El equilibrio del terror

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Dias atrás el Presidente Donald Trump -cuyo estilo es conocido de sobra por todos ustedes-, confirmó ante la prensa internacional que Estados Unidos decidió abandonar el tratado de armas nucleares con Rusia, que en tiempos de la Unión Soviética nos dejaba dormir tranquilos. A inicios de su gobierno, el Presidente inició arremetidas comerciales contra sus vecinos limítrofes, la llamada “guerra comercial” con China y Europa, subiendo aranceles y tomando medidas unilaterales a diestra y siniestra, cuyo resultado y costos aún no sabemos. También el señor Trump anuncia con gran regocijo que se retira del acuerdo nuclear con Irán, que también ha contribuido en el plano de la diplomacia internacional a mantener el equilibrio y los canales de diálogo con potencias antagónicas en múltiples facetas. Trump no confía en el diálogo ni la multilateralidad, pilar fundamental de las Naciones Unidas, de la cual esperemos no se retire como lo ha hecho de algunas agencias -la última fue la Unión Postal Universal-, después de haber perdido por aplastante votación el retiro de las sanciones económicas a Cuba. No me extiendo más porque ya me veo escribiendo otro artículo (pendiente).

Después de este prólogo a un artículo que escribí hace ya varios años, quiero compartir con los lectores de La Revista, ideas, conceptos y principios que desafortunadamente, en algunos aspectos no han perdido vigencia, o que lo diga el lector.

R.M.M.

 

Una vez le preguntaron a Einstein cómo sería la tercera guerra mundial; el célebre científico contestó que lo ignoraba pero que sabía, con certeza, cómo sería la cuarta: “Con piedras”.

El miedo ha sido, posiblemente, uno de los impulsos que más han inducido al hombre – ese ser tan pusilánime – a actuar tanto en un sentido positivo como negativo. El temor que le inspiraba el medio hostil que le rodeaba lo indujo a conquistar progresivamente la naturaleza y a crear, inclusive con una tecnología rudimentaria, civilizaciones extraordinarias.

Lo paradójico del mundo moderno es que la paz entre las grandes potencias se mantiene sobre un arco de bóveda que lo constituye precisamente el pánico que engendra la simple posibilidad de una conflagración en la que no quedarían ni vencedores ni vencidos, sino un vasto escenario de ruinas, escombros y devastación. Es lo que un gran estadista llamó el mantenimiento de la paz mediante el “equilibrio del terror”.

Después de la sangrienta batalla de Austerlitz, uno de los generales le hizo a Napoleón la observación de que aquel encuentro con el enemigo había sido toda una carnicería, una auténtica masacre. El Emperador, pensativo, le contestó: “No se preocupe, París repone todo eso en una sola noche”.

La técnica militar es, sin duda, la que más ha avanzado y lo cierto es que las pérdidas en una eventual conflagración mundial obligarían al género humano sobreviviente a dedicar un infinito número de noches, en un febril esfuerzo de reproducción, para reponer las pérdidas de vidas humanas que segaría esa vasta maquinaria de potencial destructivo que ha creado el hombre y a la cual se le dedica un presupuesto mundial que sobrepasa a doscientos mil millones de dólares anuales.

Lo alarmante es que la paz sigue constituyendo una especie de tregua que, como antaño, sirve para prepararse para otra guerra. El agravante consiste en que los motivos para el conflicto tienden a aumentar en el mundo actual.

La finalidad de la guerra siempre ha sido el botín; inicialmente lo constituían las riquezas, las mujeres y los esclavos; posteriormente se incluyó la conquista de territorios. En una época aún reciente, la meta consistía en la conquista de mercados, mano de obra, recursos y colocación de capitales. En el momento actual lo que más parece codiciarse son las materias primas y las posiciones estratégicas que pueden resultar decisivas en el caso de un conflicto. Con esos factores se combina una pugna ideológica que se cristaliza en un desafío mortal entre dos concepciones relativamente contrapuestas del hombre y la sociedad, el cual sirve para avivar la llama del antagonismo por el “dominium mundi” que está en juego.

La Guerra del Peloponeso – apuntaba el polemólogo francés Gaston Bouthoul – fue el primer gran conflicto ideológico que se dio en occidente. Después de más de dos milenios, el mismo conflicto permanece vigente, sólo que en una palestra con una dimensión planetaria y penetrando hasta en los ámbitos más íntimos de todas las sociedades del mundo.

Esta pugna mesiánica, en que se enfrenta un grupo de naciones – constituidas en el arsenal de la democracia – a otro bloque – que se ha erigido como baluarte del socialismo – puede convertirse en el fulminante que haga detonar ese espectacular dispositivo de muerte y destrucción.

Sin embargo, la política no es sólo el producto del conflicto y el antagonismo; es también el resultado del compromiso y la cooperación.

El porvenir y el destino de toda la especie humana dependen de que se progrese en ese terreno de la distensión. Por otro lado sería humillante para el hombre – ese ser tan orgulloso – tener que recomenzar el duro y lento ciclo de la civilización, partiendo de nuevo – en el mejor de los casos, como lo insinuaba Einstein – de la Edad de Piedra.

 

El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Política

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