Declaración del Estado de Israel, en 1948. Wikimedia Commons, CC BY-NC-SA

La historia del Estado de Israel no comenzó hace 75 años, sino casi hace 20 siglos cuando Tito destruyó el Segundo Templo y obligó al pueblo judío a un exilio de casi 2 000 años. Durante ese largo tiempo el pueblo judío ha sufrido todo tipo de persecuciones, lo que no le ha restado ni un ápice su identidad ni de amor por una tierra, Eretz Israel, a la que está unido desde que el mundo es mundo.

Durante este periodo los judíos nunca dejaron de recordar su tierra y en cada cena de Pesaj se brindaba diciendo “el año que viene en Jerusalén”.

La segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX fue un periodo fundamental para Israel. En estos casi 100 años se produjeron las cuatro olas de migración (aliyah) de judíos que huían de los pogromos y se compraron las tierras que luego permitieron la proclamación de Medinat Yisra’el. Estos dos hechos convirtieron a Israel en el único caso de construcción nacional que no se basó en la violencia, sino en el consenso, algo que muchas veces se niega.

De hecho, los problemas con sus vecinos árabes no llegaron hasta los años 30, momento en el que matanzas como la de Hebrón o Jerusalén provocaron que el sionismo revisionista pasara a una actitud de “defensa activa” frente a los árabes y a los británicos.

La política de migración de Ben Gurión

Así, el 14 de mayo de 1948, justo 1953 años después de la expulsión de los judíos, un israelí de origen polaco llamado David Ben Gurión hacía realidad el sueño de Theodor Herzl, y aprovechando el trabajo que habían hecho sionistas como Ben Yehuda, Gordon, Tumpeldor o Weizman, Israel entraba como miembro de pleno derecho de la Comunidad. En ese momento, Jerusalén se vio obligado a adoptar una política de migración muy ambiciosa para acoger a los cientos de miles de judíos que veían en Israel un lugar donde poder vivir, sin miedo, como judíos.

Sin embargo, lejos de tener un camino tranquilo y sosegado, Israel ha tenido que gestionar un camino tortuoso y lleno de obstáculos en el que ha sido atacado al menos cuatro veces por sus vecinos, en el que más de veinte mil personas han perdido la vida en actos de terrorismo y en el que sus habitantes siguen siendo víctimas de un antisemitismo feroz procedente de diferentes lugares del plantea.

No obstante, la historia de Israel es una historia de éxito. En estas casi ocho décadas de existencia, los israelíes fueron los primeros en usar la luz del sol para producir electricidad, irrigar el desierto, integrar a su población árabe (20 %), convertirse en hub tecnológico mundial o establecer relaciones diplomáticas con buena parte de sus antiguos enemigos (Egipto, Jordania, Mauritania, Marruecos, Emiratos Árabes Unidos o Bahrein).

Los retos del futuro

Sin embargo, el futuro también le tiene preparados algunos retos, retos que como dice su himno (HaTikva) son motivo de esperanza. En las próximas décadas Israel debe lograr que sus aliados occidentales sean conscientes del peligro que supone un Irán nuclear, seducir a los líderes de la Autoridad Nacional de Palestina (ANP) para que ofrezcan a su población un proyecto que desbanque al de Hamás, evitar que el crecimiento económico se traduzca en desigualdad, frenar los impulsos antidemocráticos de parte de su clase política y que el BDS quede eclipsado por la Hasbará.

Si comparamos el Israel que vimos nacer con Ben Gurión con el de hoy, la conclusión es muy evidente: Israel está mejor que en 1948, ya que ha incrementado su renta per cápita en 50 000 dólares, 14 de los 22 Estados de la Liga Árabe le reconocen, 5 millones de turistas le visitan cada año, está entre los 20 estados del mundo con mejor nivel de vida (IDH) y once de sus ciudadanos han recibido el Premio Nobel.

Por ello, no es extraño oír hablar del milagro Israel y que su modelo de vida atraiga a miles de personas que sin ser judíos quieren vivir en lugares como Haifa, Tel Aviv o Herzliya. Así, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que 75 años después de su Declaración de Independencia, Israel goza de una buena salud y como se dice en el judaísmo, hasta los 120. Am Israel Jai.

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Alberto Priego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation

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