Daniel Afonso da Silva/Latinoamérica21

Un viejo adagio dice que “no se debe bromear ni jugar con el sufrimiento ajeno”. Una recomendación igualmente antigua afirma que “para cada problema complejo hay una solución simple que siempre es errónea”. Una enseñanza trascendente nos informa de que “la paciencia es hermana de la prudencia”. Y el mago de las letras rusas, Liev Tolstoi, inmortalizó la máxima de que “todas las familias felices son iguales, cada familia infeliz es infeliz a su manera”. Lo que siguió al desafortunado suceso del 7 de octubre de 2023 moviliza todos los niveles de estas consideraciones y cualquier postura adoptada sin ellas como guía podría conducir a la imprudencia.

La embestida de Hamás contra civiles desprotegidos y desarmados aquel 11-S israelí fue una acción sin nombre y no puede excusarse. Siempre ha sido muy difícil perdonar lo imperdonable. Y aquello fue imperdonable. Pero una acción imperdonable no carecía de razón. Al contrario: fue una acción, por atroz que fuera, producto de la acumulación de resentimiento y odio entre creyentes, de un bando y de una familia común, en disputa por un mismo terreno.

Un conflicto histórico

Desde una perspectiva muy lejana, estas escaramuzas entre judíos y árabes se remontan a momentos bíblicos del Génesis. Pero fue durante el siglo XIX, bajo el Imperio Otomano, hacia 1870, cuando la cuestión sionista que hasta hoy carcome la paciencia y la prudencia de estos habitantes de Oriente Próximo tomó nuevos contornos. Los judíos sefardíes, en ese momento del siglo XIX, empezaron conscientemente a valorar la lengua hebrea como aportación para revigorizar el nacionalismo judío. Y funcionó. En los años siguientes aumentaron las demandas de afirmación, diferenciación y territorialización del pueblo judío. Y, finalmente, llegó la innombrable Shoah para promover la conmoción mundial que sirvió de base para la justificación del Estado de Israel.

Concomitantemente con la creación del Estado de Israel llegaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Todo ello en 1948.

La Solución Final de los nazis prolongó la materialización de las locuras inauguradas en la limpieza étnica practicada contra los armenios y continuadas en los exterminios masivos perpetrados por los Estados comunistas a lo largo de la época de los extremos entre 1914 y 1945. Estas acciones fueron demasiado lejos. Por lo tanto, era necesario mejorar el castigo de estos crímenes incontestables.

En 1929, la Convención de Ginebra pretendía proteger a los prisioneros de guerra. Pero la Segunda Guerra Mundial planteó retos aún mayores que se definieron en el castigo de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Todos estos crímenes se perpetraron también y sobre todo contra los judíos. De ahí el impulso a la creación de un Estado de Israel. Pero la situación siempre ha sido más compleja.

Los árabes, en todas sus variantes, reivindican la misma causa, los mismos castigos y el mismo territorio. Por todas estas razones, después de 1948, la tensión entre judíos y árabes no hizo más que aumentar. Y los incidentes de 1956, 1967 y 1973 fueron sólo ejemplos de sus eternos desacuerdos.

Los Acuerdos de Oslo de 1993 plantearon la posibilidad de una “paz soportable”. Pero el asesinato del Primer Ministro Isaac Rabin dos años después acabó con las esperanzas. Desde entonces, el conflicto no ha tenido solución ni fin.

El papel de Occidente

Lo que vimos el 7 de octubre de 2023 y después, por cruel que parezca, no fue más que la continuación de este complot. Pero esta vez con matices más irritantes. Primero por la revisión del papel de Occidente en el mundo. Después, por la tormenta perfecta caracterizada por la pandemia de Covid-19 y la nueva fase de tensión ruso-ucraniana. Y, por último, por la violencia de la contraofensiva israelí contra los árabes tras el atentado.

Así, en los primeros momentos tras el 7 de octubre, los países occidentales que siempre habían apoyado la existencia del Estado de Israel condenaron ostentosamente las acciones de Hamás y, posteriormente, de los demás países árabes. Los países menos occidentales e incluso antioccidentales de América, África y Asia dudaron inicialmente y algunos ignoraron la situación.

Volviendo atrás en el tiempo, las secuelas del 11 de septiembre de 2001 complicaron enormemente la relación de todos, occidentales o no, con el mundo árabe. La Guerra contra el Terror del Presidente George W. Bush creó complicaciones difíciles de superar. Casi de repente, ser árabe se convirtió en sinónimo de ser terrorista. El Presidente Barack H. Obama intentó remediar esta terrible impresión. Pero no lo consiguió. La relación, especialmente entre occidentales -incluidos israelíes- y árabes no ha hecho más que empeorar.

Por si fuera poco, 2009 coincidió con el momento de la superación de la crisis financiera mundial de 2008 y, concomitantemente, con la afirmación de los países emergentes anclados en los BRICS. Estos países, actuando en bloque, pasaron de ser un foro de discusión a una plataforma revisionista del sistema internacional surgido en 1945. Esta intención de revisión ha acelerado el cambio del consenso sobre el entorno internacional -especialmente el consenso fabricado por europeos y estadounidenses- y, con él, el consenso sobre el Estado de Israel y las relaciones israelo-palestinas.

El revisionismo internacional

Con este nuevo telón de fondo, Israel recurrió a su “derecho de defensa” y lanzó una implacable contraofensiva contra Hamás y el mundo árabe en Gaza. Desde entonces, bajo el pretexto de proteger la supervivencia del pueblo judío, las fuerzas israelíes han asesinado a más de 23.000 árabes, la mayoría de ellos civiles y desarmados. Observando la gravedad de la situación, los sudafricanos identificaron esta matanza como una “intención de genocidio” y presentaron una demanda ante el Tribunal Internacional de Justicia contra el Estado de Israel, sorprendiendo al mundo entero con su inversión de valores. Hay que darse cuenta de que semejante denuncia habría sido impensable antes de la aparición de los países revisionistas en la escena internacional. Pero ahora, en este escenario de revisión de valores, la denuncia ha sido presentada y aceptada por el Tribunal. Nuevos tiempos.

Como garante de esta revisión de los preceptos y valores internacionales, el Estado brasileño, bajo la presidencia de Lula da Silva, expresó su solidaridad con los árabes y su apoyo a la iniciativa de Sudáfrica el 10 de enero de 2024, tras una reunión con el embajador palestino en Brasilia. En el ámbito diplomático, esta decisión obedece simplemente al cambio de perspectivas de los países revisionistas en el sistema internacional y al protagonismo de Brasil dentro de estos países. En el ámbito jurídico, este apoyo sirvió para presionar al Tribunal para que aceptara la demanda de Sudáfrica. En el ámbito político, Brasil tomó partido en una situación que no es necesariamente política, ni jurídica, ni diplomática. Quizás simplemente apostó por establecer su lugar en la historia.

¿Le faltó paciencia y prudencia a Brasil en esta apuesta? Los días lo dirán.

Daniel Alfonso da Silva es Doctor en Historia Social por la Universidad de San Pablo (Brasil) Postdoctorado en Relaciones Internacionales en Sciences Po (París).
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