Enrique Castillo: Abi, el excéntrico

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Enrique Castillo Barrantes.

Era un hombre verdaderamente excéntrico y por tal lo tenían quienes lo conocían, incluso quienes no lo conocían más que de lejos, de solo verlo pasar por las calles del barrio, porque su excentricidad se le notaba a simple vista y lo había hecho famoso, si por fama puede entenderse el ser muy conocido en el ámbito de un sector de la ciudad, aunque en el resto se le ignorase y nunca hubiese sido mencionado por la prensa, la radio o la televisión, pues no era para tanto su originalidad, es decir, que las dimensiones del personaje eran más bien modestas y no había materia para hacerlo célebre. Con ser excéntrico no bastaba; se habría necesitado que fuese genial, dotado de algún talento de valor, algo que justificase su excentricidad, de lo cual esta fuese un rasgo sintomático, como un Salvador Dalí, quien sí era famoso. Pero no: toda su peculiaridad se concentraba en ser excéntrico, nada más.

Sin embargo, había sido suficiente para convertirlo en una especie de personaje público en aquella comunidad que, además de tener su borrachito, su párroco, su panadero y su boticario tenía, gracias a él, su excéntrico, un lujo que no todo barrio puede ostentar. El borrachito, el cura, el panadero y el boticario casi todos los tienen; en cambio, un auténtico excéntrico es poco frecuente.

Desde que nació quedó marcado por la excentricidad, como quien dice destinado a ella, y en eso tuvieron toda la responsabilidad su padre, por haberle escogido el nombre compuesto que le escogió, y el cura, por haber admitido bautizarlo con él: Abimelec Mamerto. De acuerdo en que son nombres históricos: Abimelec, según encontró en una enciclopedia don Julián, papá del agraciado (o agraviado, según se mire la cosa), fue hijo de Gedeón y nombrado juez de Israel después de haber degollado a sus hermanos -conducta nada ejemplar. Murió en el sitio de Tebas, en Palestina, alrededor del año 1100 antes de Cristo. Mamerto, encontró don Julián en la misma fuente, fue arzobispo de Viena de las Galias, falleció por el año 474 y fue santificado más tarde por la Iglesia Católica. Cierto es, entonces, que existían antecedentes históricos, mas eso no quita que imponerle esos patronímicos a un niño en estos tiempos sea una auténtica excentricidad.

En descargo parcial de Don Julián debe decirse que, cuando se dio a la tarea de buscar en la enciclopedia esos apelativos, su propósito no era llegar, con lo que encontrase, al extremo de la excentricidad, sino que en un impulso de ciego amor paterno, quiso ponerle a su primogénito un nombre raro, aunque en parte fuera el de un fratricida, para que siempre se distinguiese de los demás, para que nunca lo confundieran con otros. De tener esa motivación -legítima, si se quiere-, a llegar a lo excéntrico no había más que un grado, y a don Julián -quien, para todo esto, no había consultado a su mujer, como buen machista que era- se le fue la mano cuando, frente a la pila bautismal, el cura preguntó cómo querían los padres bautizar al recién nacido y él respondió, con voz de orgulloso tenor, «Abimelec Mamerto». Y al cura se le fue más la mano todavía al, literalmente, derramar el agua bendita sobre la cabeza de aquel niño, condenado ya por la voluntad de su papá a llamarse así para toda la vida, y al terminar de sellar la sentencia diciendo: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te bautizo Abimelec Mamerto.»

-Julián, tuya será la responsabilidad por lo que haya de sufrir nuestro hijo a consecuencia de esta ocurrencia -fue lo único que acertó a decir doña Sarita cuando el hecho ya estaba consumado.

El resto no fue culpa de los progenitores ni del sacerdote, porque el apellido era inevitable: Tozudo. Si se deseara encontrar un culpable, habría que remontarse a la historia de algún pueblito de Castilla donde la terquedad de un parroquiano, lejano antepasado de Abimelec Mamerto, dio pie para que, primero como apodo, el calificativo de tozudo sirviera para distinguirlo, al principio a él y, más tarde, a toda su familia, hasta que la palabra adquiriera rango de apellido e ingresara oficialmente en el Registro Civil. En lo sucesivo, les cayó implacablemente a todos los descendientes, hasta a los que vinieron a América, a pesar de que no todos heredaron aquel rasgo del carácter que hizo valer el primer Tozudo. En este sentido, hay que reconocer que Abimelec Mamerto Tozudo no era tozudo.

