo falta introducir en su currículo una asignación que se llamara Paz y Pedagogía, otra que se llamara Libertad y Pedagogía, y otra Democracia y Pedagogía. Le hizo falta ponerle corazón al pensamiento. Le hizo falta sentar al amor en la clase.

Al hablar de Paz y Pedagogía quiero decir educar para la paz y con la paz. Todo es inútil si forjamos letrados que no comprenden el valor de una vida humana. Nada hacemos con formar catedráticos para quienes la guerra y la tortura se justifican. Nada hacemos con graduar estudiantes para quienes da lo mismo que mueran decenas de personas cada día, en la más cruenta, la más absurda, la más aberrante de las violaciones a los derechos humanos: el enfrentamiento armado. Sé bien que toda universidad alberga reservas en torno a mezclar las cuestiones académicas con las éticas. De lo contrario, no sería una buena universidad. Es cierto que pretender darle una orientación ética a la educación puede ser, con demasiada facilidad, una trampa para el adoctrinamiento en determinado credo o ideología. Y ése es un riesgo siempre presente en la enseñanza: el riesgo de pretender pasar, como visión de mundo, lo que no es más que la opinión de unos cuantos, o incluso de la mayoría.

Pero el relativismo axiológico no puede ser llevado al extremo de que nos vuelva sordos ante el clamor de las víctimas de Egipto y de Libia, de Colombia y de Sudán, de Somalia y de Myanmar. No puede ser llevado al extremo de que nos importe muy poco que la gran mayoría de las muertes de guerra en la actualidad, las sufren los civiles inocentes y no los ejércitos enviados por quienes deciden pelear. No puede ser llevado al extremo de que nos resulte nada más un hecho curioso de la ciencia moderna que existan 23.000 ojivas nucleares, aguardando un descuido o una locura en los bodegones de las potencias militares. No puede ser llevado al extremo de que nos dé lo mismo que haya en el mundo más de 640 millones de armas pequeñas y livianas, tres cuartas partes en manos de civiles, y que esas armas fluyan libres a través de las fronteras. El poder de destrucción de las armas convencionales ha probado ser mucho más letal que el de las armas nucleares. Las batallas de pandillas en nuestros barrios resultan más letales que las declaraciones de guerra entre las naciones. ¿Quién dijo que matar a miles, de un golpe, es peor que matar a miles, poco a poco, todos los días? No importa cuán objetiva pretenda ser nuestra educación, no puede ser tan objetiva que permanezca impasible ante estos niveles de violencia.

Les aseguro que no serán los extremismos ideológicos los que nos abrirán los ojos. No hay que seguir ninguna ideología, ni socialista ni liberal, para comprender que es una insensatez que el mundo gaste 4.000 millones de dólares diarios en armas y soldados, mientras una quinta parte de la humanidad vive con menos de un dólar al día. No hay que seguir ninguna ideología, ni de de derecha ni de izquierda, para comprender que es el peor signo de miopía que los países ricos gasten diez veces más en apertrechar a sus ejércitos, que en ayudar a las naciones en vías de desarrollo. No hay que seguir ninguna ideología, ni la oficial ni la de oposición, para comprender que con una fracción de lo que destinamos a la industria de la muerte, podríamos preservar la vida en el planeta; podríamos cumplir, finalmente, la quimera de la alfabetización universal, el sueño de un mundo en donde todos tengan acceso al agua potable y a la electricidad, el milagro de un planeta que logre controlar el calentamiento global. Con sólo una fracción y nada más. Si las universidades no pueden enseñar esto. Si las escuelas y los colegios fallan en transmitir la elemental preocupación por la paz. Si fracasa como vía para sanar los dolores de la humanidad y como terreno para balancear las opiniones sobre cuál es la mejor manera de calmar esos dolores, la educación fracasa como instrumento de cambio.

