Elizabeth Jiménez Núñez: ¿El fin de la cultura?

La cultura involucra el reconocerse en «el otro», hacernos participes de nuestras divergencias respetando el trabajo ajeno que nace a partir de ciertas improntas de lucidez.

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Una rápida mirada, un buscador de internet. Escribo: «Cultura en Costa Rica». Las primeras palabras que se despliegan: «El carnaval de Puntarenas», Corridas de toros «a la tica», y «La Fiesta del Cristo Negro de Esquipulas (Santa)». Me pregunto ¿qué es cultura? Y qué representa para los costarricenses ante un escenario tan abrumador como el de una pandemia. Hice un ejercicio que me permitió readecuar mi noción de acceso a algunas plataformas culturales. Pensé en el Ministerio de Cultura de Costa Rica y busqué su página web. Quería saber qué tan amigable era la página para el usuario y encontré varias sorpresas.

Entre ellas, cualquier proyecto que estimule, por ejemplo la literatura, despliega una serie de requisitos muy puntuales, me sentí abrumada. La mayoría de condicionamientos incluían estar al día en el pago de la CCSS, impuestos, personería jurídica, y otras hierbas aromáticas.

Ante semejante lista, asumí lo lógico, unos pocos podrían cumplir con el engorroso trámite pesaría sobre la accesibilidad a las fuentes de gestión con contenido presupuestario, un simple mortal quedaría sin luz en el camino.

En el viaje virtual hice el ejercicio, por ejemplo pensar que la página sería un enlace para recibir información o apoyo (no necesariamente económico) y encontré que, el primer proyecto al que podía aplicar tenía una advertencia: «Usted recibirá estímulo que cubrirá solo la escritura de la obra, no así su publicación». Me sonó disparatado, pero seguí.

Luego hice el ejercicio de ser un artista o una artista con necesidad de realizar una llamada telefónica para pedir información, y me encontré con un número de teléfono, me sentí como hace unos días, frente a un sistema de contestadora automática igual al de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz, cuando tuve que reclamar un aumento exagerado de consumo. La automatización de la página del Ministerio de Cultura me daba opciones de un menú interno que no me llevaban a ninguna parte. El departamento parecía ser un Centro de Producción Artística Cultural fantasmagórico.

Después de esto, volví a repasar las últimas noticias: Recorte en el sector de cultura. Nuevamente navegué en busca de algunas pistas comparativas —si se quiere. En Colombia, por ejemplo el Ministerio de Cultura cuenta con «Salones Nacionales de Artistas» y «Salones Regionales de Artistas» y un slogan que reza: La cultura es de todos.

Recordé a Gabriel García Márquez y otra vez pase a la página del Ministerio de Cultura de Costa Rica que en lugar de slogan, nos recuerda: «Costa Rica, Gobierno del Bicentenario». Y recordé una entrevista en que el Nobel de Literatura, con su sombrero bien puesto fue contundente en establecer que la cultura no se puede someter al pensamiento político del gobierno de turno, que debe protegerse sin permitir manipulaciones.

Él contaba que a sus alumnos los sentaba a tratar de montar un cuento corto, no más de diez mortales sentados a la mesa, les preguntaba qué películas habían visto recientemente y algunos respondían sin llegar al núcleo de lo narrado, entonces el fue categórico en establecer que, algunos no nacen con la posibilidad del narrar una historia.

La curaduría en las artes es cruel, verdaderamente cruel. Las puertas de los grandes museos no están abiertas para todos, y aún cuando parece que la democracia cultural es un asunto de derechos humanos, la interconexión que se teje dentro del derecho a la vida, que engloba la posibilidad de vivir de manera digna, y digno es aquello que nos posibilita tener un pacto con las artes para limpiar el polvo y la mugre, el dolor y el padecimiento humano, pero es idílico.

El músico Miguel Ángel Estrella que algún día fuera Director de la Casa Argentina en París habló en un encuentro virtual sobre la emergencia en la cultura pública mundial y atribuyó parte de la crisis, a la ya, de por sí existente crisis humana. Presentó las cartas en el diálogo manifestando que, las desigualdades estructurales han recrudecido su reproducción ante una crisis sanitaria impensable. «Los derechos humanos, evangelio de nuestro tiempo», en un contexto impensable.

