Elizabeth Jiménez Núñez: Extrañezas femeninas

El proceso de escribir está hecho de errores —la mayoría esenciales—de valor y pereza, desesperación y esperanza, de sentimiento constante (no pensamiento) que no conduce a nada, no conduce a nada y eso que se pensó que era “nada” era el propio contacto temible con la textura de vivir. Clarice Lispector

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

A los hombres —dijo Simone de Beauvoir—les cuesta admitir la autoría de una mujer. Piensan que «autor» viene de «autoridad». Y admitir a una mujer como autora es reconocerle cierta superioridad y leerla requiere la humildad de dejar que te enseñe».

Me corresponde hablar de «otras extrañezas» de las que no circulan en las manifestaciones, ni en los discursos y mucho menos en los conversatorios sobre «temas importantes».

Voy a hacer un recorrido breve por varios cuadros que pintaremos juntos en acuarela. Según dicen los entendidos la técnica es una de las más difíciles porque el o la acuarelista no pueden rectificar su trabajo, se trabaja sobre una superficie plana y el trazo no puede dejarse seducir por la duda, «todo o nada».

Aquí está el pincel y aquí yacen mis «extrañezas femeninas»:

En el pavimento seco trazado con un gris ratón, dejando grumos de realismo que desde hace años ven pasar a una mujer gruesa de caminar pausado, sostener en los hombros una tienda andante. Si se fijan bien, cuando el clima está soleado, los reflejos de luz se sumergen en los encajes del brassier que está mayormente visible, los demás proyectan una gama de colores divertidos.

Pantalones, pantalonetas, camisas, camisetas, medias, todo se apoltrona bajo los hombros de la mujer extraña como criaturas cansadas que reposan y se permiten una siesta. Algún periodista mediocre le podría preguntar a la mujer de acero: ¿cómo se siente?, la obligaría a hablar sobre la peste y el cansancio de tener que rendirle cuentas a él (como periodista), para que su reportaje le valiera el pago, la quincena.

Probablemente esa mujer no este rota, ni en sus manos retumbe la ira del mañana porque el paso diligente no le hace un llamado existencial rotundo, el accionar pausado es signo de equilibrio y el futuro no le resuena sobre el pecho, su trabajo es el ahora.

¿La vieron? Le pusieron el color del cabello, la camisa, la enagua larga, la imaginaron con zapatillas bajas, la pintaron en una superficie plana.

A unas cuantas cuadras en el álbum de mis recuerdos, está otra mujer, la llamaré: «La mujer más extraña del mundo», descalza, caminando por el espaldón con la cabeza teñida de blanco, el pelo amarrado en moño. También su paso parece indicar que los tiempos se detuvieron en su lóbulo frontal y pesa sobre su espalda la fragilidad de las cosas que de verdad importan.

Una vez, no hace mucho, una voz anecdótica me contó que la vio entrar a la iglesia descalza, esa voz femenina tenía unas sandalias extra en su cartera y quiso sucumbir a la buena acción matutina, a la apertura de puertas hacia el paraíso, y le ofreció desde la banca de la iglesia las sandalias, interrumpió el sermón del sacerdote, la mujer más extraña del mundo la vio con cierta indiferencia y rechazó la oferta: ¿A caso no entendía por qué permanecía descalza?

Después apareció la tercera pintura, la mujer que cargaba en el vientre ¡vida!, que en el costado tenía encaramado a un crío de meses, y en la mano que le quedaba libre conducía al tercer infante a la escuela. Todos caminaban plácidos entre el ruido de motores, entre el vaivén y ajetreo irresuelto de los días. La niña iba con su camisa blanca impecable y el pelo atado en moño, su cabeza es bordeada por el pincel con una cuenca de acuarela café claro, el color de su cabello, iba a aprender a su escuela.

Nadie sabe cuál es el cruce de acontecimientos que unirá la vida de estas mujeres, pero lo que sí es cierto es que en su accionar decidido no se lamentaban ni por un solo instante. Vivian el regalo milagroso de sus retratos, que para nuestros ojos ajenos resultan retratos abiertos, así se construye sobre los muros empedrados, sobre los dolores atravesados por los cuatro costados: ¿Las mujeres?, vuelvo a preguntarme lo mismo: ¿Las mujeres? Esos seres cuya extrañeza resplandece en las noches más raras, en las de Redon, el pintor francés que muestra una extraña intensidad en el color de sus pinturas femeninas.

Me pregunto que habría hecho Odilon Redon ante las tres imágenes que han sido pintadas en este texto. Son retratos abiertos, es la representación simbólica de lo femenino que, no se concentra solo en la mujer, es acaso la manera en que los hombres han sido despojados de toda  feminidad, es la historia laberíntica, el dolor, el resentimiento, la impotencia, la locura, la ira, la desesperación.

