El profeta

Mascarada parisina

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Una noche fuimos a la Cinémathèque, en donde proyectaban la película Casablanca y luego nos encaminamos a la bella Place de la Contrescarpe, en la que Sergio continuó evocando historias sobre la Villa de los Montes de los Lobos. Nos enterábamos, así, que la vida aletargada de aquel recóndito confín solo era perturbada muy intermitentemente por algún acontecimiento insólito que conmovía la existencia serena de toda aquella buena gente.

Sergio y sus amigos habían formado un pequeño grupo que se reunía frecuentemente para comentar temas de música, poesía, literatura o política. Laura, una encantadora muchacha, dulce, delicada, afectuosa y llena de alegría, se había convertido en el centro de aquel círculo y era en su casa en donde solían reunirse. La terraza o el salón se convertían en los escenarios de amenas disertaciones sobre las obras de Balzac, Chéjov, Tolstói o Dostoyevski y de silenciosas sesiones en las que se interpretaban solemnemente obras de Mozart, Beethoven, Schubert o Chopin.

Todos los jóvenes sentían una secreta adoración por Laura, por ser una criatura excepcional, y ella discretamente lograba disimular aquella íntima veneración. Pero el afortunado escogido fue Fabio, el más atractivo, simpático y brillante de aquel grupo de estudiantes. Aquella elección no suscitó ningún resentimiento entre los excluidos, quienes continuaron profesando el mismo aprecio por ambos. Sin embargo, el que más sufrió fue Sergio y eso constituyó uno de los motivos de su partida.

Uno de los temas que provocó un inusitado revuelo fue el despojo de las tierras que los campesinos habían ocupado desde tiempos remotos. Esto había sido causa, también, de vehementes debates en el Círculo Social, en donde los notables de la Villa de los Montes de los Lobos se enfrentaban acaloradamente en bandos opuestos. De un lado se encontraban dichos latifundistas y fervientes partidarios de aquella expropiación por considerarla legal, promotora del progreso y estímulo a la modernización. Alegaban que, además, la tierra y los bosques serían mejor utilizados con los métodos racionales de los terratenientes y de las empresas extranjeras que por los campesinos torpes e ignorantes.

En el bando contrario se atrincheraban quienes denunciaban que ese despojo constituía una injusta felonía contra las familias campesinas, quienes habían ocupado esas tierras en el valle a lo largo de múltiples generaciones que se perdían en la noche de los tiempos remotos. Alertaban, además, que aquella confiscación arrastraría, como una maldición, a una lucha social sin cuartel, anulando cualquier progreso, en detrimento de toda la comunidad.

No saben utilizar la tierra y la erosionan con sus métodos primitivos en cultivos de subsistencia. En cambio, los terratenientes y las empresas extranjeras aplicarán una elevada tecnología en cultivos de exportación, lo que producirá divisas y prosperidad.

Los campesinos cultivan lo que necesitan. Las tierras son legítimamente suyas, desde hace siglos, aunque no las hayan inscrito legalmente. Es injusto que se las confisquen. La modernización se resuelve brindándoles mercados, créditos y asistencia técnica.

Inglaterra inició su modernización, gracias a la apropiación de tierras comunales por los grandes terratenientes y así propiciaron la Revolución Industrial. El progreso no se puede detener por sentimentalismos blandos.

El progreso no puede avanzar por el siniestro sendero de la injusticia, ni sobre los escombros de los pueblos desposeídos. Lo que hicieron en Inglaterra fue tan inhumano que no debe imitarse.

Las leyes de la oferta y la demanda, esas venerables matronas de la economía clásica, son las diosas del mercado y del progreso. La única ley que la codicia y la ambición respetan es la ley de la gravedad.

Todas esas sandeces sobre el progreso son un pretexto para satisfacer la insaciable codicia de quienes ya poseen tierras de sobra y que, como el caballo de Atila, por donde pisan no vuelve a crecer la yerba.

La mejor manera de que crezca la yerba que pisa el caballo de Atila es aplicando los fertilizantes importados y los métodos modernos.

Quienes poseen tierras en exceso y en desuso deberían repartirlas, para evitar la revolución violenta que están provocando.

Las leyes están de nuestra parte y fueron redactadas con sabiduría.

La equidad debe prevalecer sobre el derecho. Se provocará odio, violencia y derramamiento de sangre en una comunidad que siempre ha vivido en paz y en armonía –replicaban los ciudadanos más prudentes…–.

Aquellas veladas, en las cuales las discusiones se eternizaban sin culminar en un consenso, también servían para mitigar el letargo de una existencia en la que los años y los siglos avanzan perezosamente con indolencia y lentitud.

Por esos días apareció –sin que nadie supiera de dónde procedía– un extraño y enigmático personaje. Se decía que era un sabio ermitaño quien había llevado una larga existencia de soledad, austeridad y meditación en los confines más recónditos de los Montes de los Lobos. Algunos lo llamaban El Profeta, debido a sus ojos negros y profundos, su mirada serena y su rostro radiante de bondad y sabiduría, su estatura colosal, su cuerpo robusto, su cabellera negra y su barba tupida.

Aquel misterioso personaje solía permanecer sumido en las más profundas reflexiones, como alguien que se aferra a un pasado con nostalgia o presiente dolorosas premoniciones que no se atreve a revelar. En los hogares humildes le invitaban a comer con solemne hospitalidad, porque inspiraba afecto y respeto por la bondad que irradiaba su rostro. Cuando caminaba por las viejas calles adoquinadas, apoyado en su bordón, la gente se apartaba para cederle el paso con una deferencia que envidiaban los más altos dignatarios.

Se le atribuía la posesión de enigmáticos poderes mentales, de facultades curativas y de aptitudes sibilinas que le permitían vaticinar mucho de lo que ocurriría. Cuando alguien se encontraba perturbado, su mirada fija y bondadosa surtía un efecto de tranquilizante euforia. Comentaban, además, que si alguien padecía de alguna misteriosa dolencia, solía curarlo colocando sus manos suavemente sobre el enfermo y le retribuían con una afectuosa veneración.

Pero algunos aducían que era un ser siniestro, porque se sentían afectados por el miedo que inspiran los seres que son diferentes y superiores, así como por una sensación de neofobia o desconfianza ante todo lo que es desconocido. Otros le temían porque no lograban soportar la intimidación que provocaba aquella mirada profunda que parecía penetrar en lo más íntimo de sus mentes y escudriñar los secretos inconfesables que se anidaban en los bajos fondos de sus almas. Por eso algunos lo llamaban Rasputín.

Con una mirada triste, parecía contemplar el horizonte del futuro y solía musitar frases enigmáticas: “¿Mi reino? Mi reino sí es de este mundo, porque es el único en donde los que sufren pueden recoger una migaja de felicidad, antes de retornar a la nada”. “Mi credo consiste en la conmiseración y la solidaridad”. “Mi templo es todo aquel hogar en donde exista bondad, sabiduría y dignidad”. “Mi altar se encuentra en todo corazón en donde hay bondad”. “Mi religión consiste en la bondad y la felicidad”. A veces, se lamentaba con tristeza: “¿cómo pueden los hombres lastimarse mutuamente?”. “¿Por qué el agua pura del amor no puede extinguir el fuego tan destructivo del miedo, el odio, la envidia y la guerra?”.

Todos estos comentarios provocaban reacciones diversas. Para algunos sus palabras sabias y proféticas confirmaban los rumores de que aquel misterioso personaje poseía poderes superiores, como el de aliviar a los afligidos y el de curar males ante los cuales la medicina se declaraba impotente. Hasta le atribuían el prodigioso don de la ubicuidad, la misteriosa facultad de la levitación, cuando se concentraba en profundas meditaciones, facultades sibilinas y otros poderes mentales insondables.

“¡Yo lo he visto curar a los leprosos, sanar a las poseídas y devolver la luz a los ciegos con sus manos milagrosas! ¡Yo he presenciado sus levitaciones! ¡Yo lo he visto caminando sobre las brasas con estos ojos que son míos!” –aseguraba con una fe de carbonero Antemio, más conocido como Abstemio, el alegre, simpático y bondadoso borrachito a quien ni El Profeta había logrado rescatar del cruel flagelo de la dipsomanía–. “¡Lo vi con estos ojos que se ha de devorar la tierra!” –repetía con profunda convicción–. “¡Lo juro por todas las cruces que hay en el mundo!”.

Pero el testimonio de Abstemio quedaba totalmente descalificado por los argumentos de los escépticos, quienes desvirtuaban su versión atribuyéndola a las perturbadoras alucinaciones y a los espejismos del perpetuo delírium trémens que se destilaba en el alambique de una mente atribulada por el aguardiente.

Para la mente pragmática y suspicaz del Comandante Altamirano, el enigmático personaje no era más que un agente subversivo, disfrazado de redentor, cuya misión siniestra formaba parte de una grave conspiración que tenía como propósito erosionar la legitimidad del orden político con prédicas anarquizantes. “¡Pamplinas de Pamplona!” –solía afirmar inquisitorialmente, regodeándose con esa expresión que él había acuñado–. Este era el atrabiliario jefe de la guarnición militar, un alma fría de sicario, a quien los bromistas en el Círculo Social habían bautizado, entre chirigotas y cuchufletas, con el apodo de ‘Tomandante Almatirano’.

“¡Ese siniestro impostor no es más que un jacobino, un carbonaro, un anarquista, un bolchevique!” –exclamaba– “¡Todas esas sandeces místicas no son más que tácticas diversivas para sembrar el germen de la subversión y la anarquía! ¡El único don de la levitación que ejecuta ese nihilista es la levitación de las masas! ¡La misión de este agitador consiste en provocar la ubicuidad del poder! ¡Las auténticas brasas que atiza, para caminar sobre ellas, son las que levantarán el fuego de la insurrección! ¡Pero todo redentor termina crucificado!”.

“Entre tantas versiones contradictorias, nadie sabía quién era aquel misterioso personaje” –nos aseguró Sergio, mientras nos levantábamos de nuestra mesa en el bistrot de la bella y vieja Place de la Contrescarpe–. Partimos preguntándonos si era un agente subversivo con la misión de engendrar la anarquía o uno de esos seres venerables que, por su exceso de filantropía, provocan el miedo y el odio, por lo que suelen terminar apurando la cicuta, inmolados en la hoguera o clavados en una cruz.

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

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