El final de la inocencia de los neozelandeses ante la extrema derecha

La Policía de Nueva Zelanda sigue reaccionando a lo ocurrido tras los tiroteos en dos mezquitas del centro de la ciudad de Christchurch. El nivel de amenaza a la seguridad nacional se ha elevado a nivel alto. Se han cerrado muchas mezquitas del país y la policía está pidiendo a la gente que evite visitarlas.

Hasta el momento, han muerto cuarenta y nueve personas. Según algunos medios de comunicación, cuarenta y una personas fueron asesinadas a tiros en la mezquita Masjid Al Noor, en Deans Avenue, y los demás murieron en una segunda mezquita cercana.

Cuatro personas —tres hombres y una mujer— han sido detenidas en relación con los tiroteos y un hombre próximo a la treintena ha sido acusado de asesinato.

Durante las horas posteriores a los ataques, la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, dejó claro que se trataba de un ataque terrorista de «una violencia insólita y sin precedentes» que no se podía permitir.

También afirmó que las ideas extremistas no eran bienvenidas en Nueva Zelanda, que eran contrarias a los valores de este país y que no representaban a Nueva Zelanda como nación.

«Es uno de los días más tristes para Nueva Zelanda. Muchas de las personas afectadas por este acto de violencia extrema pertenecen a nuestras comunidades de refugiados y migrantes. Nueva Zelanda es su hogar. Ellos son nosotros».

Y tiene razón. Los análisis de opinión pública, como las encuestas anuales sobre actitudes de la Asia New Zealand Foundation, muestran que la mayoría de neozelandeses está a favor de la diversidad y considera que la inmigración, en este caso procedente de Asia, proporciona múltiples beneficios para el país.

Pero las posturas extremistas, incluidas las del nacionalismo extremista y las del supremacismo blanco, que parecen ser el motivo fundamental de este ataque contra musulmanes, han formado parte de nuestra comunidad durante mucho tiempo.

El escenario de la matanza, la mezquita de Masjid Al Noor en Deans Avenue, en Christchurch.
AAP/Martin Hunter, CC BY-SA

Historia del supremacismo blanco

A finales de los años setenta finalicé en el Reino Unido una investigación sobre el Frente Nacional y el Partido Nacional Británico. Cuando volví a Nueva Zelanda, me dijeron explícitamente —incluso las autoridades encargadas de controlar los movimientos extremistas— que allí no teníamos grupos similares. Pero no tardé mucho en descubrir todo lo contrario.

Durante los años ochenta, analicé más de setenta grupos locales que encajaban con la definición de extrema derecha. La ciudad que albergó a muchos de esos grupos fue Christchurch.

Eran una mezcla de cabezas rapadas, neonazis y grupos nacionalistas extremistas. Algunos tenían una ideología muy tradicional, con un gran apoyo al antisemitismo y la creencia en la supremacía de la «raza británica». Otros dieron la vuelta a los argumentos del nacionalismo maorí para mantener «la pureza de la raza blanca».

Y sí, había violencia. En 1989, en Christchurch, un transeúnte inocente, Wayne Motz, recibió un disparo por parte de un cabeza rapada, que después se dirigió a una comisaría de la Policía local y se disparó. En las fotografías de la cárcel se veía a sus amigos haciendo el saludo nazi. En acontecimientos diferentes, un mochilero coreano y un homosexual fueron asesinados por motivos ideológicos.

Las cosas han cambiado. Con los años noventa llegó internet y, después, las redes sociales. Sucesos como los atentados terroristas del 11 de septiembre cambiaron el foco de atención: al antisemitismo se sumó la islamofobia.

El discurso del odio en la red

Los terremotos y la posterior reconstrucción han transformado significativamente la demografía étnica de Christchurch y la han vuelto mucho más multicultural y favorable a la diversidad. A pesar del extremismo de derechas del pasado, es irónico que este tipo de terrorismo se dé en esta ciudad.

No solemos pensar mucho en la presencia de grupos racistas y supremacistas blancos hasta que no ocurre algún incidente público, como la profanación de tumbas judías o la manifestación de hombres (la mayoría son hombres) vestidos con camisas negras y reivindicando su «derecho a ser blanco». Quizás es más cómodo pensar, como dijo la primera ministra, que no forman parte de nuestra nación.

El año pasado, como parte de un proyecto para analizar el discurso del odio, analicé lo que algunos neozelandeses afirmaban en la red. No tardé mucho en descubrir la presencia de comentarios llenos de odio y contra los musulmanes. Sería un error describir estas opiniones y comentarios como generalizados, pero lo cierto es que Nueva Zelanda no estaba exenta de islamofobia.

De vez en cuando afloraba, como en el ataque a una mujer musulmana en un aparcamiento en la localidad de Huntly.

Familias en la calle tras un tiroteo en la mezquita de Christchurch, Nueva Zelanda.
AAP/Martin Hunter, CC BY-SA

¿Tolerantes con los intolerantes?

En 2018 fue aún más evidente. El youtuber canadiense Stefan Molyneux desencadenó un debate público (junto con Lauren Southern) sobre el derecho a la libertad de expresión. Gran parte de los comentarios de la gente parecían pasar por alto o justificar sus opiniones extremistas sobre lo que él considera la amenaza generada por el islam.

Después, casi al mismo tiempo, se produjo la manifestación pública a favor de la libertad de expresión con carteles en los que nos advertían sobre la llegada de la ley islámica o carteles con el lema «Free Tommy» (libertad para Tommy). Hacían referencia a Tommy Robinson, un histórico activista (líder de la Liga de Defensa Inglesa) que fue condenado a prisión —luego puesto en libertad tras ganar una apelación— por desacato al tribunal, principalmente por atacar a musulmanes ante el tribunal.

Hay muchas pruebas de opiniones islamofóbicas, sobre todo en la red. Hay —y ha habido durante mucho tiempo— personas y grupos que mantienen opiniones supremacistas blancas. Suelen amenazar con la violencia, pero rara vez han actuado en función de esas opiniones. También existe cierta ingenuidad entre los neozelandeses, incluidos los medios de comunicación, en relación con la necesidad de ser tolerantes con los intolerantes.

No tiene por qué haber necesariamente una causa directa entre la existencia de islamofobia y lo que ha ocurrido en Christchurch, pero este ataque debe poner fin a nuestra inocencia colectiva.

No importa el tamaño de las comunidades extremistas, siempre suponen una amenaza para nuestro bienestar colectivo. Debemos reivindicar y trabajar continuamente en la cohesión social y el respeto mutuo.

The Conversation

Paul Spoonley does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

Publicado originalmente en The Conversation

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...