El fútbol y la política en el espejo de la cultura

Del fútbol y la política, a la cultura, hay solo un paso. La misma distancia a la que nos colocamos del espejo.

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Pablo Barahona Kruger. Abogado

El fútbol no es el deporte rey por nada; sino por todo. Vale la pena aprender a leerlo como el inmejorable espejo cultural que es, más allá de su origen lúdico.

Desde la gradería es posible interpretar la política de un país e incluso de una región. Pueden verse descosiéndose, a través suyo, los finos hilos culturales que preambulan a la (in)cultura de la ilegalidad, siempre tan hermanada con aquella otra (in)cultura: la de la chambonada y la improvisación. Coligiéndose, como síntesis de ambas, esa magra (in)cultura del subdesarrollo que sufrimos todos, todos los días, y posiblemente, toda la vida.

Ningún otro deporte, sino el que domina en una región –y precisamente en tanto domina allí-, trasluce mejor los resquicios culturales que tornan patente el verdadero “kit” sociopolítico de una nación o un pueblo.

En Costa Rica, por citar solo un ejemplo, bien haríamos en ir evidenciando el choque de dos esquemas culturales que arrojan resultados patentes e innegables, y que vistos en detalle, inspiran corrientes de cambio profundo.

Por un lado, la cultura de un líder firme y estudiado, como Jorge L. Pinto. Un hombre que más allá de la legendaria originalidad colombiana, abrevó del ímpetu y la consabida exigencia germánica, partera de aquel lema que principia su industria automotriz: “Lo perfecto no es suficiente, es solo el principio”.

¿Qué Pinto era exigente? Con toda seguridad.

¿Que Pinto no dejaba cabos sueltos y encimaba a sus pupilos de cara a asegurar los detalles que anticipan toda victoria? También está claro.

¿Qué Pinto era obsesivo con la disciplina e implacable con la mediocridad, y por tanto, vertical en su liderazgo? Tampoco hay duda.

Como no hay por qué dudar de que ese nivel de exigencia y esas formas cuasimilitares de imponer disciplina, melló el ánimo de ciertos jugadores acostumbrados al chineo multitudinario y mediático, en un país pequeño que idolatra a sus futbolistas como a ningún otro referente.

Si Keylor se lanza hoy para Presidente: queda. Y aclaro, la culpa no sería de él sino de la incultura que venimos consintiendo todos. Aunque unos más que otros.

Esas formas culturalmente extrañas que imprimió Pinto en su era, suponen cambios, tocan intereses gremiales e incomodan a la realeza sin corona cobijada siempre por esta sociedad del aplauso, en cuyo marco el hipócrita es el bueno y el sincero siempre el malo.

El resto de la historia, todo el país la conoce. Ahí están los resultados de Rusia en contraste con lo que fue Brasil.

¿Y por qué, entonces, el linchamiento de Pinto? Parece que lo importante era que los jugadores escogieran a su propio jefe. Uno que fuera simpático,

bonachón y complaciente. Uno que despertara casi ternura en el público y complacencia en sus peones. Es decir, uno que fuera bien, pero bien tico.

Lo estratégico era que los jugadores estuvieran cómodos, no los resultados. Y sobre todo, que no hubiera olas. Un líder cándido al que toda la prensa promovió y chineo desde que convinieron en llamarle confianzudamente por su apodo en vez de por su

nombre. Quedando claro, en todo caso, que él tampoco se quejó por ello. Al contrario, se amparó siempre a semejante condescendencia.

¿Y los resultados? Bien gracias y claramente a la vista.

Restan, nada más, las preguntas que adelantan paralelismos: ¿Estamos los costarricenses eligiendo “Pintos” para ponerle coto a los sectores y a los gremios, o a los dañinos mandos medios que soterradamente mandan por encima de los jerarcas públicos?

¿O nos la estamos jugando a punta de Machillos que gobiernan a puro simbolismo y tanteo, sin incidencia real, recurriendo siempre a las mismas alineaciones recicladas y una comunicación política eminentemente simbólica (de pose) y populista?

¿Hemos convertido los costarricenses a Costa Rica en el reino de la mediocridad, abriendo las puertas a los navegantes de agua dulce, a los manipuladores que hacen del selfie su modus operandi y del gesto fingido, el “fondo” de su discurso?

¿Seguiremos los costarricenses dejando puertas afuera a los “Pintos” que mueven las líneas de meta mucho más allá de lo imaginable, dándose de “tu a tu” con los mejores del mundo, mientras colamos por la cocina y por pura simpatía y ternura a los “Machillos”, a quienes por más que en sus coordenadas la intenten y por más buenas intenciones que tengan, simplemente no les alcanza la calculadora ni mucho menos el coraje de hacer los cambios oportunos y necesarios -berree quien berree-, equilibrando la defensa de lo alcanzado con la ofensiva para conquistar lo que sigue sin parquearse mediocremente a un lado?

¿Permaneceremos los costarricenses ajenos a la tragedia histórica que supone linchar a los exigentes para premiar a los complacientes, desconocer a los excelentes para reconocer a los mediocres, acusar a los líderes verdaderos que se atreven para no evidenciar a los segundones que hacen del disimulo y la simple pose, su refugio y trampolín?

Del fútbol y la política, a la cultura, hay solo un paso. La misma distancia a la que nos colocamos del espejo.

El autor es Abogado y profesor universitario
pbarahona@ice.co.cr

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