Arturo Garro.

Desde que surgió la humanidad, el hecho de pertenecer a un grupo de seres humanos, ya se nos dió una escala de valores a respetar. Es lo que nos permitía pertenecer al clan, en el que se nos acogía y cuidaba, siempre y cuando respetáramos lineamientos y valores que todos compartíamos. Es el “Pacto Social” o “Contrato Social” expuesto desde las épocas de Platón en su obra “La República”, y que otros autores han desarrollado, tales como Thomas Hobbes, John Locke y Rosseau

Todos tenemos un esquema de valores definido. Ese esquema lo podemos identificar con ciertos grupos o lo podemos aceptar de ciertas personas a quienes consideramos iluminados, profetas o redentores. La humanidad, globalmente, tiene una escala de valores, nuestro país tiene otras escalas y dentro de la sociedad, grupos específicos tienen otras. Son lo que ahora llaman las “tribus urbanas” o subculturas como las llamaba el psicólogo David Riesman. Entonces podemos tener afinidad con grupos ecologistas, católicos, amantes de mascotas, neopentecostales, los lectores de un medio de comunicación o los veganos. De hecho nuestras tribus pueden surgir de la unión o intersección de una o varios de esas tribus urbanas o subculturas.

El hecho de identificarse con esas tribus conlleva reglas y valores que nos dan ciertos criterios bajo los que actuamos en nuestra vida. Al ser estos grupos o subconjuntos parte de nuestra sociedad, también están insertos en la política.

Si bien es cierto se supone que algunos de estos valores no deberían de mezclarse en política, la realidad es que no pueden ser ajenos. Aunque se supone que el Estado debería de ser lo más “neutral” posible para que pueda acoger a la mayor cantidad de tribus y subconjuntos posibles, lo cierto es que el Gobierno está compuesto por personas que favorecerán a una tribu por encima de otra, excluyendo los subconjuntos a los que no son afines.

Dicho esto, es perfectamente razonable que una persona vote por aquello que sienta que lo representa en su fuero interno. No podemos descalificar un voto simplemente por el hecho de favorecer un esquema de valores distinto al mío.

Los “votos razonados” o “votos razonables” que van en contra de los “votos irracionales” son precisamente una cara de la misma moneda, en el sentido que estamos midiendo los votos con nuestra escala de valores, despojando de toda validez las conclusiones a las que llegó una persona para escoger a su candidato, que representa otros valores.

Así las cosas, y ante la disyuntiva electoral actual, tenemos que aceptar que los votos en esta segunda ronda tienen un enorme componente emocional, más que de un razonamiento que podríamos considerar puramente lógico, esto porque nuestro cerebro siempre responde a los estímulos y a las recompensas. Como lo expone Pedro Bermejo en su libro “Quiero tu voto. Cómo nos manipulan los políticos”, votar por alguno de los candidatos nos dará una recompensa al tener mayor aceptación en nuestra tribu social y votar por otro, nos traerá un castigo al pertenecer a esa tribu. Y para sacar esas conclusiones, la parte de la corteza prefrontal, que se dedica a tomar las decisiones racionales, es totalmente bloqueada.

Entonces se vienen las decisiones por miedo. Miedo a perder un puesto en la sociedad al ser rechazados por pertenecer a determinada tribu. El miedo genera sensaciones de peligro, que se activan por medio de las amígdalas cerebrales. Estas amígdalas precisamente bloquean aún más la corteza prefrontal —encargada de las decisiones racionales—, porque ante una sensación de peligro o miedo, no se debe actuar racionalmente, sino que se debe huir o evitar la situación que nos pone en peligro. Y para complicar más la cosa, estas señales de peligro cambian de un sexo al otro.

La testosterona puede hacer que las reacciones ante el peligro o el miedo sean más agresivas. Cuando a una persona se le pide que “lea” o que tenga un “voto informado” y su decisión ha sido basada en la emoción, entonces eso hará que reaccione de manera más agresiva, bloqueando su corteza prefrontal, reforzando su posición porque se activan las áreas de peligro. Formará una barrera ante eso, para protegerse del “peligro” que representa una opinión opuesta a la suya. Eso significa que ante los ataques de ambos bandos, ambas posiciones se van separando y radicalizando cada vez más.

Entonces ¿cómo lograr que una opinión basada en emociones cambie? Ciertamente no será dándole más información o datos, porque estos serán borrados, anulados y rechazados. Para lograr un cambio de opinión, basados en la premisa de que la decisión es emocional, primero hay que conectarse emocionalmente, dejando en claro que uno no es un peligro y luego exponer la información siempre desde un contexto emocional. Es lo que María Gracia Becerra Guillén llama “Heurística de la simpatía” en sus apuntes de “El Voto Emocional” del Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Exponer las ideas de manera empática es algo complicado y es necesario un buen manejo del lenguaje. No se pueden hacer silogismos absolutamente lógicos y perfectamente justificados, sino que los discursos tienen que ser estructurados apelando a las razones del corazón, dejando en claro que la aceptación de los grupos tribales es un requisito indispensable para ser aceptados y que las tribus están dispuestas a abrir los caminos necesarios para que unos u otros sean aceptados sin temor a represalias. Es tender el puente emocional para la aceptación y la unión.

El candidato que logre conectarse emocionalmente con la masa de votantes, es el que logrará ganar estas elecciones y, desgraciadamente en este momento, no será un tema de planes de gobierno, ni equipos de trabajo, porque las tribus urbanas de los votantes han llevado a esta campaña a niveles viscerales más que a procesos cerebrales prefrontales.