El intervencionismo estatal y la separación de poderes

Creer que el principio de la distribución de poderes es un patrimonio exclusivo del Estado gendarme, es omitir el hecho de que hasta los progenitores del totalitarismo soviético introdujeron el mecanismo de los tres poderes y el no hacer funcionar los resortes del dispositivo fue lo que dio como resultado la dictadura staliniana.

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

“El poder puede ser definido como la producción de efectos intencionados; es por lo tanto un concepto cuantitativo”, nos decía Bertrand Russell y más adelante comparaba el poder con la energía, de lo que podernos deducir que su carácter es esencialmente instrumental.

“En sí el poder no es bueno ni malo; sólo adquiere sentido por la decisión de quien lo utiliza; ni siquiera es, por sí mismo constructivo o destructivo, tan sólo ofrece todas estas posibilidades, al estar regido esencialmente por la libertad», nos dice Romano Guardini, lo que en términos menos sofisticados quiere decir que el poder, como una fuerza a disposición del hombre es en sí misma neutral, pero cuya dimensión ética y social se la imprimen esencialmente los que detentan el poder y en menor medida los que participan en el proceso político. Lo bueno o lo malo del poder resulta, por lo tanto, del uso que se le dé, de la forma en que se utiliza; el problema estriba, para usar un término terapéutico, en la posología, en su aplicación.

Suponer que el Estado es un mal en sí mismo, ha sido el error fundamental y sistemático que han cometido los anarquistas. Creer que el intervencionismo estatal es necesariamente negativo, es el error en que han incurrido los liberales de la vieja ola. Proclamar que la intervención a ultranza del Estado, el poder por el poder, es el error opuesto que sólo cometen los idólatras del totalitarismo, los que proclaman la apoteosis del Estado y la «plenitudo potestatis». Nuestro siglo veinte ha roto los moldes anacrónicos del liberalismo del «laissez-faire»; es de esperar que Dios le confiera eterno reposo a sus restos, pero tampoco la medicina debe matar al enfermo, siendo peor que la enfermedad.

El intervencionismo estatal no es una pólvora que haya inventado alguno de esos oráculos que ahora se llenan la boca con el grito de «eureka»; es más que nada el producto del proceso de transformación social, es esencialmente un fenómeno histórico.

Existen causas y razones históricas que han promovido la intervención del Estado. Las guerras lo han fortalecido y han provocado su injerencia en esferas de la vida que antes le eran vedadas e inaccesibles. Lo mismo ha sucedido con las crisis económicas que han hecho necesarias diversas formas de dirigismo; la transformación y la modernización misma de la sociedad ha inducido al Estado a asumir funciones que antes eran patrimonio de otras instituciones, como ha sido el caso de la educación, la economía, la salud, servicios públicos, etc.

El intervencionismo ha sido engendrado en gran medida, por otra parte, como un medio para controlar, mitigar o abolir los abusos del poder económico. Así como un clavo saca a otro clavo, un poder tiende a subordinar o substituir a otro; pero muerto el perro no se acabó la rabia, pues ¿qué forma de poder logrará, a su vez, controlar al poder político, una vez que se vuelva absoluto y omnipotente?

Más importante aún es el hecho de que todos hemos puesto nuestro granito de arena en la construcción de ese minotauro, como lo llama Bertrand de Jouvenel, que es el Estado. Si algunos se atribuyen jactanciosamente su paternidad, de hecho, es muy compartida y todos contribuimos a alimentar la criatura

Es el caso del empresario que solicita la intervención con el fin de estimular la producción; del industrial que pide protección aduanera; del agricultor que exige una exoneración, del productor que reclama una subvención; del trabajador que reivindica legislación social y mejores condiciones de salario, salud o alimentación. Es también el caso del inepto que reclama por más burocracia para colocarse en una cómoda sinecura y de los gobernantes que entre mayores sean las atribuciones del Estado, más saciados estarán sus delirios de grandeza.

En fin, todos – inclusive aquellos que repudian esa proyección penetrante – somos responsables del expansionismo del poder estatal. Todo esto – en sí – no es ni bueno ni malo; es bueno sólo cuando se logra una armonía racional y equilibrada de los intereses encontrados que convergen en la esfera del Estado, acompañada de progreso material, social y espiritual.

Todo esto está muy bien ya que, si se quiere, se trata de un mal necesario; pero no confundamos la gordura con la hinchazón, ni identifiquemos al Estado con el Gobierno. No porque el Estado haya asumido esa acumulación de funciones y sea intervencionista, quiere decir esto que se le deban conceder poderes irrefrenables al Poder Ejecutivo.

Es cierto que el mecanismo y el principio de la separación de poderes han sido desvirtuados por la práctica, con la aparición de los partidos políticos, y no, como se sugiere, por los imperativos del intervencionismo estatal; el Poder Legislativo surgió de la necesidad de que un cuerpo deliberativo controlara y regulara los actos del soberano.

En muchos países el surgimiento de los partidos políticos disciplinarios ha permitido que el Poder Legislativo quede más o menos subordinado a la política que realiza el Poder Ejecutivo; la diferencia estriba en que, precisamente en los países más avanzados, ese fenómeno distorsionador está compensado por una profunda madurez y un alto de responsabilidad que evitan la arbitrariedad y el abuso.

Podernos ir aún más lejos y afirmar que precisamente ahora que el Estado es más intervencionista que nunca, es que se hace más necesaria la aplicación de mecanismos reguladores y la realización de ese principio de control del poder, más valioso de todos los que nos legó el liberalismo político, ese perro muerto que ahora todos patean.

Creemos que ahora que el Estado se ha convertido en Leviathan que mataría de placer al mismo Hobbes, es cuando se requiere más que nunca que exista vigilancia y control en el seno mismo del Estado por el poder que despliega.

Debemos ir más allá aún; es necesario que el ciudadano moderno se mantenga alerta y participe más activamente el proceso político. Es necesario que surjan cuerpos intermedios con carácter representativo que velen por el buen manejo de la cosa pública. Hoy más que nunca se hace imprescindible que surjan partidos políticos serios y estadistas rectos y capaces, ya que si nos acercarnos al ideal totalitario de Platón, esa sería la única y auténtica garantía contra la conjunción de lo totalitario y despótico.

Creer que la separación de poderes resulta inoperante porque el Estado es intervencionista, es identificar el intervencionismo precisamente con el despotismo, convertirlo en sinónimo de dictadura; sería volver a la fórmula de el Estado soy yo», más anacrónica aún que el liberalismo ortodoxo.

La separación de poderes no significa paralización del poder, obstruccionismo o inmovilismo. Esto, de hecho, es prácticamente imposible, ya que la naturaleza misma de lo político consiste en la dinámica y la acción. El principio mismo conlleva la colaboración de poderes, como una necesidad en la obra de gobierno y actualmente no sólo es compatible, sino absolutamente necesario que el intervencionismo vaya aparejado al menos con ese mecanismo regulador.

Creer que el principio de la distribución de poderes es un patrimonio exclusivo del Estado gendarme, es omitir el hecho de que hasta los progenitores del totalitarismo soviético introdujeron el mecanismo de los tres poderes y el no hacer funcionar los resortes del dispositivo fue lo que dio como resultado la dictadura staliniana.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 06/04/1972

Del mismo autor le podría interesar:

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...