Enrique Castillo Barrantes.

El 14 de julio es la fecha en la que, jubilosamente, se suele evocar el advenimiento de la Revolución Francesa, pensando en la icónica toma de La Bastilla. Tanto franceses como costarricenses acostumbramos hacerlo así y está bien justificado puesto que, a pesar de haber sido la Revolución un acontecimiento complejo, prolongado, cruento y doloroso, finalmente condujo a fundar un sistema político democrático, asentado en los derechos humanos, que no se hizo en un día y que irradió su luz al mundo entero (de la Cruz, 1989), incluso a Costa Rica a partir de su independencia, décadas más tarde. Desde entonces, Costa Rica se ha identificado con la cultura francesa y ha hecho suyo el lema de la Revolución: liberté, égalité, fraternité. Y, por eso, con ocasión de celebrar el 14 de julio, se rememoran gestos que destacan ese vínculo, como el diseño de la bandera costarricense por doña Pacífica Fernández de Castro Madriz; la dedicatoria, por parte de Manuel María Gutiérrez Flores, de la música del Himno Nacional a Gabriel-Pierre Lafond, primer agente consular de Costa Rica en Francia, y de que el Himno haya sido editado, por primera vez, en París, en 1864; lo mismo que la creación del Monumento Nacional y la estatua de Juan Santamaría, ubicada en Alajuela, por escultores franceses. También, por estos días, se destacan otros lazos visibles que vienen del siglo XX: la Alianza Francesa, el Liceo Franco Costarricense, el Parque de Francia en el Barrio Escalante, la enseñanza obligatoria del francés en los colegios y liceos de secundaria y el papel desempeñado por el Instituto Francés de América Central (IFAC), recientemente reemplazado por el Servicio Regional de Cooperación y Acción Cultural, siempre con sede en San José.

Todos esos signos son encomiables. Pero, sin demeritarlos, quisiera llamar la atención sobre otros aspectos, no tan conocidos en Costa Rica, que también van en la dirección de apuntalar nuestro afecto por Francia.

El primero de ellos es el doble carácter de la celebración. La primera vez que tuvo lugar fue en 1790, para conmemorar la toma de La Bastilla y, simultáneamente, como Fiesta de la Federación, que fue propuesta por Lafayette para festejar, en aquel ambiente reunificador, la existencia de la federación de las guardias nacionales y simbolizar la unidad de la nación francesa, por lo cual la Asamblea Nacional, acordó, en 1791, designar retroactivamente esa fecha como la fiesta nacional por ambos motivos, comenzando por la de 1790. Sin embargo, de  1793 en adelante la fiesta nacional cambió de designación y de fecha varias veces y no fue sino en 1879, durante la Tercera República, noventa años después de la toma de La Bastilla, cuando la Asamblea y, seguidamente, el Senado, aprobaron un proyecto presentado por el diputado Banjamin Raspail y, sucesivamente, por el senador Henri Martin, para establecer oficialmente el 14 de julio como Fiesta Nacional en conmemoración de la toma de La Bastilla en 1789 y de la Fiesta de la Federación o unión nacional, de 1790, aunando un motivo dramático con otro alegre. Este detalle nos une porque, aunque no se pueda decir que Costa Rica haya imitado a Francia, el proceder histórico de Costa Rica coincide con el de Francia cuando nuestro país, habiendo sufrido rupturas entre sus hijos, ha sabido retornar a la unidad nacional, especialmente después de 1919 y 1948.

El segundo de los temas poco conocidos es lo que podría llamarse el aporte germinal de ciudadanos franceses a las relaciones franco-costarricenses. Según se desprende de la tesis de licenciatura en Historia de Antonio Rodrigo Lizama Oliger (2014), los primeros agentes de Costa Rica en Francia fueron franceses, ambos nombrados en 1849: Gabriel-Pierre Lafond de Lurcy, cuyas oficinas estaban localizadas en el número 4 de la Plaza de la Bolsa, en París, y Víctor Herrán. La idea del Presidente Castro Madriz era que Herrán fuese el encargado de negocios, es decir, el representante diplomático; no obstante, el señor Herrán tenía doble nacionalidad (francesa y costarricense) y vivía en Burdeos, no en la capital. Podía ser cónsul en esa ciudad, pero para ser encargado de negocios tenía que renunciar a la ciudadanía francesa y trasladarse a Paris. El señor Herrán comunicó al gobierno de Costa Rica su disposición a renunciar a la nacionalidad francesa, mas no se movió de Burdeos. Siguió insistiendo y apenas en 1850 fue aceptado como encargado de negocios en provincia. Mientras tanto, el señor Felipe Molina Bedoya había presentado credenciales como primer Ministro Plenipotenciario de Costa Rica, a Napoleón III, el 4 de agosto de 1849. El señor Lafond fue, por su parte, posteriormente nombrado ministro plenipotenciario de 1856 a 1860, y siguió como cónsul hasta 1867.

