El fetichismo de la inflación

O sea: no es cierto en absoluto que la baja inflación favorece la mejoría en el poder adquisitivo de la gente trabajadora. Es que la calamidad que sufre el empleo es una fuerza muy poderosa que lo mismo empuja hacia abajo la inflación, que alimenta el deterioro del poder adquisitivo de los ingresos de la población.

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Luis Paulino Vargas Solís, Economista (Ph.D).

Fetiche es, como sabemos, una figura, una imagen u objeto al que se le atribuye virtudes mágicas o ciertas cualidades sobrenaturales. Marx, por ejemplo, hablaba del “fetiche de la mercancía” para referirse a la capacidad del capitalismo de ocultar, bajo el ropaje de la forma material de la mercancía, las relaciones sociales que la produjeron, y le dieron forma, utilidad y valor. En la Costa Rica de los últimos 10 a 15 años, dos fetiches han quedado bien implantados en el imaginario popular: el del tipo de cambio colón-dólar y el de la inflación. Se quieren que sean tan bajos y estables como sea posible, aferrándose así a la ilusión de que ello es manifestación, y a la vez requisito, de una economía más saludable y de unas condiciones de vida más satisfactorias. Es una narrativa fantasmagórica, ampliamente compartida por el propio gremio de economistas y alimentada por una devoción reverencial. Omitiré en este artículo lo referente al tipo de cambio, el cual abordaré en un escrito posterior.

Y puesto que nos enfocaremos en el “fetiche de la baja inflación”, una aclaración es necesaria a fin de evitar malentendidos: obviamente una inflación alta es dañina, y de ninguna manera pretendo afirmar lo contrario. Pero, por otra parte, no es infrecuente que la inflación sea un síntoma de algo más, y no un problema en sí mismo. Cierto grado razonable de inflación puede ser expresión visible de una economía saludable. Una inflación muy baja puede ser, en determinadas circunstancias, expresión de una debilidad económica subyacente. Esto último es, precisamente, lo que motiva este artículo.

De la inflación se dice que es el peor impuesto para las personas pobres y, correlativamente, se afirma que mantenerla baja contribuye a mejorar el poder adquisitivo de los salarios. Para el Banco Central de Costa Rica (BCCR) –con seguridad uno de los más conservadores y ortodoxos del mundo– mantener una inflación baja es toda su razón de ser. No su objetivo principal, sino más bien su único objetivo. Opera entonces bajo un tipo de políticas llamadas de “metas de inflación”, que, en resumidas cuentas, consiste en fijar un cierto nivel de inflación como meta anual, en función del cual se ajustan las tasas de interés. Su meta es: «3% más-menos 1», lo cual significa que la inflación podría moverse dentro del rango comprendido entre 2 y 4%. En la práctica, lo que se observa es que el Central trata de empujar la inflación hacia abajo: al 2% o incluso por debajo de este nivel. En cambio, basta con que se mueva en las cercanías del 3% para que de inmediato suenen las alarmas y entren en aplicación medidas restrictivas, vía incremento de las tasas de interés, cuyo propósito es hacer que el índice se mueva nuevamente hacia el 2%.

Juramentación del presidente del BCCR

Omitiendo detalles engorrosos, diré que esto se sustenta en algunas hipótesis muy populares en la teoría económica neoclásica. Tiene antecedentes en la llamada “curva de Phillips”. Como ésta tenía un tufito que hacía recordar a Keynes, provocaba gran desasosiego en la ortodoxia neoclásica. De ahí que el concepto se transfigurase inicialmente en algo que Milton Friedman llamó la “tasa natural de desempleo”, la cual, después de pasar por el salón de belleza, terminó con el rimbombante nombre de “tasa de desempleo no aceleradora de la inflación”. Todo esto para decirnos que el desempleo no puede bajar de un cierto mínimo, y que intentarlo tan solo provocará inflación. Dicho de otra forma: los gobiernos no pueden influir sobre el funcionamiento de los mercados. La conclusión es obvia: si no se puede, entonces no lo intente. Es el credo del fundamentalismo neoliberal: la magia del libre mercado resolverá todo.

Nadie sabe cuál es para el BCRR la “tasa de desempleo no aceleradora de la inflación”, puesto que, si del empleo se trata, lo mencionan como quien comenta en la parada de buses acerca de lo caliente que está la mañana. Lo cierto es que por diez años hemos tenido un problema del empleo realmente deprimente, sin que el Banco ni siquiera se entere.

Pero lo cierto es que existe una estrecha relación entre la catástrofe que vivimos en materia de empleo, y la mítica baja inflación. Pero el BCCR jamás reconocerá esa relación, excepto, quizá, recubierta bajo esos conceptos, presuntamente técnicos y asépticos, que la ortodoxia neoclásica ha acuñado. Pero la realidad es que la inflación es baja, en gran medida (no afirmo que sea el único factor) porque el empleo anda muy mal, lo que pone en situación de gran vulnerabilidad a trabajadores y trabajadoras. Ello permite empujar los salarios hacia abajo, lo que, a su vez, propicia el descenso de la inflación. Y, como bien se sabe, ese mecanismo regresivo se ve favorecido por el contexto institucional vigente: ausencia de organización sindical independiente, feroz persecución sindical por parte de la patronal y un Ministerio de Trabajo que, con perdón, no pasa de ser un mal chiste.

Recordemos que la primera vez que se elaboró la Encuesta Continua de Empleo (ECE) fue en el tercer trimestre de 2010. Tomemos el dato respectivo, para compararlo con el más reciente disponible (cuatro trimestre 2018). Fijémonos en lo que el INEC llama “ingreso en la ocupación principal”, medido en términos de su poder adquisitivo real. Observaremos entonces que el promedio respectivo a nivel nacional se ha estancado, con un incremento insignificante de 0,6%. Si se observa el dato para el sector privado (en el que se ubica el 86% de las personas trabajadoras), se registra una reducción de casi -4%. Es un hecho sin precedentes en la historia económica de Costa Rica: un plazo tan extendido sin mejoría alguna –más bien con deterioro– del poder adquisitivo real de los ingresos. Con seguridad, las ganancias de productividad que se han tenido a lo largo del período –poco brillantes pero que, en todo caso, están ahí– han eludido a las clases trabajadoras y se han concentrado en manos del capital.

O sea: no es cierto en absoluto que la baja inflación favorece la mejoría en el poder adquisitivo de la gente trabajadora. Es que la calamidad que sufre el empleo es una fuerza muy poderosa que lo mismo empuja hacia abajo la inflación, que alimenta el deterioro del poder adquisitivo de los ingresos de la población.

Por otra parte, es cierto que el tipo de cambio bajo y estable –el otro fetiche del que hemos hablado– contribuye también a mantener baja la inflación. Sin profundizar en el asunto (lo haré en el siguiente artículo) ese peculiar comportamiento de la relación colón-dólar, explica parte de la pérdida de competitividad del aparato empresarial costarricense. En ese contexto, el deterioro del poder adquisitivo que sufre la gente, opera como una forma de “devaluación interna”: como ya dije, las ganancias de productividad se mueven a favor del capital y lejos de las manos de las personas trabajadoras. Se intenta así restablecer, un poco al menos, la competitividad lacerada.

 

Luis Paulino Vargas
El autor de formación en sociología, ciencias políticas y economía, es Director Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE-UNED) y Presidente Movimiento Diversidad Abelardo Araya. Recibió el Premio Nacional Aquileo Echevarría.

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