El fin de la cultura es el título de este artículo, es tan disparatado como imposible, porque la cultura como fundamento antropológico no es un asunto que se acabe como se acaban las palomitas de maíz después del cierre de un filme cinematográfico.

El fin de la cultura, quizá sí, sobre todo como la habíamos masticado, porque no podemos negar la desigualdad existente en este mundillo de las artes, gremios difíciles que pelean y se arañan con uñas y dientes, presupuestos reducidos y ahora, mucho más reducidos.

Miguel Ángel Estrella fue interpelado por Ariel Martínez quien lo entrevistó, le preguntó por qué se había convertido en un músico social y el le respondió: «Ensayé durante muchos años, 10 horas diarias, no me interesó hacer carrera como si yo fuera un corredor, no me interesó ser rico y famoso, no quería perder el tiempo, tiempo que dediqué a hacer relaciones humanas. Una vez—afirmó—me fui a una provincia recóndita de Argentina, Tucumán, llegué donde personas humildes a tocar  Ludwig van Beethoven y atónitos después de culminar me decían: se convirtió en un vicio, escucharlo, ahora queremos oírlo una y otra vez».

Para él, músico de los mejores, según lo dicen sus admiradores, fue mejor y más satisfactorio ir a tocar a aquellos pueblos recónditos, en lugar de figurar en el Teatro Colón.

La cultura involucra el reconocerse en «el otro», hacernos participes de nuestras divergencias respetando el trabajo ajeno que nace a partir de ciertas improntas de lucidez.

Una alternativa que debería convocarnos a reconstruir la noción de nuestra cultura, reconocer ese hueco profundo que nace a partir de la crueldad del curador, de las comisiones de gestión, de los círculos de poder que deciden qué sirve y qué no.

El fin de la cultura por definición debería ser viable, no definirnos sino más bien decidirnos a hacer de la cultura el centro de creación, eso sí, creando condiciones propicias, sobre todo pensando en convenios donde las contrapartes económicas, sobre todo en el sector privado costarricense, sientan respeto por el sector cultural, sobre todo por el valor del artista, el ser humano, que merece respeto y atención. La cultura pasa por la protección indiscutible de sus artistas, y esto va más allá de los recursos meramente económicos.

La dignificación del artista enaltece su obra y repercute en la forma que el colectivo lo observa, esto no necesariamente es atravesado por campañas millonarias de mercadeo, se puede hacer mucho con poco y poco con mucho. Habremos estado sumidos en un letargo país, donde la Gran Área Metropolitana finge tener el corazón del conocimiento y el acervo cultural, o más bien se ejerce una función con falta de intuición y de justicia, relegando a las periferias y maltratándolas.

La cultura esa que moldeamos todos de manera antojadiza. Para algunos será un polvo difuminado que le es y le será ajeno. Le emergencia cultural es evidente, antecede a la crisis sanitaria y económica, y ha ido perdiendo terreno para las grandes masas que solo se levantan para llevarse el bocado mientras el mundo se cae a pedazos, otros más afortunados tenemos plataformas virtuales, bibliotecas con libros, y sistema de internet rápido para escuchar música, comprar libros digitales, ver puestas en escena.

La noción del arte esta en la calle, en cada esquina, en cada amanecer furioso, en cada artista que provoca una desquiciante lucha en su fuero interno para seguir creando a pesar del fin de la cultura como ha sido imaginada hasta ahora y sobre todo el artista costarricense más que nunca tiene el compromiso de escarbar en el imaginario, en la construcción identitaria mal hecha, en el pacifismo infame que nos lleva a quemar colchones de nuestros congéneres enfermos por un virus que nos llegará a dar a todos tarde o temprano.


Elizabeth Jiménez Núñez.
De profesión abogada también es escritora. Egresada de la Maestría de Derecho Público en la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una especialidad en Derecho Notarial y Registral. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de Costa Rica. Cursó talleres de escritura creativa en el Centro de Literatura Carmen Naranjo.
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