Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Estuve reflexionando sobre el miedo días atrás, y me pregunté por qué había personas que eran capaces de obviarlo, evadirlo, incluso negarlo, para así cumplir con sus objetivos y no distraerse, serían acaso más aptos, fuertes, e inteligentes…

También recordé que era más difícil descartar el miedo y la frustración, cuando lo habíamos experimentado por situaciones traumáticas desencadenantes en condiciones de muchísima vulnerabilidad, sin demeritar claro está, a quienes pudiendo haber vivido condiciones más adversas y espeluznantes, forman parte del grupo de privilegiados que no lo experimentan.

Durante mi infancia, adolescencia y aún en mi edad adulta, viví ciertos episodios difíciles donde hubo violencia sexual y psicológica, esto no lo había discutido en mis artículos nunca antes, ni públicamente como escritora, porque no estaba preparada.

Tuve que llevar terapia psicológica por muchos años. Concentré mi escritura en profundizar sobre el tema de la violencia, pero me aparté de mi propia experiencia traumática para no permear mi trabajo de mi propio proceso como víctima, no quería construir mis textos desde lo autorreferencial, no por vergüenza, sino por miedo a tener que revivir mis procesos, una y otra vez, sin embargo, al escribir, elaboré mi duelo y también descargué todo el dolor que me había ocasionado mis victimarios, las mujeres en mis libros han sido construidas para transformarse,  han luchado desde una fortaleza emocional e intelectual muy superior a la que yo tuve en mis momentos de mayor vulnerabilidad.

No estaba preparada para contarles a mis lectores y lectoras, que yo también había sido una de las miles de víctimas de abuso y violencia que circulaban por el mundo, sobreviviente, sí, pero la razón que me llevó a escribir sobre este tema en particular, después de tantos años, fue una conversación que tuve con una amiga, no tan cercana, quedamos de vernos para tomar algo, comencé un diálogo con una mujer maravillosa, cuya trayectoria profesional había sido extraordinaria, intachable, trabajadora incansable, una guerrera en todos el sentido de la palabra, hablamos de mi oficio como escritora, y ella me dijo que siempre se había sentido bloqueada, no podía escribir, no podía contar su historia, o sus historias en papel,  también había sido víctima de violencia en algún momento de su juventud, eso lo supe esa misma noche.

Entonces, entendí lo importante detrás de mi oficio de escritura, para  animar a los seres humanos a escribir, lo he repetido muchas veces: la escritura no es un oficio reservado para los y las iluminadas, no es un arte elevado en cuya vitrina solo se posan los afortunados, la escritura es flujo de conciencia, emerge desde adentro, y nos permite reaccionar, sentir, pedir, reclamar, reorganizar, retener, disolver, rebatir, reordenar nuestro mundo interior a través del lenguaje como vehículo, la escritura es terapéutica.

Por eso, mi único consejo es que escriban lo que quieran, pero escriban, no esperen a tener que redactar un documento académico para que sus colegas sepan la potencia intelectual que hay en sus cabezas, ni tampoco a tener que escribir la lista de pendientes, o las verduras que les falta comprar en el supermercado, escriban lo que sienten, lo que esconden, lo que silencian, para que su alma, sus células, sus neuronas, su microbiota, y sus órganos, sepan que desde adentro pueden expulsar todas las toxinas, el cortisol y el veneno que las palabras y los actos, almacenan en la memoria de sus niñas y niños internas, de sus adolescentes rebeldes y silenciosas y silenciosos, de sus adultas y adultos sometidos a violencia de muchas formas, recuerden que con el estancamiento de memorias sin elaborar, nacen las enfermedades, los dolores y los sinsabores crónicos, recuerden: ustedes pueden limpiar sus templos internos diariamente como quien sacude y barre la basura del piso.

«¿Cómo superaste tus traumas?» —me preguntó mi interlocutora—, pues nada —le respondí—he escrito historias sobre violencia física, sexual, verbal, psicológica, he construido personajes capaces de tener suficientes herramientas emocionales, e intelectuales para sacudirse el polvo de las heridas, he aprendido a quererme en cuerpo y alma, estoy consciente de que no debo meterle basura a mi mundo interior, y he optado por rodearme de personas que me empujen a ser más valiente y menos miedosa, porque todas las formas de violencia dañan y de alguna manera recuerdan las viejas cicatrices y son una amenaza para que vuelva a correr la sangre de la herida, pero hay seres infinitamente angelicales que se escogen en el camino de la sanación corporal, emocional y espiritual.

He aprendido a amar mi forma de bailar, a no tener vergüenza ni miedo de mover mis caderas. La terapia psicológica, el baile, la escritura, mi esposo, mis amigos y amigas, mis maestros y maestras, me han dado remedios extraordinarios, y ahora, después de los años, he aprendido a tratarme mejor, a pronunciar suavemente mis porras internas, he vuelto a abrazar mis flaquezas, siendo más comprometida con mis fallos para hacerlos destrezas con disciplina y paciencia, sin tanto miedo en mi cuerpo, sin tanto dolor en mi alma, aceptando lo que ya no es posible cambiar, pero desde otro lugar, me veo al espejo que me devuelve solo lo que yo le permito, y me siento en paz con mi cuerpo, porque es la puerta de entrada a mi verdadero templo.

En fin, escriban, aprenderán a salvarse a diario de las voces feroces que les bajan el piso, porque son sus propias voces feroces las que más ejercen violencia sobre ustedes, porque la violencia en todas sus formas nos despoja de nuestra fuerza creativa, y el recuerdo de esa violencia que muchas veces guardamos en un profundo silencio es y será siempre una bomba de tiempo.

 

¡Escriban!

Por Elizabeth Jimenez

La autora es abogada de profesión y también es escritora. Egresada de la Maestría de Derecho Público en la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una especialidad en Derecho Notarial y Registral. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de Costa Rica. Cursó talleres de escritura creativa en el Centro de Literatura Carmen Naranjo.