Es la construcción teórica —a veces demasiado retórica—donde nos valemos de nuestras posiciones de privilegio para construir escenarios que nos den la posibilidad de sentirnos más próximas a señalar con el dedo lo que está mal.

¡Las mujeres! Debemos crear a través de nuestras habilidades, es cierto deben existir gritos de defensa, pero que eso no se convierta en un distractor, en un tiempo muerto, en un letargo, en un hijo del lamento eterno adherido a todo. Alguna vez lo manifesté en un foro en Honduras, donde fui invitada, el tema: La Mujer en la Literatura Centroamericana. Las participantes en su mayoría mujeres me preguntaron si había sido difícil escribir para mí desde mi condición de extrañeza femenina… Entonces les contesté que lo difícil no es escribir, eso es lo más fácil —en lo que cabe, les contesté—, pero después viene la depuración, el análisis, la investigación, el proceso de autoconocimiento.

Lo medular vino después, lo medular fue observar cada movimiento milimétricamente dispuesto, analizar los cuadros de las «extrañezas femeninas», tengo 2 anécdotas puntuales:

  • Lamentarme y cortarme el pelo a ras para siempre, recordando que, hace aproximadamente unos 20 años, sentada en una la sala, esperando ser entrevistada para un posible trabajo, un tipo le murmuraría a otro: «Le darán el trabajo solo por el cabello que tiene». Ese día entendí que mi aspecto físico sería quizás una piedra en mi zapato, juicios de valor que efectivamente me han acompañado como piedritas dolorosas que he ido recolectando y con las cuales he construido mi casa interior. Los juicios de valor me dieron fuerza.
  • Mi papá lo único que me repitió hasta el cansancio, quizá hasta el día antes de su muerte fue —precisamente— que, yo tendría la capacidad de salir adelante, cada vez que fuera necesario, caerse, levantarse (movimientos cíclicos).

Celebro a todas las mujeres en sus luchas, en sus fracasos, en sus proyectos, las celebro a todas: A las que decidieron no ser madres, a las que lo aceptaron y lo están llevando como una tarea difícil pero no imposible, a las que todavía no saben qué quieren exactamente de sí mismas. A las que fueron dañadas por otras mujeres, a las que otras mujeres les enseñaron que «todos los hombres eran iguales»,  a las que criaron hijos que jerarquizaban la forma de tratar a las mujeres según la clasificación que veían como ejemplo en sus entornos sociales. A todas las mujeres cuyos compañeros de vida las hicieron caer, a las que sus compañeros de vida por hacerlas caer, las obligaron a levantarse, a todas las que han sufrido acoso laboral, sexual sin respuesta ni debido proceso. A las que la impunidad de sus agresores les taladra todavía la cabeza, así como también la impunidad del sistema. A las que se han constituido en redes de apoyo para otras, las que han sacado a sus conocidas, vecinas y amigas de los círculos de violencia donde estaban atrapadas. A las que han sacado la tarea, las que han desistido, las que están atrapadas pero están a un paso de salir. A las que saben que hay otras que están a un paso de salir pero no saben como sacarlas de su encierro. A las que viven presas de la vanidad en jaulas de oro y de ego, a las que fueron atrapadas por las conductas machistas de sus propios padres, a las que están demasiado enganchadas con el feminismo exacerbado como un veneno que las oprime y no logran construir nuevas realidades más allá de sus postulados teóricos, las que ya no están porque se han ido producto de la violencia, a las niñas que crezcan decididas, capaces de usar sus talentos para mover todas las piezas de las posibilidades intelectuales, emocionales y físicas.

La vida es un largo peregrinaje de procesos, la vida es un regalo, un dato curioso que nos obliga a abrazar nuestra condición y nos convoca a cobijarnos en un caluroso y fraterno abrazo.

«El proceso de escribir está hecho de errores —la mayoría esenciales—de valor y pereza, desesperación y esperanza, de sentimiento constante (no pensamiento) que no conduce a nada, no conduce a nada y eso que se pensó que era “nada” era el propio contacto temible con la textura de vivir». Clarice Lispector


En esta edición también contamos con artículos de las siguientes colaboradoras:
Abril Gordienko López, Alicia Fournier, Ana Victoria Badilla, Arabella Salaverry, Arlette Pichardo, Dinorah Cueto Cabrera, Elizabeth Jiménez Núñez, Gabriela Giusti, Gloria Bejarano, Inés Revuelta, Jeannette Ruiz, Kattia Martin Cañas, Lilliana Sánchez, María Laura Arias Echandi, María Laura Sánchez, Marinela Córdoba, Marta Acosta, Marta Núñez Barrionuevo, Natalia Díaz Quintana, Sofía Argüello Madrigal, Valeria Madrigal y Waizaan Hin Herrera,
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