Abimelec Mamerto era un nombre demasiado largo como para que las otras personas, sobrepuestas del estupor de escucharlo por primera vez, no tuvieran la tendencia de simplificarlo. Así, terminó el excéntrico por ser conocido, desde niño, familiar o amistosamente, como «Abi», lo que sirvió para evitarle que, en la escuela primaria, fuera objeto de las burlas de sus compañeros por causa de su nombre.

Porque también hay que decir que, en general, la gente lo miraba con simpatía y sus excentricidades no solían caer mal, algo realmente fuera de lo común ya que, según se sabe, los excéntricos, por el contrario, casi siempre son desconsiderados y hacen cosas capaces de molestar a los demás. Desde que estaba en la escuela, sus compañeros tomaban sus excentricidades con benevolencia, se las perdonaban como se perdona un gesto involuntario y lo rodeaban de protección afectuosa, simulando no prestarles atención, como si padeciese un impedimento físico irremediable.

Después de ir a la escuela, donde sufrió, incomprendido, el castigo de sus maestros por jugar con alacranes, por hacer preguntas extrañas sobre la hostilidad de los insectos, por presentar sus tareas escritas en letras góticas que los docentes no entendían, pasó a la secundaria, nivel en el que terminó de desarrollar su inclinación a la excentricidad con toda exhuberancia.

No es de extrañarse que haya permanecido soltero, si desde adolescente, en los tiempos del liceo, a mediados del siglo XX, donde fue alumno de don Sergio -riguroso profesor de matemáticas de gruesos bigotes, alargados como cuernos de búfalo de agua, y padre de don Ruperto, el actual profesor de historia- a las muchachas que pretendía les conversaba de filósofos, poetas y anarquistas, y en vez de llevarles flores, invitarlas al cinematógrafo o a bailar, las llevaba a tomar horchata y les mostraba su colección de escarabajos disecados, que llevaba en una caja de caoba, bajo el brazo, y que ellas tomaban, al verlo llegar, por un regalo de chocolates belgas, con la consecuente decepción al descubrir su verdadero contenido. No era tímido, sino más bien emprendedor en materia de amores, aunque siempre fracasado, y más de una vez llegó a enamorarse con fuerza y tuvo que sufrir grandes amarguras, sin encontrar jamás la razón de sus tropiezos. Algo intuía, pues tonto no era, pero corregirse estaba fuera de su alcance. Al principio las jóvenes aceptaban sus invitaciones porque no era mal parecido y su singular manera de ser les causaba curiosidad. Cada una de ellas se fijaba, como un desafío, la misión de conocerlo a fondo y de volverlo normal; mas, luego de varios intentos, todas terminaban por encontrarlo aburrido y, sobre todo, embarazoso: sus excentricidades las hacían pasar malos momentos en privado y en público, pues ha de saberse que los excéntricos auténticos, como Abi, lo son en privado y en público, a tiempo completo. En privado lo hizo, por ejemplo, cuando insistió en leerle a su amiga poemas de Sor Juana Inés de la Cruz y declaró que buscaba para ambos una vivencia de «misticismo mórbido». En público, más de una vez interrumpió en el teatro la representación de la obra para dialogar con los personajes, terciando en sus discusiones, abstraído de la realidad y absorbido por el drama que se desarrollaba en el escenario. Los abucheos y rechiflas del público sonrojaban a la acongojada acompañante del momento, sin que Abi se percatase siquiera de que el asunto era con él.

Usó botines y polainas cuando ya hacía mucho tiempo que eran historia, y bombín y tártara cuando hasta los calvos se habían resignado a andar con la cabeza descubierta. No lo hacía por llevar la contraria, sino por una falta de sincronización con las épocas, una suerte de debilidad psicológica. Con esto se afirma que no era excéntrico subversivo, aunque en algunas ocasiones se le salía su ideología libertaria y hacía cosas adrede por reafirmar su identidad personal frente al Estado. Por eso, se acercó en diferentes momentos a partidos políticos contestatarios, en cuyas reuniones, sin embargo, desentonaba, ya que sus excentricidades no lo hacían apto para seguir «la línea de partido» ni para acatar instrucciones, muy a pesar suyo y de los partidarios, quienes no dejaban de reconocer en él una cierta inteligencia independiente y refrescante.

