El suicidio de la especie humana

Desafortunadamente, el hombre es el único ser capaz de multiplicar sus necesidades al infinito y el sistema productivo ha sido concebido, para multiplicarlas sin cesar, por lo que ahora se ha escogido alegre y ciegamente la opción hedonista del corto plazo

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Antes que comenzáramos a hablar de cambio climático, la preocupación por los efectos en el ambiente causados por el hombre y la sociedad en su conjunto, por sobre toda frontera imaginable, ya comenzaban a causar preocupación en académicos y círculos políticos.

Hoy, ante una realidad mucho más cruel que la que nos hubiéramos podido imaginar y ante la displicencia de gobernantes como Donald Trump, nos aterroriza el mañana que dejaremos a las generaciones venideras y personalmente a mi, a todos los costarricenses que aún no han nacido y que tal vez nunca puedan disfrutar la naturaleza en la cual viví y crecí de niño. Por ello, comparto este artículo de años atrás, pero releyéndolo pareciera que lo escribí hoy por la mañana.

R.M.M.

La reunión de la Cumbre de la Tierra ha tenido el mérito de lanzar una vehemente campanada de alarma a toda la humanidad sobre el peligro de su futura extinción, pero sus resultados fueron tan ambiguos y limitados, que nos recuerda a aquel irlandés que proclamó con indignación: “¿Por qué me voy a sacrificar por la posteridad, si ésta no ha hecho nada por mí?”

Todo comenzó hace apenas unos 15.000.000.000 de años, cuando, mediante un súbito, violento y gigantesco estallido –el Big Bang, o el modelo de la inflación, según la versión actual– de un diminuto “huevo cósmico” en el que estaba concentrada y comprimida en una elevada temperatura y densidad toda la energía y la materia existente en el espacio. En el vasto, oscuro e inconmesurable infinito de la eternidad y de la nada, surgió súbitamente el universo, formado inicialmente por una “sopa cósmica”, de la cual se formaron las primeras estructuras cósmicas, lo que han confirmado jubilosa y plenamente los científicos, muy recientemente. Los instrumentos han podido detectar apenas unos 100.000.000.000 de galaxias que se alejan vertiginosamente unas de otras, la mayoría de las cuales están formadas, a su vez, por billones de estrellas, algunas por un trillón de astros y posiblemente una de ellas por 100 trillones de sistemas planetarios como el nuestro, lo que nos demuestra lo afortunados e insignificantes que somos en la inconmesurable eternidad del tiempo y de un universo infinito.

Nuestro planeta, que pertenece a una segunda generación de astros, y que cumple la tierna edad de sólo 4.600.000.000 primaveras, tiene asegurada una longevidad equivalente al doble de esa duración, por lo que las especies que lo habitan podrían disfrutar su hospitalidad por diez billones de años. Pero una de ellas, que arrogantemente se ha autodenominado el “homo sapiens” y “el rey de la creación”, se ha convertido en su depredador y está haciendo todo a su alcance para destruir alegremente esa tenue y delgada envoltura o “película de vida” -que representa apenas una 1.000 millonésima parte de la masa total del planeta- la cual nos brinda todo lo necesario para sobrevivir, por lo que deberíamos cuidarla con la veneración que las antiguas civilizaciones le ofrendaron a la naturaleza, adorando al dios del sol, del fuego, del océano o de la madre tierra.

Nos afirma la ciencia, que la vida apareció mediante un proceso lento de generación espontánea, en una atmósfera de hidrógeno, metano, amoníaco y vapor, hace apenas unos 3.500 millones de años, en la forma de células vivientes que, mediante el largo proceso de evolución, se diversificaron y proliferaron en todas las especies que cohabitan con nosotros el planeta. Si redujéramos todo el proceso de la vida en un calendario anual, los organismos multicelulares aparecen en abril, los primeros peces vertebrados en mayo, los anfibios en agosto, los reptiles en setiembre, los dinosaurios en octubre, los mamíferos en noviembre, los primates en diciembre y no es sino al mediodía del 31 de diciembre que nace los seres humanos. Una hora antes de medianoche, estos fabrican los instrumentos de piedras: quince minutos antes, comienzan a practicar la agricultura; faltando un minuto aparecen las primeras civilizaciones y dos segundos antes de repicar las alegres campanadas de año nuevo, surge la gran civilización tecnológica, pletórica de optimismo, de arrogancia y de progreso, que se inició hace apenas un siglo y medio.

