El “Trump de las Pampas”: Argentina suma un riesgo más

Las perspectivas son inciertas aun para las elecciones del 22 de octubre. Entre las amenazas a la democracia y el riesgo económico, la oferta populista de Milei ha traído un horizonte sombrío para lo que debería ser un año festivo, aquel en que Argentina celebra cuarenta años de democracia.

Mariana Llanos y Eduardo Ryo Tamaki / Latinomérica21

Los contextos de crisis son campo fértil para candidatos antisistema. El pasado 13 de agosto en Argentina, con motivo de las primarias obligatorias (PASO), Javier Milei, un candidato populista de extrema derecha, salió primero con 30% de los votos, dejando en segundo lugar a la coalición opositora Juntos por el Cambio, y en tercero, a la del gobierno. En un contexto de inflación galopante, brecha cambiaria y aumento de la pobreza, los 7 millones que apoyaron a Milei expresaron ante todo la frustración y el enojo con la oferta política tradicional frente a la situación económica que obviamente el gobierno en curso, pero también su antecesor, no fueron capaces de resolver. Para enfrentarse a lo que define como “populismo kirchnerista” o “zurderío”, Milei propone un programa económico liberal en las antípodas, basado en el estado mínimo y el déficit cero, pretendiendo que la “casta política” es la que pagará el costo del cambio, y no la gente. Su propuesta es bastante populista.

De hecho, Milei ha demostrado hasta ahora ser un ejemplo clásico de populismo. Consideremos que el populismo no tiene que ver con políticas económicas, aunque tradicionalmente se le asocia con gobiernos fiscalmente irresponsables. Para los nuevos enfoques, el populismo se define mejor como una ideología, aunque débil o incompleta, como un conjunto de ideas vagamente articuladas sobre el mundo y la política que se expresan y sostienen a través de discursos. Se trata de un mundo de blanco y negro que combina una noción de un “nosotros” o “pueblo” moralmente bueno y homogéneo frente a un “ellos”, una “élite” malévola, corrupta y egocéntrica que se ha aprovechado del “pueblo”, usurpando su “poder” para perseguir sus intereses. El populista busca movilizar a la población para enfrentar a las élites (económicas, científicas, políticas o incluso transnacionales) mientras promete devolver el poder al pueblo.

Milei es todo eso, tiene 1.400.000 seguidores en Tik Tok, a quienes captura con su narrativa de “nosotros” contra “ellos”, los ladrones que saquearon el sistema y son, consecuentemente, responsables de los 40 años de fracasos en Argentina. Si se hace con el gobierno, promete erradicar los privilegios de los políticos y poner fin a la casta política parasitaria, corrupta e inútil. Sólo entonces el pueblo argentino podrá ser libre, sólo entonces los argentinos podrán ser los arquitectos de su propio destino.

Milei no es un fenómeno nuevo ni aislado. El “Trump de las Pampas” equivaldría al “Trump de los trópicos“, como se llamara repetidamente a Bolsonaro. Y de hecho estos tres líderes comparten muchas similitudes: Milei también lucha en una cruzada moral contra los valores progresistas y liberales que, a su entender, buscan subvertir y destruir el concepto de familia, y en este sentido, comparte la agenda anti-comunismo/socialismo de Bolsonaro. Exhibiendo su negacionismo, Milei afirma que el cambio climático es una mentira socialista y cree que la educación sexual es una agenda post-marxista que tiene como objetivo exterminar la población. Y más aún. Siguiendo los pasos de Trump y Bolsonaro, Milei también prometió trasladar la Embajada de Argentina en Israel a Jerusalén. Dentro de América Latina, Milei es una expresión más del giro a la derecha que dio origen a populistas como Rodolfo Hernández en Colombia, Keiko Fujimori en Perú y Nayib Bukele en El Salvador, entre otros.

¿Por qué debería preocuparnos un Milei presidente?

A una semana de las PASO se registraron saqueos y vandalismo en distintos puntos del país, una historia conocida en Argentina. Si la situación económica no mejorara, y la social empeorara, Milei presidente no es un escenario improbable. Ahí vemos otro problema, que va más allá de la ideología: el populista, también outsider o rebelde, que vendría a aportar “aire fresco” a la política, no tiene estructura política propia, y también es hostil a la cooperación, las coaliciones y concesiones.

Para ilustrar, quizás vale contrastar con un caso del pasado argentino reciente, el de Carlos Menem, presidente entre 1989 y 1999, quién llegó al poder prometiendo salariazo y revolución productiva, para abrazar el neoliberalismo luego de la elección. Milei no sólo afirma que el primer gobierno de Menem fue el mejor de la historia, sino haber sido bendecido alguna vez por el expresidente como su sucesor. Más allá de agendas similares de control de la inflación (en el primero, la convertibilidad; para Milei, la dolarización) y de reducción del estado, Menem se destacó por haber implementado la política de privatizaciones de mayor envergadura en la región. Se escenificó como la opción outsider para llegar al poder, cuando en realidad era el líder legítimo del tradicional y mayoritario Partido Justicialista, que no sólo consiguió la presidencia sino también mayorías amplias en ambas cámaras legislativas, las que le concedieron dos leyes fundamentales de delegación legislativa en 1989 y muchas más a lo largo de su primer mandato.

No se gobierna en democracia sólo con la opinión pública. Para aprobar reformas importantes como las privatizaciones o cerrar el banco central, se necesita apoyo institucional. Los apoyos de Milei presidente serán magros en el Congreso y le será inevitable componer con “la casta”. Vemos dos posibilidades aquí. La primera, al estilo Bolsonaro, quien llegó a la presidencia con notable minoría parlamentaria, pero con promesas grandilocuentes de deshacerse de la ‘vieja política’ y no ‘hacer política’ con el establishment corrupto y, una vez en el poder, agobiado por su mal manejo de la pandemia y cientos de pedidos de juicio político, acabó pactando con el centrão, es decir, repartiendo ministerios y recursos a este grupo de partidos oportunistas. Recordemos que Bolsonaro dejó el poder con un alto costo para la democracia, cuestionando las instituciones electorales y, como Trump, con un asalto a los tres poderes el 8 de enero en Brasília.

La otra alternativa es conocida para Argentina. A un presidente radical o intransigente, se le enfrentará el congreso y habrá choque de poderes. En un contexto de crisis, la calle se agitará aún más y tendremos otra presidencia interrumpida. Las perspectivas son inciertas aun para las elecciones del 22 de octubre. Entre las amenazas a la democracia y el riesgo económico, la oferta populista de Milei ha traído un horizonte sombrío para lo que debería ser un año festivo, aquel en que Argentina celebra cuarenta años de democracia.

Mariana Llanos es Investigadora principal, German Institute for Global and Area Studies (GIGA). Eduardo Ryo Tamaki  es Investigador, German Institute for Global and Area Studies (GIGA) y miembro de Team Populism.
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