El derecho a la cultura

No hay duda que sin física no hay metafísica, pero recetarle a un pueblo sólo "panem et circenses" equivale a mutilarlo mentalmente y cuestionar su derecho a la cultura puede conducir algún día a repetir el grito tan trágicamente célebre de "¡Muera la inteligencia!".

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo. 

‘Primun vivere, deinde filosofare’, decían alegremente los romanos. Ese criterio ha prevalecido hasta nuestros días en el concepto de que la cultura es un derivado del desarrollo económico, un subproducto superfluo que se da en una etapa ulterior del proceso productivo.

En un lenguaje menos sutil, esto implica que lo que importa en la vida es llenarse abundante, copiosa y opíparamente la barriga y darle rienda suelta a lo que pide el cuerpo, mientras que los valores propios de la cultura son una especie de epifenómeno accesorio y secundario, restringido a minorías selectas, que se dan el lujo de malgastar refinadamente sus ratos de ocio y esparcimiento.

Con todo el respeto que nos merecen quienes sostienen que “la cultura no se come, no llena el vientre”, dichosamente somos muchos los que no compartimos ese concepto tan gastronómico del papel de la cultura en el desarrollo de los pueblos.

Creemos firmemente que la cultura es el patrimonio y la cristalización de los valores éticos, estéticos y espirituales más elevados de un pueblo y de la especie humana y que, en la medida en que más elevados, consolidados y compartidos sean estos valores, más se aleja el hombre de su condición primaria de animal racional y de su no tan distante antepasado cro-magnónico.

En la formación y decantamiento de esos valores, se destaca siempre una minoría esotérica, la élite, la ‘intelligentsia’ que alcanza un grado elevado de excelencia en la creatividad y que interpreta con genialidad lo más excelso del género humano. Por lo tanto, negarle a una sociedad el producto de ese impulso creador, como pretenden algunos, equivale a castrarle sus valores más extraordinarios.

No puede terminar allí la labor, Es necesario que esa obra sea divulgada, propagada, asimilada y compartida por el mayor número, para que su disfrute no sea restringido a unos pocos y porque, de ese modo, hasta lo que se le echa a la barriga, se digiera con mayor calidad humana y dignidad.

Creemos que no basta con lo anterior y que es necesario propiciar las condiciones que permitan desarrollar plenamente el potencial creativo y las facultades que encierra todo ser humano, aunque no se alcance la perfección de un Beethoven, de un da Vinci o de un Dostoyesvski y que en esto tienen una misión importante la sociedad, la familia y el Estado.

En términos más pragmáticos, se podría agregar que entre más se eleve la calidad de vida de un pueblo, más sanos, más virtuosos y hasta más productivos serán sus ciudadanos, ya que la cultura es la antítesis del vicio y la degeneración, así como el antídoto de la patología y la descomposición social.

Lo que ha hecho sobresalir a nuestro país ha sido, precisamente, su gran sentido de la democracia y la cultura, sin haber alcanzado un alto grado de desarrollo económico y el mejor legado de nuestros abuelos, además de las escuelas fue un Teatro Nacional, rodeado de cafetales.

No hay duda que sin física no hay metafísica, pero recetarle a un pueblo sólo “panem et circenses” equivale a mutilarlo mentalmente y cuestionar su derecho a la cultura puede conducir algún día a repetir el grito tan trágicamente célebre de “¡Muera la inteligencia!”.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

 

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