Elizabeth Jiménez Núñez: Vacío

Fue El libro del té, el que rompió la maldición de mi inconsistencia como lectora, o bien, tenía algo de razón mi cabeza al evitar la concentración absoluta en el conocimiento concentrado y potenciado en letras, porque quizá debía recordar que la maternidad obliga a hacer pausas intelectuales y eso es más que un deber, es un derecho.

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Una rara condición habría colocado en mi mente la imposibilidad de leer un libro de manera completa. Llevaba más de dos años de leer los libros a medias, páginas sueltas que me revelaran temas puntuales de interés; a veces por capricho llegaba hasta las últimas páginas sin revisar las primeras, y lo cierto es que, a nadie hice partícipe de mi condición. No se si por temor o por vergüenza, no discutí con nadie mi raro padecimiento, dialogaba con mi fuero interno, tampoco quería excusarme detrás de la maternidad, simplemente no estaba pudiendo leer un libro de manera correcta.

Pensándolo bien, no sé si los seres humanos leemos libros de manera correcta o incorrecta, porque bajo esa duda, vendría a mi cabeza la oración que repitió mi profesora en clase de filología española años atrás, ella solía decir que, su forma de leer algunos textos era de atrás hacia adelante. Nadie debería ser juzgado por ese tipo de decisiones que no son verdaderamente pecados capitales, sin embargo, teorizar sobre las razones intrínsecas del porqué se puede o no leer un libro de principio a fin, sí que podría ser un deporte digno de práctica, en el que cada quien podría exponer sus motivos.

Lo cierto es que, con el tema de la peste se ha destapado otra serie de tópicos pestilentes existentes y preexistentes que nos obligan a retomar la lectura aun cuando sea a nuestro ritmo, a nuestra manera: la violencia, el acoso escolar, las matanzas perpetuadas por adolescentes en algunas partes del mundo, el ciberespacio, el encierro, el asilamiento involuntario, el mal accionar de Piqué en su relación con Shakira, para no mencionar el abanico inmenso de trastornos que tambalean el orden de la humanidad, porque también seria risible pensar que existe un orden, que además se pensara que la moral es un compuesto poderoso que conduce a la salvación intelectual de los lectores.

Recuerdo La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset cuando señalaba concretamente el tema de la moral y nos deleitaba de la siguiente manera: «de la moral no es posible desentenderse sin más ni más. Lo que con un vocablo falto hasta de gramática se llama amoralidad, es una cosa que no existe. Si usted no quiere supeditarse a ninguna norma, tiene usted, velis nolis, que supeditarse a la norma de negar toda moral, y esto no es amoral, sino inmoral. Es una moral negativa que conserva de la otra la forma en hueco».

Tampoco me puedo mantener alejada de la relación de textos y contextos, en El Libro del té, Kakuzō Okakura nos advierte: «para los taoístas, el hombre verdadero es aquel que ha llegado a dominar el arte de la vida, es cuidadoso como el que cruza un arroyo en invierno; dubitativo, como el que no conoce su entorno; respetuoso, como el huésped; sensible como el hielo que está a punto de derretirse; inocente, como el trozo de madera no tallado, hueco como un valle; sin forma como las aguas revueltas. Para él los tres tesoros de la vida son la piedad, la frugalidad y la modestia.

Fue El libro del té, el que rompió la maldición de mi inconsistencia como lectora, o bien, tenía algo de razón mi cabeza al evitar la concentración absoluta en el conocimiento concentrado y potenciado en letras, porque quizá debía recordar que la maternidad obliga a hacer pausas intelectuales y eso es más que un deber, es un derecho.

Así los maestros del té buscan el comportamiento idílico en el que todo individuo debería soñar con ser ejemplar, y no puede dejar de pensar que el cuidado de cruzar un arroyo en invierno como la pericia con la que desde niños debemos aprender a sortear los obstáculos del camino, con valentía, pero no pude evitar cuestionarme: ¿De dónde sale esa valentía? Y lo de ser dubitativo, seria una responsabilidad pública en la escuela formal o más bien una condición más allá del determinismo social…

Y si seguimos, descubriremos quizá que, la manera de educar el espíritu es un camino sinuoso en donde a veces se resquebraja el cometido real, y los padres tratamos a nuestros hijos como proyectos y los hijos terminan tratándonos como verdugos porque esperan que los dejemos ser y ser en nosotros lo que nosotros somos en ellos: ¿espejos? Quizá sea una encrucijada de dimensiones apocalípticas, sobre todo porque la crianza es la tenacidad de no dejarse sucumbir por la dureza sin descuidar tampoco la firmeza del deber con la astucia de la ternura, no chistar ni distraerse en el camino sino es para oler una flor o despertar en su aroma la sensibilidad de nuestros retoños, para que, en medio del vacío que dejen las vicisitudes humanas, pueden vaciarse y volver a llenarse nuevamente de esperanza, y puedan levantar la cabeza a pesar de los pesares.

Porque la violencia de los que adolecen es el trastorno mal tratado en el que los seres sociales perdemos nuestro norte, incapaces de alzar la mirada para quedarnos con las cosas efímeras, pequeñas, pero sobre todo sagradas,  y en la inmoralidad de la crianza, en ese repetir patrones, en ese sostenerse en el peso de la carga genética, la inmoralidad del desapego o bien el desapego de la inmoralidad desde lo superfluo, es donde se engendra el mal abominable de la indiferencia como vacío desde el fuero interno del otro hacia mi propio fuero interno, y los padres terminamos por convertirnos en seres extraños para nuestros hijos.

Entonces finalmente elucubré, me imaginé acudiendo a un doctor especialista en lectores con condiciones atípicas, tocaría la puerta y el galeno me miraría dubitativo, empezaría diciéndole que una extraña condición me hacia dejar a medias la lectura, y él me diría que me mantuviera tranquila, que quizá después de salir una noche con lluviecita necia viendo de frente la luna sin estrellas, volvería a leer libros enteros, recordando que la maternidad me obliga a conectarme con la lectura mas importante: el bienestar de mis hijos.

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