Lo que merece ser destacado es que tanto el señor Lafond como el señor Herrán promovieron negocios en las dos direcciones: los de Costa Rica en Francia y viceversa.  El señor Lafond organizó la red de agentes costarricenses en los puertos de Francia: Marsella, Nantes, Dunkerque, Saint Malo. En Burdeos estaba el señor Herrán. A esos puertos llegaban los productos costarricenses, primordialmente el café, pero de ellos salían los productos franceses hacia Costa Rica. No solo promovía estos últimos, sino las inversiones francesas en Costa Rica, públicas y privadas. Consiguió el contrato de colonización del Golfo Dulce “y más tarde se le otorga la concesión no solo para colonizar Golfo Dulce, sino, también, para crear un canal interoceánico entre Golfo Dulce y Bocas del Toro ya sea por la vía marítima o férrea” (Lizama, 2014: 65).  El cónsul Lafond tenía un representante en Costa Rica para sus negocios de colonización: don Rafael García Escalante, vicepresidente de don Juan Rafael Mora en ese periodo (Lizama, Ibid.). El señor Lafond y el señor Herrán, junto con el costarricense don Felipe Molina Bedoya, dieron a conocer el país mediante publicaciones en varios periódicos de París y provincia (Lizama, 2014:67). Puede decirse, entonces, que las simientes del comercio bilateral y de las inversiones francesas en Costa Rica fueron sembradas por los mismos franceses, aunque con participación costarricense.

El tercer detalle poco conocido y que también se desprende de los hallazgos históricos del licenciado Lizama es la altura del trato que, desde un principio, Francia le ha otorgado a Costa Rica, que se manifiesta en el lenguaje usado en los pronunciamientos franceses relativos al estatus diplomático del señor Herrán y en el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, suscrito en 1849 (también negociado y suscrito por Guatemala, al que Costa Rica se adhirió). Según el cónsul Lafond, al referirse a la legislación francesa para explicar las dificultades del nombramiento del señor Herrán, las leyes vigentes no consienten de que un francés pueda representar en Francia una potencia extranjera en calidad de embajador” (Lafond, G. en Lizama; 2014:68), lo que implica que a Costa Rica se le da un trato de potencia. Lo mismo ratifica el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, en donde se hace referencia a Guatemala y Costa Rica como potencias, lo que denota un trato de igualdad, sin tomar en cuenta la diferencia de tamaño entre las partes (Lizama, 2014:70). Si bien el uso de ese lenguaje es, probablemente, producto de las costumbres diplomáticas de la época, no es menos cierto que refleja una actitud de respeto recíproco que Francia siempre, hasta hoy, ha tenido ante Costa Rica.

A pesar de ello y de los esfuerzos de los propios franceses al principio, la relación bilateral no ha sido muy fructífera en lo comercial o económico para ninguna de las partes, y menos para Francia, ya que los datos proporcionados por el Ministerio de Finanzas de Francia señalan que los intercambios comerciales dan un balance favorable a Costa Rica. Refiriéndose al 2018, la Dirección del Tesoro indica: “Los intercambios comerciales entre Francia y Costa Rica se basan esencialmente en las importaciones de productos costarricenses. Las exportaciones francesas hacia Costa Rica han disminuido un 5% (a 56,6 millones de euros), lo mismo que las importaciones han tenido una ligera baja de 3,1 %, para llegar a 217 millones de euros, según las aduanas francesas. El saldo comercial queda pues en -160 millones de euros)” (traducción libre, Dirección del Tesoro, 2019). Pero, en conjunto, los intercambios podrían ser mejores, aunque también es cierto que, en ese clima de respeto y amistad, las relaciones han sido florecientes en otros campos no menos importantes: cultura, educación, cooperación en muchos aspectos: urbanismo y transporte, turismo, enseñanza del francés, formación e innovación, cambio climático e investigación agronómica, defensa del multilateralismo y política internacional (por ejemplo, en el 2013, me tocó el honor, como Canciller, de compartir la presidencia del Grupo de Alto Nivel sobre la Abolición de la Pena de Muerte con el Canciller francés Laurent Fabius, en una sesión paralela a la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, a instancias de él, en reconocimiento a Costa Rica como aliado en la defensa de los derechos humanos). La cooperación universitaria y científica es enorme. La política francesa de becas se ha ampliado en los últimos años hasta el punto de que Francia ocupa la cuarta posición de los países que más estudiantes costarricenses acogen, después de Estados Unidos, España y Alemania. En suma, la relación bilateral es rica, un verdadero torrente de beneficios.

Son muchas las razones para regocijarnos el 14 de julio y desearle a la República Francesa un feliz Día Nacional, con paz y prosperidad.

 

FUENTES

 


Enrique Castillo Barrantes.
Es abogado y sociólogo por la Universidad de Costa Rica y doctor en sociología por la Universidad de Burdeos. Ministro de Relaciones Exteriores de Costa Rica, Embajador de Costa Rica en Francia y Ministro de Justicia. Su vocación literaria le valió el Premio Nacional de Cuento Aquileo J. Echeverría en 2003 por su libro Pesadillas de un hombre urbano.