El miedo de Mayra

Dedicado a Mariana Leiva Fernández, asesinada por su pareja.

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Macarena Barahona Riera.           

Mayra esa tarde no tuvo miedo. Tuvo miedo al primer golpe que el amor de su vida desgarro incontrolable, tuvo miedo al pánico que desde ese día en adelante habitó en su alma, su piel, su corazón, su casa, el aire, la ciudad.

Instalado el miedo y el amor, trato de comprender a su hombre porque siempre le juraba que la amaba más que a nada en la vida, lloraba como un niño. Imploraba de rodillas su maternal perdón. Y sus niños, y la vida sola, en este país e tan difícil… tan terrible…

Llegaron miles de palabras, puntapiés, de la boca que a veces besaba salieron miles de insultos, como una oscura caja del horror de una nueva Pandora que suplanto lo que un día fue…negra de mi vida, mamacita de mi alma…

Oculto a sus hijos cuanto pudo de la bestia.

Maquillo su rostro tantas veces, uso anteojos oscuros, blusas de manga larga, pantalones, miles de excusas invento; que se golpeó en la puerta, en las rejas de la ventana, que se tropezó, que se quemó, que su negro era buenísimo temblando, siempre temblando.

Su martirio era a oscuras solo con él, en el confesionario del horror.

Pero Mayra tuvo más miedo, muchísimo más.

Vivir, ser mama. Un día pudo abrir lentamente el parpado hinchado, vio a sus niños y se dijo: quiero vivir: ser mama, quererlos para siempre y tengo miedo, miedo de su mano que me mate y donde estarán mis hijos.

Salió del trabajo a mediodía caminando asustada; llego casi implorando el trozo de vida que le quedaba. “Si, negra que quiere? ¿Sintió el valor bailando por sus venas como una lenta salsa “Que quiere chiquita? Dijo el casi niño del Juzgado y Mayra con sus moretones en sus piernas, en sus brazos, en sus senos, en la espalda, su rostro ultimado tras el maquillaje le dijo:” Por favor, salió la palabra casi en susurro de su ya nada más, instinto de vivir. Por favor vengo a poner una denuncia. Si, negrita, pase por acá.

La acompañó a la larga mesa. Mayra pensó que tenía tanto miedo, tanto, que nadie la iba a salvar. Mayra vio el miedo desfilar en los papeles y los rostros de los funcionarios, en los rostros de los miedos de las otras mujeres. Vio su miedo agonizar en las aceras de las palabras de la justicia.

Mayra toco el cielo cuando pensó en sus niños y sintió la bala llenándola de muerte, tendida en la acera, implorando: “por favor, sálvenme”. Toco el cielo sola y el la abrazo por última vez. Abrazo solo el miedo de Mayra.

Publicado en versión anterior en La Nación -09/09/1999

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