El dictador y oportunista Daniel Ortega

Hoy debemos seguir apoyando a nuestros hermanos nicaragüenses para parar el horrendo crimen cuyo saldo actual supera los 300 asesinatos, principalmente de jóvenes. La salida de Daniel Ortega y su camarilla es fundamental para recuperar la paz.

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Eduardo Carrillo Vargas.  (Ph.D. Administración).

Daniel Ortega, es un buen alumno. Aprendió de las viejas dictaduras y de las que hoy existen en la región de América Latina y el Caribe (ALC): Cuba y Venezuela. Hay diferencias, pero los patrones básicos son los mismos. Un presidente que controla a voluntad las principales instituciones del Estado: los poderes judiciales, legislativo y ejecutivo, pero, de manera especial, el aparato electoral. La apariencia de la democracia se debe preservar porque, aunque parcial, es el único elemento de legitimidad internacional. En Nicaragua la dictadura tiene una diferencia fundamental: por su posición estratégica a mitad de la subregión, lo que ocurra en ella afecta en forma directa y contundente a los demás países.

El ciclo de ascenso de Daniel Ortega sigue patrones comunes a otras dictaduras y obedece a fuerzas internas que no lograron acomodo y, sobre todo, equilibrio. Fue una figura desteñida del sandinismo. Su participación militar fue periférica, no de gran impacto, como sí lo fue la de su hermano Humberto y de otros líderes destacados. Al vencer el movimiento sandinista, las divisiones internas marginaron a figuras más relevantes como Ruiz, Borge y Ramírez. Con una presencia frágil y sin muchas resistencias, Daniel Ortega aprovechó el vacío y ocupó el centro. Su proyección política fue igualmente frágil, como es evidente de tres derrotas consecutivas a manos de Chamorro, Bolaños y Alemán. Sin embargo, en 1998 negoció con Alemán un pacto político que condujo a reformas constitucionales y electorales que le abrieron las puertas del poder. En las elecciones del 2006, supuestamente, ganó el 38% del voto, aunque las cifras definitivas quedaron en duda y fuentes confiables aseguran que fue en realidad del 29% (ver AQUÍ). Ya para entonces había ejercido el gobierno por 11 años entre 1979 y 1990. A partir del 2007 creó su propia estructura de poder, poniendo bajo su control los tres poderes del Estado y el Consejo Supremo Electoral.

La formalidad democrática ha sido insuficiente para ocultar su conducta autoritaria y el efectivo del control de la totalidad del aparato estatal. Dos circunstancias jugaron papeles confusos y contradictorios: 1) el crecimiento económico, especialmente en años recientes, bastante satisfactorio a la luz de indicadores convencionales; y, 2) la imposición de su esposa Sra. Rosario Murillo como vicepresidente, para asegurar la continuidad del ejercicio del poder por parte de la familia Ortega/Murillo, emulando a la dictadura somocista. El crecimiento económico no satisface las aspiraciones del pueblo nicaragüense. Las divisas provienen, principalmente, del café, carne y minería, productos que generan poco empleo mal remunerado.  Aunque ha habido alguna ganancia en infraestructura, carece de otros factores para generar mayor desarrollo y empleos de calidad. Las deficiencias en educación son notables e insuficientes para insertarse en la “nueva” economía global. Aunque juega un papel importante en la retórica ideológica, el sistema de salud es inadecuado en cobertura y calidad de servicios.

Daniel Ortega, miembro de una modesta familia de clase media, sí ha sido exitoso en acumular una cuantiosa fortuna personal y familiar. Ha sido “engordada”, principalmente, con el manejo discrecional de la factura petrolera proporcionada por Chaves y Maduro, aunque esa fuente de riqueza parece agotada por la carencia de recursos, producto de incompetencia extrema de PEDEVESA, empresa administradora del petróleo venezolano. En su condición de poderoso empresario formó una alianza exitosa con el sector económico nicaragüense, que se ha quebrado por las circunstancias actuales.

Por estas y otras circunstancias, la situación de violencia impuesta hoy por el gobierno sandinista, era previsible. Primero, porque las aspiraciones de bienestar de la sociedad nicaragüense siguen pendientes, después del triunfo de la revolución sandinista, la traición de los sus principios y valores, el abandono de muchos de sus principales líderes y, más de dos décadas de gobierno presidido por DO. Los problemas estructurales de la economía nicaragüense se mantienen y en muchos sentidos han empeorado. Al haberse perdido también los derechos y libertades civiles, no queda nada sustantivo que sostenga al gobierno sandinista, excepto la fuerza. Pero, según parece, no es la fuerza institucional la que está causando la muerte de los jóvenes, sino los grupos paramilitares, que funcionan al margen de la ley, sueltos en las calles para masacrar opositores. Una situación aparentemente insostenible, en ausencia de respaldo popular y de la reticencia del ejército a dejarse arrastrar a la violencia contra un pueblo que solo pide la restitución de la democracia.

¿Caerá el dictador Daniel Ortega? No lo sabemos. Las aspiraciones de una vida mejor que alimentaron la revolución sandinista siguen hoy pendientes y la presencia de DO en el poder por más de 20 años no generado nada positivo. De hecho, la situación ha empeorado, porque, además de déficit en bienestar material, las libertades civiles se han perdido casi totalmente. La solidaridad internacional es abundante y generalizada, pero insuficiente para forzar el retiro del sandinismo y la restauración de la democracia. Así, el país seguirá movido por la incertidumbre y riesgos aún mayores, si la población responde a la violencia oficial con violencia civil.

Así Nicaragua está en serio riesgo de una guerra civil que, según el escritor y exsandinista Sergio Ramírez, podría ser la intención de Daniel Ortega para poner el ejército en las calles y controlar la protesta masiva de la población. Este entorno de inestabilidad se produce en Centro América cuando el triángulo norte se encuentra sumido en crisis económica y cuestionamientos a la institucionalidad democrática. Costa Rica y Panamá deberían tomar nota de la situación y fortalecer sus democracias, sustancialmente más solidas que las del norte. Deberíamos cuidarnos de caer en ese lugar común, donde condiciones de pobreza y desigualdad abren un camino fácil a populismos falaces. Pero, sobre todo, hoy debemos seguir apoyando a nuestros hermanos nicaragüenses para parar el horrendo crimen cuyo saldo actual supera los 300 asesinatos, principalmente de jóvenes. La salida de Daniel Ortega y su camarilla es fundamental para recuperar la paz.

 

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