Educar para la paz y con la paz quiere decir reconocer todas estas cosas. Y quiere decir, además, construir en las aulas el mundo que queremos ver en las calles. Muy a menudo, hay un afán competitivo y violento en nuestras escuelas. Se les permite a los estudiantes una guerra de palabras que es el germen de la guerra con las armas. Se les enseñan valores patrióticos que rayan en la xenofobia, y hay un énfasis continuo en retratar al “otro” como el enemigo a vencer. Se les educa en un mundo dividido por fronteras y nacionalidades, cuyo avance histórico sólo se mide en triunfos bélicos y campañas militares. En ningún lugar es esto más claro que en Latinoamérica, en donde los estudiantes son más capaces de narrar las glorias de caudillos tropicales, que la vida de los luchadores por la paz mundial. Y esto es preocupante, porque si hacemos de la paz una asignación extracurricular, acabará por ser una actitud extracurricular, una rareza de los bohemios y los soñadores, y no la misión de los estudiantes y los profesores.

Para educarse en la paz, nuestros jóvenes necesitan desarrollar empatía con quien vive en circunstancias diversas. Necesitan comprender que hay un mundo más allá de sus narices y de sus fronteras. Necesitan hablar y pensar en idiomas extranjeros. Necesitan viajar, aunque sea a un barrio más pobre o a una aldea cercana pero diferente. Necesitan tener una idea de cuán interconectado está el destino de todos los seres humanos, porque sólo entonces entenderán que la seguridad está en declararle la paz al mundo, y no sólo a los aliados o a los amigos. Junto con todo esto, nuestros jóvenes necesitan comprender el valor de su libertad y la de sus vecinos. Deben entender cuán inmensa es su capacidad de transformar el curso de las cosas. Deben aceptar, aunque les cueste, que son responsables por el ejercicio de cualquier derecho o prerrogativa que les haya sido concedida o arrebatada, y que en el ejercicio de esa libertad pueden cambiar el mundo para bien o para mal.

Libertad y Pedagogía es el segundo tema de mi exposición. Encontrar un equilibrio entre educación y libertad es, quizás, uno de los más antiguos dilemas de la enseñanza. Es la tensión entre el adiestramiento y la ilustración; entre la memoria y la imaginación, que se mueve como un péndulo en las diversas etapas de la historia pedagógica. Esta mañana quiero decirles que una educación para la paz, sólo puede ser una educación para la libertad; sólo puede ser una educación creativa en el más amplio sentido de la palabra. Los regímenes totalitarios han sido siempre excelentes adiestradores, pero nunca han educado de verdad, pues nunca han educado para la libertad. En un mundo en donde las generaciones más jóvenes dominan herramientas que derrocan y erigen regímenes políticos. En un mundo en donde se produce más conocimiento en cinco años que en toda la historia de la humanidad. En un mundo en donde un reproductor de música de 10 centímetros contiene tecnologías más complejas que las que pusieron a un hombre en la Luna, nuestros estudiantes necesitan dirección más que información, discernimiento más que adiestramiento. Necesitan comprender su capacidad de transformación y, sobre todo, ejercer esa capacidad.

Hoy, con total seguridad les digo: no hay que tenerle miedo a la libertad. No hay que tenerle miedo a ese galope creativo que destruye a su paso los dogmas y los prejuicios. No hay que tenerle miedo aunque demuela las paredes del pensamiento antiguo; aunque revuelva el polvo de las tradiciones que han permanecido intocables durante siglos; aunque se les acuse de traidores y rebeldes. En verdad les digo que un mundo mejor no está escondido en los archivos; no vendrá del acervo de costumbres que en el pasado nos han llevado, una y otra vez, al borde del abismo. Un mundo mejor vendrá de la imaginación. Vendrá del germen inquieto del ingenio humano. Hay que confiar en ese germen. Hay que poner en él toda la esperanza que hemos rescatado de las fauces de la frustración. Hay que creer que el futuro es nuestra más conmovedora oportunidad y que depende, enteramente, de la libertad que les demos a nuestros pueblos, y a nuestros estudiantes, para rectificar el rumbo.