Este advenedizo de última hora, como el Invitado de Piedra, ha sido favorecido por los accidentes de la misma evolución, de la naturaleza y del universo. Hace 65 millones de años, por un cataclismo que aún se investiga, desapareció una enorme mayoría de especies, entre ellas los enormes, monstruosos y voraces dinosaurios, que imperaban como la especie dominante. Eso le permitió a los mamíferos proliferar, permitiendo el advenimiento de nuestros débiles e indefensos antepasados. De igual forma, por causas similares, hace unos veinte millones de años, el planeta se enfrió y estos tuvieron que descender de los árboles para refugiarse en las cálidas sabanas, adoptando así la posición erecta, la visión binocular, el voluminoso cerebro, la agilidad, la destreza y el espíritu de cooperación que heredamos genéticamente, lo que sirvió para crear la prodigiosa civilización que hoy disfrutamos.

Sin embargo, el progreso ha sido un instrumento de doble filo, y tiene dos caras, como el dios Jano, progenitor de la civilización de Roma. Antes de la prodigiosa Revolución Industrial, en el siglo XIX, las fuentes de energía eran inanimadas y recurrentes, pues se extraía de la fuerza muscular de esclavos, de siervos y de semovientes, así como del agua y de viento que movían a los molinos, a los que arremetía el loco de don Quijote. Con la máquina de vapor y el motor de explosión se inicia la utilización de la energía inanimada y no recurrente o agotable, un capital atesorado –luz del sol almacenada- en las entrañas del planeta que se derrocha vertiginosamente, al igual que las riquezas minerales, todo lo cual se agotará en el breve lapso de unas pocas generaciones o de un par de siglos.

El inconmensurable daño provocado por la voracidad insensata de nuestra civilización –el agotamiento de los recursos, el envenenamiento del medio ambiente, la esterilización de la tierra, la deforestación, la destrucción de la capa de ozono, la contaminación del aire y de los mares, así como la devastación de la guerra, acelerado por la apoteosis demencial de un consumismo frenético, en el que apenas un 6% de la humanidad acapara un tercio de la energía mundial– se agrava con la explosión demográfica de dimensiones dantescas.

Hace 8.000 años la población mundial era de unos diez millones de habitantes; en tiempos de César y Jesús pasó a unos ciento cincuenta millones; hace años alcanzó 1.600 millones y a partir de 1970 crece a un ritmo anual de 70 millones, con lo que se dobla la población cada 35 años.

Conforme a esa tasa de crecimiento, se estima que dentro de una generación llegará a 8.000 millones y en la siguiente a 16.000 millones de habitantes. Para el año 2750, la población se multiplicaría por 100.000 y la masa humana, de unas 600.000 millones, abarcará toda la vida del planeta, por lo que sólo podría recurrir al canibalismo y apenas alcanzaría espacio para permanecer de pie. Si se continúa extrapolando, en una hipótesis exponencial, se estima que en el año 7000 la masa de la humanidad, sería igual a la de todo el universo y el ímpetu de su expansión alcanzaría la velocidad de la luz.

Todos somos responsables de que la civilización actual no sea más que un débil y efímero destello en el inconmesurable proceso cósmico y biológico, así como  de olvidar que nuestro generoso planeta le hubiera brindado una calurosa hospitalidad al género humano por una duración de 10.000 millones de años en el futuro, con la única condición de que supiera respetar y administrar sus recursos con sensatez y sabiduría.

Desafortunadamente, el hombre es el único ser capaz de multiplicar sus necesidades al infinito y el sistema productivo ha sido concebido, para multiplicarlas sin cesar, por lo que ahora se ha escogido alegre y ciegamente la opción hedonista del corto plazo, condenando a las futuras generaciones a un caos apocalíptico y exclamando con prepotencia, como el irlandés: “¿Por qué nos vamos a sacrificar por la posteridad, si ésta no ha hecho nunca nada por nosotros?”.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 20/06/1992

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