El progreso y las instituciones

Las sociedades no pueden ser arrojadas al abismo de un cambio irreflexivo, ni pueden permanecer sujetadas - como un Prometeo Encadenado - al inmovilismo del pasado en el que serían los muertos los que parcialmente nos gobiernan.

0

 

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Hace ya varios años escribí estas reflexiones sobre el Estado, sus objetivos y funcionalidad, hoy veo que existe gran preocupación a la luz del Siglo XXI por problemas recurrentes en el sector institucional. Como sociedad no hemos podido modernizar el aparato estatal y readecuarlo a las nuevas realidades, sin perder la esencia de la propia filosofía del Estado.

La democracia, el bien común, el desarrollo y el progreso tienen que ir de la mano, en balance armonioso y equitativo. Los esfuerzos y propuestas realizadas hasta hoy han sido muchos y por destacadas figuras nacionales. Esta ardua tarea no tiene fin, esperemos que las generaciones actuales y futuras encuentren el Norte que en esta materia el país requiere.

R.M.M.

«Los muertos nos gobiernan», decía un pensador francés a principios de siglo. Si el poder consiste en obtener obediencia y regular el comportamiento de los demás, por medio de la fuerza o la persuasión, ese criterio tiene validez.

Nuestras mentes están regidas, en parte, por ideas, valores, normas, tradiciones y prejuicios, cuyo origen se pierde en la oscura noche de los tiempos y que suelen ser obedecidos más ciegamente que cualquier disposición de un gobierno sustentado en la fuerza bruta.

Grandes sistemas doctrinarios, formulados por pensadores ya sepultados, hacen estremecer la tierra, siglos después de que el ángel del silencio les dio el eterno reposo. Lo mismo ocurre con esquemas constitucionales y sistemas institucionales que perduran inalterados e inmutables muchas generaciones después de haberse sacado la tinta con que fueron redactados, dando origen a una especie de poder póstumo.

Las condiciones de la vida moderna, por otra parte, cambian vertiginosamente. Es lo que se ha denominado ‘la aceleración de la historia’. El proceso de transformación, que antes tomara milenios, luego siglos, ha aumentado su ritmo modificador e irrumpe atropelladamente en el sedimento de una tradición depositada lentamente por los perezosos siglos del pasado.

Por ese motivo, toda ecuación institucional debe ser sometida a un ajuste y a una adaptación, de acuerdo a los imperativos de cada época y de cada generación. De no producirse ese ‘aggiornamento’ que sacuda su anquilosamiento, se tornan caducas, obsoletas y se convierten en un peso muerto que, como una rémora, obstruye el paso del progreso.

Pero, si bien un sistema institucional no puede petrificarse, el proceso de modernización debe realizarse sabiamente, apelando a la experiencia y al espíritu de madurez ya que, el cambio por el cambio mismo, en aras de no dejar piedra sobre piedra, la transformación ‘per se’, no es garantía de superación y de progreso. ‘Si queremos que todo siga como está’ – decía un personaje en ‘El gatopardo’ de Lampedusa -‘es preciso que todo cambie’.

Si la premisa que se ha expuesto tiene validez, consideramos oportuna la instauración de un órgano que, a manera de institución senatorial, integre la experiencia, la sabiduría y la capacidad, el cual estaría llamado a ejercer una magistratura política superior, por encima del activismo político y de los intereses particulares.

Posiblemente los más llamados a integrar prioritariamente ese cuerpo – cuyo paralelo más cercano sería el Consejo del Areópago – serían aquellas personas que han ejercido la presidencia de los supremos poderes y que constituyen, sin duda, una reserva de materia gris parcialmente desaprovechada y un arsenal de capacidad y de experiencia que la sociedad puede utilizar en forma muy positiva.

En primer lugar se le puede señalar como función la de redactar un proyecto de constitución y la de sugerir reformas constitucionales, lo que a su vez implicaría una revisión del sistema institucional y una reestructuración del aparato estatal.

En segundo lugar, se le podría asignar la iniciativa en materia legislativa, así como el estudio y consideración de aquellas leyes que emanen de los otros poderes, pero sin la prerrogativa de modificarlas ni vetarlas. De esta forma, tendría las atribuciones de un órgano de reflexión, de consulta y de recapacitación que sirva de orientador y guía, sin entorpecer el funcionamiento de los otros poderes supremos y con las funciones de un órgano consultivo y generador de iniciativa e innovaciones, similar a la Cámara Alta en el sistema británico.

Cada segundo hiere y el último mata, dice un viejo adagio y el cronómetro de nuestra época marca un paso más acelerado a nuestras vidas, así como a nuestras instituciones y las transformaciones que nos impone deben ser aceptadas, pero sabiamente asimiladas. Las sociedades no pueden ser arrojadas al abismo de un cambio irreflexivo, ni pueden permanecer sujetadas – como un Prometeo Encadenado – al inmovilismo del pasado en el que serían los muertos los que parcialmente nos gobiernan.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 20/02/1981

Del mismo autor le podría interesar:

 

 

 

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...