Elizabeth Jiménez Núñez: Sergio Ramírez Mercado – cuando el banquillo de los acusados no se parte en dos

Lo cierto es que Sergio Ramírez logró anticiparse a la tragedia y huyó de Nicaragua. Corrió mejor suerte que muchos de los presos políticos que hoy están privados de libertad en El Chipote.

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Elizabeth Jiménez Núñez.

¿Cómo elige Sergio Ramírez Mercado una barbería en Costa Rica en tiempos de exilio? Algunos estudiarán con la premura del caso el lugar donde vivirán, pero otros, también, le pondrían atención a un detalle más importante: quién, dónde y cuándo ejecutarían el acto ceremonioso de cortarse el pelo.

Rumores iban y venían: «El escritor nicaragüense Sergio Ramírez en Costa Rica». Sergio Ramírez finalmente emitió un comunicado formal en donde anunció su salida forzada de Nicaragua, debido a la orden emitida por Daniel Ortega de allanar su casa y acusado por la Fiscalía de realizar actos que fomentaban e incitan al odio y la violencia.

«Que la sentencia dada sea revocada», repetía mi abuela paterna cada vez que un pálpito en su pecho anticipaba una mala noticia. Entonces bastaría con revisar de reojo la historia para buscar el origen de ciertos acontecimientos y tejer entonces algunas preguntas necias. «Las casualidades no existen», otra de las frases que repetía la madre de mi padre cada vez que el pálpito, concatenado en un hecho trágico, le daba el privilegio de volver a revisar y atar cabos en su cabeza. Casi siempre tuvo la razón.

Entonces moriría el estilista nicaragüense Ossiel Herrera. ¿Habría conocido Sergio Ramírez a Ossiel Herrera en algún momento de su vida? El estilista es una de las primeras víctimas de COVID-19 en Nicaragua y figura que peinaba a muchos de los miembros de la familia Ortega-Murillo. ¿Habría estado sentado en su silla, en el banquillo esperando la tijera, ese instrumento diseñado para devolverle a la melena una dosis de prestancia? ¿Habría quedado alguna vieja rencilla de las épocas donde Rosario Murillo trabajó con Pedro Joaquín Chamarro en el diario La Prensa? ¿Casualidad que los hijos de la pareja Chamorro-Barios estuvieran entre los presos políticos? ¿Aún tendría algo que reclamarle Ortega a Ramírez? ¿Habría necesitado la pareja Ortega-Murillo desarraigarlo de sus ficciones?

Lo cierto es que Sergio Ramírez logró anticiparse a la tragedia y huyó de Nicaragua. Corrió mejor suerte que muchos de los presos políticos que hoy están privados de libertad en El Chipote: cárcel que algunos medios periodísticos han descrito como la mazmorra más oscura de la pareja presidencial y piedra angular de la represión que le permitió a Ortega un cuarto juramento como presidente de Nicaragua en la vieja Plaza de la Revolución en Managua.

Y entonces se quedó sin el calor reconfortante de su biblioteca, con la insensatez del allanamiento y con la sensación de un escalofriante destino para una casa deshabitada en la que habitó un escritor que ha convertido a Centroamérica en un referente literario. Las sillas de los acusados no siempre se parten en pedazos por obra y gracia de la justicia en un país cuyo equilibrio parece cercenado por el ingenio maligno de un sinnúmero de casualidades macabras.

«Las casualidades no existen», resuena la voz de las viejas sabias. He llegado a la barbería donde mi esposo y mi hijo se cortan el pelo desde que tengo memoria. Henry es el propietario, de origen nicaragüense, proveniente del mismo pueblo habitado de nicaragüenses: algunos de ellos exiliados solamente en sus cabezas, todavía presos de los árboles de hierro, sin posibilidades de huir y gritando en silencio.

Henry recibió en su barbería de Escazú, centro comercial Laureles, a Sergio Ramírez Mercado. Y como estaba escrito, le dijo: «Yo sabía que le cortaría el pelo a usted, algún día, y ya ve aquí estamos los dos, en Costa Rica, provenientes de la misma tierra, la que llevamos incrustada en el pecho». Sergio Ramírez había nacido en el mismo pueblo que el padre de Henry.

Entonces llegó la consabida cita de mi hijo y de mi esposo en esa misma barbería de Escazú. Y me senté en el mismo sofá de siempre. Y Henry y yo hablamos de la vida, de las batallas y de las alegrías y, de pronto me dice: «¿Adivine quién estuvo por aquí?» «No me diga que Sergio Ramírez Mercado», adiviné.


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