Pero era de esperarse que no fuese muy lejos en sus incursiones políticas, dado que trabajaba para el Estado. Hasta los excéntricos tienen que comer y Abi, habiéndolo comprendido, optó por ingresar al Registro Público de la Propiedad, a los veinticinco años, y al poco tiempo, metódico como era, llegó a ser registrador, un cargo de mucha responsabilidad. Y desde allí le dio un mentís a todos los que habían pronosticado que, convertido en burócrata, perdería toda su originalidad y terminaría normalizado por la burocracia, aunque sí debe admitirse que aquella condición puede haber limitado sus inquietudes políticas. Su excentricidad, como un demiurgo interno, se las arregló para subsistir en aquel marasmo de datos de inscripción de muebles e inmuebles, de traspasos, cesiones, hipotecas y prendas, de escrituras y certificaciones, de sellos y timbres y, al revés, encontró un nuevo aire. Así, se vio a Abimelec Mamerto devolverle un documento defectuoso a un notario sin haberlo registrado, con sus observaciones sobre los defectos del texto escritas en tinta verde y en verso.

Cuanto más rutinario era su trabajo, más se liberaba fuera de la oficina. Se encerraba en su casa a oír música gregoriana y leía con fruición viejos textos de filosofía, de los cuales citaba de memoria máximas, dichos, sentencias y proverbios, algunos en latín. Cuando recibía la visita de sus compañeros de trabajo, lo encontraban en pantuflas y con corbata de lazo.

Hay quien duda de que Abi sepa a ciencia cierta que es excéntrico. En el bar de la esquina del parque, diagonal a la iglesia, donde se reúnen los personajes que forman la opinión pública del barrio, se ha escuchado que Abi no lo sabe. Don Ruperto, profesor de Historia en el liceo, el hombre más culto de ese grupo, dijo incluso, entre el aire enrarecido por el humo de cigarrillo, apoyado en la barra de ricas maderas y bronces:

-¿Cómo va a saberlo, si la excentricidad es un juicio de valor que nosotros les aplicamos a ciertas cosas que, a la larga, son sentidas por quien las hace como normales y anodinas?

Tras escucharle con respeto, los contertulios se lanzaron luego a una discusión en la que la tesis contraria, la de que la extravagancia es un hecho objetivo y universal, autónomo y ajeno a las opiniones de la gente, no faltó. Don Ruperto, gozoso, siguió pasivamente la discusión, satisfecho de haberla provocado, mientras saboreaba su brandy español, única bebida que lo atrae al bar, donde consume únicamente una o dos copas en toda la tarde, los sábados, como otros de los presentes, pues no es cosa de pensar que la clientela del bar sea toda de bebedores cotidianos. Solo el borrachito lo es y a ese en el grupo no le prestan atención, de muy sabidas que son ya sus opiniones.

Esto ilustra, de paso, hasta qué punto Abi, el excéntrico, es tema de conversación y, más que de conversación, de observación, de análisis, de reflexión, piedra de toque de la filosofía de los vecinos, a quienes sus peculiaridades sugieren variados pensamientos sobre la naturaleza humana, la psicología insondable de los excéntricos y la extrema variedad de los hombres.

De quien hablan es hoy un ser maduro, de sesenta y tres años, solterón y pensionado, un solitario de mirada triste que lleva anteojos sin aro, un saco café con líneas azules cuadriculadas, de pelo largo, lacio y bastante negro aún. Por fin, también fue hijo único, y algún chistoso de mal gusto se atrevió a decir que, después del nacimiento de Abimelec Mamerto, ninguno otro se animó a nacer en el matrimonio de don Julián y doña Sarita, de puro miedo a pasar por la misma experiencia que el primogénito. Actualmente, aunque no tenga sentido decirlo así para alguien de su edad es, además, huérfano, porque sus padres se quedaron en el camino hace muchos años.

