Elizabeth Jiménez: «Pequeñas cajas negras»

Me preguntó si esas frases tan utilizadas en las entradas de los centros comerciales tienen algún sentido: «sonría está siendo grabado.» Porque ese mismo centro comercial fue hace un tiempo víctima de asaltos profesionales cuyos rostros estaban totalmente cubiertos. ¿Se perdió la validez del mensaje? Es así como veo con recelo los mecanismos morales que se clavan de manera obligatoria en algunos individuos, conductas temporales donde se reprime la verdadera conducta.  

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Estamos buscando siempre a quien señalar como una especie de error discursivo recurrente. Para revertir semejante horror se requiere un motor cuyos caballos de fuerza logren desafiar en principio, esa idea obsesiva en nuestras cabezas: «La culpa» símbolo distorsionado del verdadero origen de las responsabilidades compartidas. Me fascinó la evolución del derecho público costarricense, cuando la estudié; precisamente porque ese crecimiento amarró la responsabilidad objetiva del Estado. Es decir, los legisladores entendieron que con el surgimiento del daño nacía la responsabilidad del resarcimiento. Todos los actos administrativos públicos complejos —entonces diseñados por varios cerebros—constituyeron gracias a esta nueva concepción, un solo tronco que reestructuró esa necesidad de cambio: «Si hay daño hay responsabilidad objetiva. Se eliminó aquella vieja concepción de la responsabilidad subjetiva que terminaba siendo la responsabilidad de nadie.»

Una odisea cuyo principio idílico pareciera tan sencillo como la peligrosa construcción legal del derecho anglosajón —en cuanto a consumidor se trata—algún distraído metió al gato en el microondas para secarlo después de un baño y el manual no especificó que el aparato no era apto para felinos, entonces cae la responsabilidad en hombros del comercio y los manuales ahora indican: «no secar animales ni bebés.» Es cierto que hay una diferencia entre el consumidor como sujeto con derechos, con posibilidades de acceder al resarcimiento del daño. También es cierto que las relaciones públicas y privadas tienen líneas divisorias bien establecidas por el ordenamiento jurídico. Ahora bien: ¿A dónde descansa el traslape de la ficción jurídica entre servicios públicos y privados? ¿Merecemos acaso un trato digno como administrados, no menos digno que el de los consumidores?

Hay algo que reduce la cosa pública y la cosa privada, independientemente de criterios legales, políticos o económicos en sentido formal; y es que, a pesar de que se da la violencia institucional en ambos bandos, esa violencia responde a las pequeñas miserias cotidianas, producto de la mecanización de los servicios en manos del recurso humano (todos nosotros). Cuando «ese hacer», también se convierte en «dejar pasar», en el esquema rutinario del qué hacer diario se empieza a generar un cansancio cubierto de ansiedad, miedo, frustración, desprecio, pereza e insatisfacción. Aquí entramos toditos por parejo, porque no cabe en el mundo un ser viviente que no haya sido partícipe del hastío del día a día y de formas sutiles de crueldad para con los demás.

Más allá de los deberes, habitan en las esferas profesionales, casos puntuales que nos sirven como parámetro y mecanismo de entendimiento. En el caso de los funcionarios que atienden de cara al público durante ocho horas, ese «cara a cara», a veces está cargado de negatividad. Por la forma en que la mecanización cosifica al funcionario que atiende y desnaturaliza al «administrado-consumidor» que exige una solución inmediata. Ambos pueden contenerse, pero también pueden hacerse mucho daño en fracción de segundos.

Una vez le pregunté a un médico fuera de su contexto como servidor en su doble condición atención pública, y privada, cuál era la dinámica en los hospitales, tiempos de comida y descanso, a dónde dormían, cómo hacían para mitigar el cansancio cuando eran residentes, y algunas otras cosas más. El médico torció los ojos, tiró una que otra frase al viento y entendí que detrás del servicio habita en silencio un tremendo cansancio, un hastío que concretamente atañe a la salud pública desde adentro. Esa misma relación que en ocasiones puede engendrar violencia, como el caso del médico que omite algo vital en tiempo de consulta y del paciente desesperado que necesita ser atendido en su núcleo de necesidades de manera también inmediata. Dinámicas que se manejan por medio de una sujeción especial, formas de trato y de maltrato en donde opera muchas veces la violencia desmedida bajo otras formas de violencia medida.

Pienso en la labor de muchos y muchas, quienes deben mantener a raya sus propios niveles de frustración, incluso sus propias realidades psíquicas. Trabajos donde el grado de responsabilidad y de entrega es tan grande que, sus ejecutores muchas veces pierden sus espacios de salud mental y viven envueltos en grandes conflictos internos. Es cierto que los sistemas están diseñados para pedir vacaciones, incapacitarse e incluso para claudicar, pero lo cierto es que hay una parte cubierta (difícil de sobrellevar) que nos atañe a todos como seres sociales.

Después nos sujetamos más de cerca a otro tipo de miserias humanas, por ejemplo: las cajas registradoras sin funcionarios, filas que aumentan sin piedad, negligencia por parte de quien debería darnos un servicio, poca tolerancia, resistencia a dar un poco más. No sé si lo único que quepa rescatar a manera de sátira, sea el uso apropiado de la tecnología. El tema de la grabación. Cuando somos amenazados por esa reproducción en tiempo real de nuestros actos, cuando nuestra imagen nos delata, cuando el movimiento nos acusa y nuestras voces quedan en pequeñas cajas negras.

Me preguntó si esas frases tan utilizadas en las entradas de los centros comerciales tienen algún sentido: «sonría está siendo grabado.» Porque ese mismo centro comercial fue hace un tiempo víctima de asaltos profesionales cuyos rostros estaban totalmente cubiertos. ¿Se perdió la validez del mensaje? Es así como veo con recelo los mecanismos morales que se clavan de manera obligatoria en algunos individuos, conductas temporales donde se reprime la verdadera conducta.

Francesco Schettino fue el capitán del Concordia, ¿recuerdan el suceso? Un hecho marcado por el luto en la historia de los cruceros italianos. Schettino abandonó el barco antes de que los pasajeros fueran evacuados, se negó a dar la voz de alarma y también se negó a volver abordo. Las autoridades no acabaron de entender por qué navegó tan cerca de la costa. El director de orquesta de aquella nave omitió el necesario «deber ser» que le costó algunos años de cárcel, sin embargo recurrió a sus instintos y desafió principios éticos y círculos morales establecidos. Estaba siendo observado. Me preguntó si en las pequeñas miserias cotidianas deberíamos acudir a las «cajas negras.» Cajas que nos acompañen más allá de criterios meramente reduccionistas. Indagar en las verdaderas causas: los instrumentos y  las conversaciones, y sobre todo «el otro» cuyas miserias descansan sobre las nuestras.

 


Elizabeth Jiménez Núñez, es escritora y abogada costarricense. Egresada de la Maestría de Derecho Público en la Universidad de Costa Rica. Cuenta con una especialidad en Derecho Notarial y Registral. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de Costa Rica. Cursó talleres de escritura creativa en el Centro de Literatura Carmen Naranjo.

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