Un último tema me resta por mencionar, y es la imperiosa necesidad de enseñar en nuestros currículos la importancia de la democracia. Antes que venezolanos o costarricenses; antes que japoneses o indios; antes que sudafricanos o congoleses; antes que alemanes o ingleses, nuestros estudiantes deben ser ciudadanos. Nunca en la historia de la humanidad dos verdaderas democracias han ido a la guerra. Nunca en la historia de la humanidad pueblos con libre albedrío han decidido exterminarse mutuamente. Hay una planta sembrada en el centro del ágora griega, que envía a los cuatro vientos las esporas de su racionalidad. Es nuestra responsabilidad ser un campo fértil para que esas esporas logren traernos, con la democracia, el fruto de la paz, particularmente en América Latina. La nuestra es una región que aún tiene visibles sobre la espalda las marcas del cepo dictatorial. Es una región que alberga todavía el recuerdo de abominables satrapías ejecutadas en nombre del bien público o del interés nacional. Es una región que ha visto a sus mejores hijos e hijas huir hacia el exilio, y que perdió una generación entera de pensadores, ahora desperdigados por el mundo.

En Latinoamérica, ningún movimiento experimentó más opresión que el movimiento estudiantil; ningún habitante sufrió traumas más profundos que los alumnos de las universidades. En aquellas épocas oscuras, Latinoamérica fue un campus en donde siempre sonaba la trova de Víctor Jara y de Violeta Parra, la voz de Mercedes Sosa cantando al sol como la cigarra. Fue una edad en la que los estudiantes comprendieron la trascendencia de su libertad. En la que se dieron cuenta de que la política no era sólo el oficio de presidentes y generales, sino de todos los individuos de una sociedad. Sin embargo, apenas dos décadas después, América Latina ha vuelto a ser noticia mundial por el triste acontecimiento de un golpe de Estado en Honduras, y en general, por un fenómeno difundido de abulia política y de desidia ante los eventos que tejen y destejen el destino de nuestros pueblos. No sólo en la República de Honduras, sino en buena parte de Latinoamérica la población no parece entender el costo de sus derechos, ni la importancia de su democracia; no parece entender la necesidad de que las reglas del juego sean legítimas, ni la obligación de obedecerlas; no parece entender el riesgo de volver al pasado si no evitamos conductas como las que antecedieron, y sucedieron, al rompimiento del orden constitucional en una nación hermana.

¿Cuántas horas habrán dedicado nuestros profesores a los acontecimientos del 28 de junio en Tegucigalpa? ¿Cuántos, en su demencial carrera por acabar el programa del curso, se empeñaron en motivar en sus estudiantes un análisis crítico de las circunstancias? ¿Cuántos han expresado preocupación ante las alarmantes compras de armas que este año impulsarán a la región a gastar, en sus ejércitos, casi 60.000 millones de dólares? Y no me refiero sólo a profesores de Derecho o de Ciencias Políticas. Me refiero a profesores de Matemáticas y de Biología, de Artes Plásticas y de Ingeniería. ¿O es que sólo necesitamos consciencia democrática en los que quieren dedicarse al gobierno y a la política? ¿Es que en nuestro currículo la democracia es una materia optativa? Si hemos de forjar estudiantes-ciudadanos; si hemos de crear una verdadera consciencia política en nuestra sociedad, hay que empezar por construir una cultura de Democracia y Pedagogía. Hay que empezar por enseñarles a nuestros jóvenes el valor de una institución electoral, lo sagrado de una Constitución Política, el respeto a una autoridad civil, la trascendencia de una resolución judicial. Hay que empezar por enseñarles la compleja red de instituciones que hacen posible el ejercicio de garantías que dan por sentado, desde su libertad de tránsito hasta su libertad de pensamiento. Hay que empezar por enseñarles aquello que alguna vez dijera Jorge Debravo, el más grande poeta de mi pueblo, que “la paz no es una medalla / la paz es una tierra esclavizada / y tenemos que ir a libertarla”. Todos los días. En todas las horas. En cada universidad, en cada lección y en cada asignatura.

La paz, la libertad, la democracia, son obras eternamente inconclusas, libros de tinta siempre fresca en los anales del tiempo. Si la educación no toma la pluma, si la academia no empuña el grafito, perderemos aún más páginas en garabatos violentos, en el galimatías inescrutable de la guerra, del odio y del enfrentamiento, que ha llenado ya demasiados tomos en la historia de nuestros pueblos. Pero si la universidad actúa, si las escuelas y los colegios asumen con mayor vehemencia su papel en la transformación del mundo, no habrá destino de error para quienes apuesten por el conocimiento con propósito, por la enseñanza que responde a un “para qué”. Ése es el reto que, juntos, tenemos pendiente. Es el reto de una mayor educación, pero es ante todo el reto de una mejor educación. De una educación que ponga corazón al pensamiento. Hoy más que nunca hay que colmar la razón con el vino puro del sentimiento universal. Hoy más que nunca hay que beber del cáliz del intelecto.

Cuando el mundo gasta en armas lo que debería gastar en comida, en medicinas y en techo; cuando la humanidad destruye, por codicia, el planeta que es la única morada que conocemos; cuando las naciones amenazan con seguir siendo víctimas del odio y del enfrentamiento, es necesario saciarse de razón, colmarse de las libaciones de todos los lugares y de todos los tiempos. Hay que volver a la universitas, a la aspiración por alcanzar la universalidad del conocimiento, pero también de la paz, de la democracia y de la libertad; la aspiración que es la llave para entender al prójimo y para entenderse a uno mismo. Hoy que muchos exclaman, como aquel siniestro general, “¡Muera la inteligencia!”, debemos extraer de las aulas y de los libros el coraje para convencer y no vencer. Convence el diálogo y la negociación. Convence la libertad y la imaginación. Convence la amistad entre los pueblos y el respeto entre las culturas. Vence la fuerza y la violencia. Vence la intolerancia y la opresión. Vence la miopía que nos dice que hay una única visión correcta.

Amigas y amigos:

Las universidades Cecilio Acosta, Rafael Urdaneta y del Zulia, me han colmado de gratitud al otorgarme una distinción que me honra como hermano latinoamericano. Me enorgullece formar parte de estas universidades. Me enorgullece llamarme amigo del pueblo marabino. Y me enorgullece compartir con ustedes, los jóvenes de Venezuela, que han tenido el privilegio de sentarse en las aulas de una universidad para que su vida tenga un nuevo desenlace. Ésta es la empresa que hemos asumido. Estamos escribiendo un nuevo capítulo en la epopeya de la humanidad: uno que, como las epopeyas antiguas, no lo escribirá un único autor, sino muchos. Cada canción de paz, cada estrofa de progreso, determina el final de esta historia. Si todos ponemos de nuestra parte; si cada profesor y cada estudiante asume con seriedad las verdaderas necesidades de la humanidad; si cambiamos, aula por aula, los paradigmas de la violencia que han gobernado la historia universal, entonces concluiremos con una gloriosa victoria. La victoria de la tolerancia sobre la crueldad. La victoria de la sabiduría sobre la violencia. La victoria de la paz en nuestros tiempos.

Dejo constando en este recinto universitario que he escuchado las voces de los siglos, que creo en la supervivencia de la inteligencia. Que creo en la mente de los jóvenes, cuyas gotas componen el vino del universo. Que creo que el ingenio humano habrá de redimirnos de los dolores del pasado, alejarnos de los del presente, y librarnos de los del futuro. Dejo constancia que el día de hoy asistí a la lección más hermosa de mi carrera política y académica que, en tierra venezolana, jamás me hayan regalado. Me encuentro supremamente feliz de haber viajado una larga distancia desde Costa Rica hasta Maracaibo para visitar sus universidades, y para conocer a los hombres y mujeres que construirán un destino superior para Venezuela.

Muchas gracias.

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987. 

 

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