Al bar del barrio nunca va. En realidad no es bebedor y esto, aunque los otros clientes tampoco sean tomadores de verdad, lo hace descartar, de entrada, toda idea de ir allí. Es una lástima porque, de seguro, se hubiese integrado bien al grupo. Al fin y al cabo don Ruperto, el profesor; don Abundio, el boticario, el dueño de la tienda de ropa, llamado Filiberto Aranda, don Eustaquio, el del banco, y otros más, son gente de espíritu abierto y hasta podría decirse que todos ellos tienen algún rasgo original, que hubiese hecho a Abimelec Mamerto sentirse a gusto. Pero una de las peculiaridades de los excéntricos es la de nunca ir a donde el grueso de las gentes va. Ir al bar es algo que a Abi no le nace.

Es probable que la gente no lo malquiera gracias a que es un excéntrico con dimensiones humanas y esto, la verdad sea dicha, no es mérito suyo. La causa es su pobreza que no le ha permitido trasformar su excentricidad en petulancia, como les ocurre a quienes encienden un puro con billetes de cien dólares y festejan sus cumpleaños en un palacio, con juegos de pólvora y kilos de caviar servidos en fuentes de plata tan grandes como soperas. Abi es un excéntrico humilde, a quien nunca se le han ocurrido tales ideas por inalcanzables y, por eso mismo, no ha conocido la celebridad.

Mirándolo, todos se preguntan qué pasa por el cerebro de un excéntrico. Ha de ser intrincada la mentalidad suya, piensan algunos, tratando de adivinar cómo opera una mente así. Otros sostienen que no ha de presentar ninguna particularidad, puesto que Amibelec Mamerto no es consciente de las cosas extrañas que hace. Pareciera que ambos bandos tienen razón: unas son producto de su talante distraído y de su falta de sincronización con el entorno, como su particular estilo de vestir o las preguntas inoportunas que hace a las viudas sobre la salud de sus maridos; otras son deliberadas, afirmaciones de su carácter, bien ejemplificadas por su costumbre de pasar frente a la comisaría tarareando canciones de protesta o la de entonar fragmentos de ópera a medianoche y a todo pulmón, convencido de que un baño de música culta sobre las cabezas de los dormidos vecinos, administrado subliminalmente, puede mejorarles su gusto musical.

En el fondo, es un hombre marcado por la soledad. Hijo único y solterón, sociable a pesar de todo, forzosamente desarrolló el hábito de hablar en voz alta consigo mismo, algo que muchos toman como signo de su excentricidad y que, no obstante y aunque no lo parezca es, por el contrario, una seña de cordura para combatir el aislamiento sin perder el juicio. También por esa razón vive rodeado de animales, quizá demasiados si se toma en cuenta que son diez perros, aparte de un perico. Eso lo juzgan los demás, igualmente, como manifestación de su excentricidad. Se puede conceder que sí, porque para acompañarse le hubiesen bastado uno o dos. Pero el amor por los animales es lo que más le da su rasgo humano y amable, tan apreciado por amigos y vecinos. Desde que tiene mascotas, conversa más con ellas que solo.

Abi ha muerto. Y lo ha hecho de la única manera en que podía hacerlo: excéntricamente.

Un buen día decidió emprender un viaje para asomarse al mundo y ver lo que encontraba por ahí. Como para muchas cosas era anticuado, solo se le pudo ocurrir hacer el periplo en barco. Atravesó el Atlántico en uno de las poquísimas naves que, en la actualidad, hacen ese trayecto. Desembarcó en Génova y, casi de inmediato, abordó otro buque y se fue a Egipto. Entró a ese país por Alejandría, donde permaneció una semana tomando baños de mar con un vestido de baño al estilo de principios de siglo XX, de pierna larga y camiseta, mas, como los alejandrinos están acostumbrados a ver pasar por su ciudad americanos y europeos estrafalarios, nadie le prestó atención. Así también pudo caminar tranquilamente por las calles, asombrado de observar una cultura diferente de la suya. Después, remontó el Nilo y exploró los sitios arqueológicos hasta el Alto Egipto: Valles de los Reyes y de las Reinas, Karnak, Luxor, