El reto de la adversidad

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Cuando la Primera Guerra Mundial estaba en su apo­geo, recogiendo una abundante cosecha de muerte y destrucción, el Estado Mayor francés recibió un lacónico telegrama del mariscal Foch desde el frente de batalla, replegado ya a las orillas de La Marne: «Mi centro cede, mi flanco derecho retrocede, situación excelente, ataco».

Hay seres humanos que no se dejan vencer por la ad­versidad sino que, por el contrario, recobran fuerzas y reaccionan valiente y audazmente ante el reto que les impo­ne el infortunio; ese temple de osadía y tenacidad frente a la desgracia o el desastre lo encontramos en Bolívar cuan­do, entre los escombros de su Caracas destruida por el terremoto de 1812, exclama desafiante: «¡Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y venceremos!…» y el venerable libertador venció.

Este tipo de actitud puede ser colectiva y una nación entera puede adoptar un comportamiento de esta natura­leza; Numancia resistió el cruel sitio de los romanos y su última opción fue el suicidio; Cartago se recobró pronta­mente de dos derrotas hasta sucumbir arrasada en la Tercera Guerra Púnica; Inglaterra y la Unión Soviética resis­tieron con obstinado heroísmo en el segundo conflicto mundial y los vencidos de entonces, Japón y Alemania, encabezan el desarrollo tecnológico de nuestros días.

Este fenómeno de superación colectiva, que se desta­ca en el «Desafío Mundial» de Servan-Schreiber, es lo que Arnold Toynbee denominó «las virtudes de la adversi­dad» que, según su teoría, ha sido el acicate que le dio vi­da y origen a las grandes civilizaciones primarias; condi­ciones inhóspitas y situaciones hostiles se convirtieron en el “estímulo de la penalidad” que desarrollaron las facultades potenciales, la capacidad mental y el sentido de creatividad del ser humano.

Nuestro país atraviesa por momentos muy difíciles, cuyos presagios se venían anunciando desde hace una década, provocados por la crisis del petróleo y por el deterioro de los términos del intercambio y agravados por el proceso de inflación desencadenado por las administraciones de los últimos diez años.

Este “tour de force” constituye un reto que debe ser afrontado, tanto individual como colectivamente, con un espíritu de lucha y de superación casi heroico antes que sucumbir en el avestrucismo, la parálisis y el inmovilismo que son propios del derrotismo pesimista y fatalista.

Dichosamente contamos con los recursos fundamentales para afrontar ese desafío: una fuerza laboral productiva y tenaz, una clase empresarial dinámica y eficiente, una legión de cuadros técnicos, de peritos, de expertos y de profesionales de un nivel muy elevado y una nación que conserva intacto todo un arsenal de valores éticos, espirituales e intelectuales que constituyen lo más valioso de su patrimonio.

Lo que hace falta es la movilización sabia y adecuada de esos recursos extraordinarios, para obtener un esfuerzo más racional y convergente; es necesario realizar la orientación, la coordinación y el impulso de todos esos factores tan positivos hacia las metas que impone ese reto.

En una sociedad pluralista, cada sector tiende a actuar de acuerdo a sus objetivos propios, quedando la acción global dispersa en un esfuerzo fragmentado que, a menudo, se contrarresta y se neutraliza; el Estado, que es la estructura de poder rectora de los destinos del país, no puede por sí sólo emprender una gestión de esta naturaleza.

Considero que para lograr la fusión de esfuerzos que exige una crisis que cada día nos va asumiendo más en sus arenas movedizas, debe construirse un organismo con carácter supraestatal que integre no sólo a la más alta jerarquía gubernamental, sino también las organizaciones más destacadas del sector productivo, a los elementos más destacados del ámbito profesional y a los dirigentes más representativos de la fuerza laboral y en el que el Estado actúe como una especie de “primus inter pares”, con la facultad de desplegar su enorme maquinaria y poderío.

Un consejo integrado de política económica, asesorado por un “brain trust” de especialistas con carácter interdisciplinario, es sólo capaz de elaborar una estrategia, y un plan de acción global que comprometa y movilice a todas las fuerzas del país, teniendo como meta prever y encarar las dificultades que nos puede deparar la agravación de la situación actual.

Es preciso salir del letargo y del avestrucismo en que tiende a sumirse un país ante una crisis que, por el contrario, exige la iniciativa de una cruzada y la voluntad de una gesta heroica; la situación es crítica pero tal vez no es aún trágica y nuestro pueblo tiene una reserva de estoicismo y de lealtad hacia la patria plenamente disponible y que sólo espera ser sabiamente motivada y orientada.

Después de todo, pensemos que sólo el centro cede y un flanco retrocede, todavía hay tiempo y fuerzas para actuar; la situación, sin duda, es excelente para atacar.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

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