Elizabeth Jiménez Núñez: El cobertizo helado (Incluye podcast)

¡Vaya condiciones! En verano, el proceso resultaba más fácil, Marie podía realizarlo fuera del cobertizo, el viento lograba llevarse el intenso humo generado por el proceso, en cambio en el crudo invierno, los Curie, aspiraban el humo tóxico de la separación de los residuos y de su proceso de purificación, la lluvia impedía que el humo se disipara, por lo cual  trabajaban con las puertas y las ventanas abiertas, en el límite del frío que un ser humano puede soportar.

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Elizabeth Jiménez Núñez.

Hay filmes cinematográficos que sacuden, Madame Curie, cuya dirección estuvo a cargo de Marjane Satrapi, bajo el guion de Jack Thorne, se convirtió en un destello metafísico cuya noción de los hechos históricos rebasaron la representación como método de conquista —y en mi caso particular—, películas así logran que me mueva en diferentes planos de cuestionamiento y de gratitud.

Durante el tiempo que duró, estuve atada a sentimientos encontrados, ya estaba por caer la noche y una vez que se produjo la última escena, le di la orden a mi cerebro de apagar la luz y después el televisor. Se provocó en mi cabeza una transformación no deseada: la melatonina se convirtió rápidamente en adrenalina.

Días más tarde, soñé varias veces con la misma escena, me levantaba agitada y con una sensación otra vez extraña. Quise levantarme de madrugada sin hacer ruido, sigilosa, mientras los míos dormían. Quizá lo único que necesitaba era pintar el laboratorio donde Marie trabajó en días de lluvia. Dibujar los deshechos separados de pechblenda, trazar a lápiz cómo las manos de Curie, lavaban los deshechos, eliminaba las impurezas visibles, hasta machacarlos, disolverlos, filtrarlos y purificarlos, para luego volver a repetir el proceso, una y otra vez.

Imaginé entonces, «el cobertizo helado», esa mezcla de establo y sótano para almacenar papas, con vidrios rotos, ventanas húmedas, goteras en el techo sin ventilación, sitio sagrado de experimentación done Marie junto a su esposo lograron a través de este proceso entender que los residuos que generaban eran más radioactivos que la pechblenda inicial. Su radioactividad era cuatro veces más intensa que la del contenido del Uranio.

¡Vaya condiciones! En verano, el proceso resultaba más fácil, Marie podía realizarlo fuera del cobertizo, el viento lograba llevarse el intenso humo generado por el proceso, en cambio en el crudo invierno, los Curie, aspiraban el humo tóxico de la separación de los residuos y de su proceso de purificación, la lluvia impedía que el humo se disipara, por lo cual  trabajaban con las puertas y las ventanas abiertas, en el límite del frío que un ser humano puede soportar.

Qué impactantes las líneas de contraste, esas dos estaciones cuyas circunstancias no detuvieron el objetivo de esta mujer dedicada a la ciencia. No es extraño dar un vistazo al contexto político de su natal Polonia, para entender cómo la lucha activa de hombres y mujeres contra el el invasor ruso, desarrollarían el carácter que solo una mujer bajo esa participación activa, bajo esa inspiración de esas conductas patrióticas, podría entonces despertar esa necesidad de arrancar el ligamen tan estrecho que la ataba a sus raíces, para lograr el acceso a la enseñanza superior que no estaba garantizada, ni legitimada en el lugar que la vio crecer.

Pierre Curie quien fuera pieza clave, se perfila, —al menos— en la película como un compañero leal, según algunos trabajos relacionados con la vida de la pareja de científicos, habían llegado a un acuerdo: Marie se encargaría del trabajo duro de separar los elementos radioactivos como corresponde al trabajo de un químico, y Pierre como físico se ocuparía de estudiar las propiedades de los materiales aislados.

Muere su compañero de vida, Pierre, de manera trágica y Curie se ve envuelta en mi cabeza, en un mar de dudas que me atravesaron después de estudiar algo de su paso por este mundo. Pensé en «la fortuna», en qué habría pensado ella sobre ese particular.

Recordé entonces a Voltaire cuando dijo: «La casualidad no es, ni puede ser, más que una causa ignorada de un efecto desconocido», la suma de todas las causas. Y aunque Marie Curie desconociera algunas, a partir de ahí, la realidad, esa realidad que solo la fuerza del carácter, o el carácter de la fuerza se consiguiera a pesar de aquel «cobertizo helado» donde el frío no mermó ni altero sus nervios, ni los de su marido, en esa Francia donde algunos se plantearon una duda razonable: «¿Cuánto mas hubiera logrado Marie Curie con el apoyo del Estado Francés?», pero parece que no tuvo mayor importancia el condicionamiento recrudecido por una expectativa rota, el Estado francés con o sin recursos, con o sin intención de haber apoyado más o menos a mujeres dentro de la ciencia, no representó mayor cosa, fue ese cobertizo, ese laboratorio húmedo e improvisado, ese espacio de creación en medio de las adversidades y por encima de ellas el que dio a la ciencia un aporta sin precedentes.

Vuelvo entonces a la fortuna, y a cierto refrán árabe que reza: «Si tiras al mar un hombre con suerte saldrá con un pez en la boca». Marie Curie, María Solomea Sklodowska, fue una mujer que se tiró al mar y sacó centenares de peces de la boca: aisló el radio y el polonio, dándole el nombre de radioactividad.

Parte de su trabajo tuvo lugar en un cobertizo húmedo, donde María Solomea sin sentirse disminuida, trabajo en silencio, y en la disciplina de sus días, le dio al mundo una herramienta vaya herrmienta. De la película Madame Curie rescato alguna frase representativa para las luchas feministas sobre todo; su hija la acompaña y estando al frente, en aquella horrorosa escena de la Primera Guerra Mundial, Curie le dice: «Mi mayor problema no fue ser mujer, sino no haber contado con suficientes recursos económicos», posteriormente su hija también seria galardonada con el Nobel (junto al marido) repitiendo la historia que le dio a la ciencia un aporte extraordinario, gracias sin duda al trabajo incansable de una matrimonio dentro de lo que este artículo denominaría «un cobertizo húmedo».

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