Elizabeth Jiménez: Con el ir y venir de los objetos

Ante un escenario tan abrumador notamos que lo esencial quedó en evidencia. Los trabajadores que en su función y prestación de servicios básicos elevaron el rol que los acuerpaba readecuando su estatus invisible al de héroes y heroínas visibles

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Las butacas de los teatros quedaron imbuidas en una suerte de desasosiego. Quedaron los objetos sin entender la inacción de luces sin fuerza en el ir y venir de sus espectadores. Sin  puestas en escena agonizaron los espectadores. Los artistas en el mundo tuvieron que recluirse. Los medios virtuales se convirtieron en la fuente de conexión y de entretenimiento. ¡La gran paradoja! Finalmente se entendió el valor de la herramienta virtual, la conectividad como complemento  y no como sustituto de la proximidad de un abrazo.

Los estadios dejaron paralizadas sus butacas. Nuevamente un silencio raro resonó en esos espacios diseñados para albergarnos de forma masiva y repentinamente el vacío se convirtió en la norma.

Los bares acostumbrados a recibir en sus sillas de madera y metal las gargantas sedientas vieron a la enemiga de capucha, la clausura, instaurando cortinas de hierro que  dejaron en reposo las botellas y las “bocas”.

La parálisis del entretenimiento dejó fuentes de ingreso sin ingreso y a muchas familias preocupadas y desocupadas.

Las sillas en las escuelas quedaron sin estudiantes. Las bibliotecas apagaron las luces y no hubo ojo ni mano que se encargara de trasladar textos de un lugar a otro, muchas historias sin ser leídas. Los objetos impávidos observaron en medio de una pandemia, el cese involuntario de la locura, ¿vaivén humano?. Obligados por las circunstancias los objetos nos dejaron y con disimulo quedaron instalados en la trastienda todos los quejidos y las angustias de una orden sanitaria que nos hizo partícipes de nuestra realidad inmediata. Las fuentes de catarsis cerradas y el pueblo encerrado sin el ir y venir del día a día.  Ante un escenario tan abrumador notamos que lo esencial quedó en evidencia. Los trabajadores que en su función y prestación de servicios básicos elevaron el rol que los acuerpaba readecuando su estatus invisible al de héroes y heroínas visibles. El mundo entero se conmovió ante el despliegue de humanidad en donde un puñado de personas demostraron con actos concretos, el sentido de la solidaridad humana inherente, la obligación de dar para sentir ese escalofrío de empatía ante el dolor y el peligro. Una cuestión práctica de la condición humana que revierte su propia fuente de horrores y errores en medio de la incertidumbre compleja y desafiante de un virus que asecha y detiene.

Abundan diseños y colores en las mascarillas. Los panaderos, carniceros, repartidores, mensajeros, verduleros, los cuidadores, los médicos, las enfermeras siguen desplegando sus alas para hacer el milagro del día a día. El encierro de algunos que todavía no se permiten la catarsis. Tenemos el consuelo un teatro virtual que nos hable de la ficción del entretenimiento que ya se venía desplegando, muchos preferían quedarse en su casa aplanados viendo series de Netflix mientras el sol se asomaba por la ventana y una voz que nacía en algún balcón tocaba algo música, algo de esperanza.

 


Elizabeth Jiménez Núñez.
De profesión abogada también es escritora. Egresada de la Maestría de Derecho Público en la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una especialidad en Derecho Notarial y Registral. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de Costa Rica. Cursó talleres de escritura creativa en el Centro de Literatura Carmen Naranjo.
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