El maestro Pilar Jiménez

Pilar estaba hecho para transitar por un camino cultural, ajeno a sus ancestros. Lleno de obstáculos y quizá menos redituable que ser político o comerciante.

Emilio Gerardo Obando Cairol, Genealogista.

Costa Rica garbosa y señorial del siglo XIX vio nacer en su seno patriarcas que se enfilaron por el sendero político, o bien productores y comerciantes que impulsaron fuertemente el desarrollo del país, mediante el cultivo y exportación del café hacia mercados europeos. Pero también hizo un espacio para que, junto a ese mundo inclinado hacia el lado materialista de la humanidad, surgieran también talentos que orientaran sus pasos hacia el ámbito intelectual y artístico.

Y Pilar Jiménez Solís fue uno de ellos. Nació en el caserío San José, del valle del Murciélago, hoy Guadalupe, el 27 de marzo de 1835. Aunque de una ancestría común que los llevaba a los Jiménez Maldonado, los Jiménez de su padre y abuelo eran distintos a sus parientes Jiménez aristócratas de Cartago, pues su familia estaba integrada por agricultores, con limitados recursos económicos, que esperaban de sus hijos continuar en el duro trajín cotidiano de labrar la tierra con el sudor de su frente.

La niñez de Pilar Jiménez transcurrió apaciblemente en el barrio de San José, denominación que existía desde 1828, cuando se dejó a criterio de jueces pedáneos que pusieran nombre a los barrios que conformaban el extenso barrio del Murciélago. En diciembre de 1841, San José quedó incorporado al barrio de Los Santos. Para 1850, el presbítero Raimundo Mora cambió la denominación a Guadalupe, que se mantiene hasta el presente.

Desde niño, su inteligencia, vocación y aptitudes se inclinaron hacia la música. A sus 4 años hizo un violín con hebras de caña brava, con el cual luego tocaría melodías populares. Su padre, agricultor incansable, deseaba inculcar en él su amor por los tesoros de la tierra, pero Pilar estaba destinado a brillar en los placeres sagrados de la música, en descifrar empíricamente las notas del pentagrama.

Su familia era de escasos recursos, por lo que Pilar debía, desde pequeño, trabajar como jornalero en la propia parcela de su padre Gregorio o bien en fincas de la comunidad. Como solía ocurrir con la niñez de ese tiempo, posiblemente se desplazaba descalzo bajo el fuerte sol de la mañana, haciendo una pausa por ahí de las diez para saborear el almuerzo básico que le preparaba su madre Flora, quizá compuesto de arroz, frijoles, guineo o plátano maduro y alguna tortilla.

Pero Pilar estaba hecho para transitar por un camino cultural, ajeno a sus ancestros. Lleno de obstáculos y quizá menos redituable que ser político o comerciante.

Sus conocimientos básicos de la música, que le permitieron aprender él solo a tocar el violín y el violoncelo, significaron un aporte mayor para la familia al participar en fiestas y otras actividades ejecutando esos instrumentos musicales, lo cual no disminuyó sus delirios por recibir una educación musical más técnica y metódica.

Con quince años y con el apoyo de sus padres, se encaminó hacia el remoto pueblo de Tres Ríos para ir a estudiar música con el maestro Jesús Rodríguez.

De autodidacta entusiasta, Pilar pasó a ser, luego de sus estudios en Tres Ríos, un profesional con exquisito conocimiento de las técnicas y teoría de las artes musicales, a las que se unían su ferviente vocación y aptitud inacabables. En la naciente Guadalupe de la segunda mitad del siglo XIX, se convirtió en un virtuoso del violoncelo, pero realmente su destino era la educación musical de losjóvenes a quienes su familia o él mismo descubrían que tenían aspiraciones a alcanzar un sitio en el podio cultural de la música.

Durante once años fue maestro de Capilla en Heredia e impartió lecciones de canto en 1887 en las escuelas públicas de esa provincia. Su voz era privilegiada. Fue también profesor de solfeo, canto y piano en el Instituto Nacional, en el Liceo de Costa Rica y en las escuelas de San José, Guadalupe y San Vicente (hoy Moravia).

Con el transcurrir de los años, su cultura musical se acrecentó, lo que le facilitó ser nombrado profesor en la Escuela Nacional de Música, la cual desapareció en 1894 por problemas presupuestarios; En ese mismo año, se funda la Escuela de Música Santa Cecilia, que funcionó durante sesenta y dos años, hasta 1956.

Al lado de Pilar, su esposa Melchora Núñez Gutiérrez, dama ejemplar y recatada, descendiente de los Zeledón y los Gutiérrez, familias prominentes en la Costa Rica colonial, quien inculcó a sus hijos e hijas los valores y principios éticos que modelaron sus vidas.

Sus hijos, se destacaron como hombres de bien y de prolífica contribución al país: Francisco, licenciado en Farmacia, fundó la Botica Oriental en San José, al frente de la esquina noreste del Mercado Central. Era un hombre generoso y probo en la más amplia acepción de esos vocablos; Enrique, fue maestro, agrónomo e inventor. Heredó de su padre las cualidades del músico inspirado y creador; Gerardo, habilidoso cirujano y magnífico pianista; José Joaquín, pionero en la cirugía dental, primer decano de la Facultad de Odontología y segundo Rector de la Universidad de Costa Rica; Ricardo, primer anestesista profesional que tuvo el Hospital San Juan de Dios, donde laboró cuarenta y dos años de su vida, carrera que le dio prestigio y el merecido título de bienhechor de la comunidad; Matilde y Rosa, las hijas de la familia Jiménez Núñez, enfilaron sus mejores esfuerzos y conocimiento para inculcar en sus hijos los valores y principios éticos que a ellas también les heredaron sus ancestros.

Pilar Jiménez cubrió con excelencia una etapa del desarrollo de la vida musical en Costa Rica, desde 1855 hasta su muerte en 1922. Su existencia fue un ejemplo de perseverancia, en que un joven procedente de una familia de escasos recursos económicos se propuso una meta, cual fue adquirir conocimientos y destrezas en la ejecución de instrumentos musicales como el violín, violoncelo, guitarra y piano, a la vez que aprender cómo escribir obras musicales. Este legado, enriquecido con su aporte como maestro de alumnos que recibieron sus lecciones de canto, solfeo y teoría musical y con el aprecio y admiración que le prodigaron las personas que en su momento tuvieron contacto con su figura ejemplar, constituyó honra y orgullo de su ciudad natal, Guadalupe, y de su Patria, Costa Rica.

Más detalles de su vida y obra pueden ser observados en el libro de mi autoría sobre Pilar Jiménez, disponible en Genearcas

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