Elizabeth Jiménez Núñez: ¿Encuentro el hilo, o el hilo me encuentra a mí?

La polifonía de voces está presente en esa manta que cuelga a la entrada de la exposición, ahí las 35 autoras han dejando una huella imborrable, han dado aliento a quienes no han dejando fluir todavía su voz. Sin duda estos grupos son esplendidas muestras de la energía femenina. He visto el ejemplo de mi suegra quien ha sigo parte junto a otras mujeres, de la experiencia de un grupo de lectura, han pasado los años y se siguen reuniendo y en esas reuniones se han tejido los hilos que amarran el sentir de sus latidos y han leído y releído con mucha tenacidad construyendo espacios intelectuales y personales de apoyo.

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Palabras carmesí

«La hebra infinita, mujeres que cuentan» es el título del proyecto de Talleres de Escritura Mágica de Aurelia Dobles. Tuve el privilegio de ver presencialmente la exposición hace unos días en el Museo Calderón Guardia. El concepto del proyecto, la edición y la dirección estuvo en manos de Dobles, y otro sinnúmero de mujeres-autoras que la acompañaron en la travesía que forma parte de este magnífico trabajo.

Les daré un paseo por los ángulos que guiaron mi visita:

Empecé a observar los esbozos de lo que sería más adelante la puesta en escena de «La hebra infinita», el diseño gráfico de los primeros anuncios convertía de manera extraordinaria una hebra en rostros femeninos. ¡Qué belleza—pensé—! El proyecto sin duda tenía una fuerza especial que llamó mi atención desde el primer momento.

A Aurelia recuerdo verla sentada, leyendo un escrito de su autoría en la Biblioteca Nacional. En uno de los encuentros que organizaba Warren Lee, quien hoy ya no está con nosotros. Sé que él habría sido uno de los primeros visitantes del proyecto que tuvo su instalación temporal en el Museo Calderón Guardia.

Sabía que Aurelia daba talleres de literatura y me gustó mucho el trabajo de publicación de dos antologías que salieron a la venta en librerías. Me movió la curiosidad porque la antología le daba fuerza a creaciones femeninas, leer a varias mujeres juntas que no estaban formalmente consagradas en las letras costarricenses, indagar qué había detrás de sus escritos, motivaciones, recuerdos, añoranzas y me llamó la atención la fuerza que generaban al unir sus voces.

En verdad, estaba matando dos pájaros de un tiro, porque tenía la firme convicción de que escribiría un artículo sobre aquello que sintiera y que viera, y aquí estoy escribiéndolo.

Lo cierto es que me llamó la atención el titulo en letras blancas y fondo purpura en la entrada del Museo Calderón Guardia: «M U J E R E S  Q U E  C U E N T A N», ya habrá tiempo de sobra para auscultar  la forma en que los significantes penetran en las cabezas y nos recuerdan cómo y para qué  se debe dignificar el proceso de escritura femenina.

Una manta recibía a los visitantes con bastante carácter justo a la entrada. El recibidor nos susurró: rostros, emociones, vidas, reminiscencias, descubrimientos, decisiones, miedos, deseos, huida, catarsis, voces, oídos y sentidos. Muchísimos códigos, indescifrables algunos, porque «La hebra infinita» ata a todas las mujeres en un mismo carrete. A veces parece que unas somos más expresivas, mientras que, los silencios de algunas, mueven a deshojar sus razones y a juntarlas con las nuestras, y nace la magia de la que se construyen las maravillas, es decir las costuras que abrigan y reconfortan.

Fui dando vueltas en desorden y hablaré de algunas imágenes que me conmovieron, leer algo en un formato distinto al libro, ya se convierte en en una magnífica ruptura. Fije mi vista hacia un relato, capturó mi atención de primera entrada: Buscar una palabra de María Elena Pozuelo, me cautivó  y en esa frase se tejió mi propia búsqueda: «¿Una palabra? ¡A veces pierdo la memoria completa! Y en esa pugna entre la memoria y el olvido, la autora remata la evidente preocupación, la duda existencial: «Pero no, estoy segura que lo mío es un choque frontal de exceso de imágenes que se dan de golpes para ver cuál sale primero y cuál es más importante, y será la que quede para siempre la impresa en mi memoria».

Sin duda las mujeres que han sacado la tarea de construirse a sí mismas a través de sus circunstancias guardan en los resquicios de la memoria el miedo al olvido, porque parece imperativo que las generaciones venideras, los núcleos familiares atesoren «la cosa en sí». El valor y el sentido, la palabra, la anécdota y la lucha por lo que verdaderamente importa.

Sigo caminando y resuena en mi cabeza la palabra ¡Malnacida!, está escrita en negrita e invita al lector a quedarse impávido. Y el texto nos grita como la mente de Hortensia se obnubiló para siempre y  nos dice el texto: «Mal nacida se sublevó y lanzó el sartén hirviendo a los pies del dueño de la voz. Lo vio saltar, brincar hasta el techo, vociferar y convertirse en acero fundido».

Magnífico trabajo el de Ileana Piszk, una de las autoras,  sobre todo porque la voz narrativa logró buscar el líquido vital, el agua, para posteriormente menear la tierra y lograr sembrarse junto a otras hortensias. Volver a nacer, y en ese volver a nacer,  probablemente en la psique femenina exista un ovillo de hilo de oro, y después de las tempestades, las fieras convertidas en mujeres o las mujeres en fieras logren salvarse al encontrar en lo profundo otras manos y por consecuencia a otras fieras que han salido de sus cuevas.

Recordé mientras seguí mi visita, el Diccionario de los Símbolos, recordé  la teoría de las supercuerdas cuya postulación habla de hilos de energía, cientos de miles de millones de veces más pequeños que un solo núcleo atómico que vibran a diferentes frecuencias produciendo diferentes tipos de partículas. Ese núcleo lo fui sintiendo durante el recorrido, primero me pareció verdaderamente mágico trasladar algo tan abstracto como lo es el proceso de escritura a lo tangible de una exposición gráfica, sobre todo para quienes no están familiarizados con la paradoja del proceso de creación: tortura y placer.

La exposición envuelve al visitante y dignifica a las autoras dándoles el lugar que merecen, pero sobre todo el que les corresponde.

El sentido de pertenencia en las artes, sobre todo en los planos de la escritura es necesario. Así lo manifestó Aurelia Dobles: «Penetramos en la intimidad de los cuadernos, siguiendo el hilo que mueve, avanza, enreda, desenreda, logra anudar, desanudar, e integrar un telar más amplio». Una hebra de letras en movimiento, así lo dice Dobles y verdaderamente así se percibe.

Seguí emocionada, divisé un texto en forma de niña que se sostenía en la pared y la autora Paola Fonseca escribió: «Estabas muy ocupada y triste…¿Cómo se puede ser feliz sin jugar, bailar..?» y después interpeló al receptor del mensaje diciendo: «Acá te esperaremos eternamente, no te preocupes: el té imaginario nunca se enfría. Te prometo que si venís, te devuelvo tu unicornio».

Había visitado algunos museos en distintas partes, pero no había visto ninguna exposición temporal que me permitiera un grado de cercanía tan intenso con las hebras infinitas que anidan en todo el ropaje de las costuras de lo femenino. Así también me conmovió Elizabeth Quirós con su relato: «Quedé atrapada en un bosque de piernas, medias de seda, zapatos de tacones, pantalones de pliegues. Solo murmuraban. Sigo sin saber qué pasa. Mejor me quedo callada. Nadie repara en mí, me he refugiado en un rinconcito del salón. Pero de cuando en cuando alguien me toca la cabeza y dice: pobrecita Chichi y sus hermanos, cómo la querían. Sigo sin entender. Ese día de agosto sin saberlo conocí la muerte».

En  otro espacio donde las escritoras dejaban al descubierto sus escritos, con frases escritas con su puño y letra, me llamó la atención una escrita por Mireya Noboa que rezaba: «El superpoder del despego», y recordé los hilos, los cuadernos, las fotografías de las reuniones de todas las autoras, entonces me habría encantado hablar un poco del trabajo de cada una, pero todas y cada una de sus motivaciones me dejaron un profundo sentimiento de hermandad.

La polifonía de voces está presente en esa manta que cuelga a la entrada de la exposición, ahí las 35 autoras han dejando una huella imborrable, han dado aliento a quienes no han dejando fluir todavía su voz. Sin duda estos grupos son espléndidas muestras de la energía femenina. He visto el ejemplo de mi suegra quien ha sigo parte junto a otras mujeres, de la experiencia de un grupo de lectura, han pasado los años y se siguen reuniendo y en esas reuniones se han tejido los hilos que amarran el sentir de sus latidos y han leído y releído con mucha tenacidad construyendo espacios intelectuales y personales de apoyo.

A Aurelia felicitarla por su labor, por dejar de alguna manera que otras mujeres figuren y brillen, quedando en «el anonimato relativo», porque ha entregado su tiempo y su magia para que otras y otros puedan crear, cosa nada fácil en el universo de las artes, donde parece que reina el egoísmo y la vanidad. Un ejemplo fehaciente de que existen excepciones a la regla, pero sobre todo un ejemplo invaluable de que la unión hace la fuerza. Sin más, felicidades a quienes en medio de la pandemia aún latente, hacen brillar el tejido femenino.

 

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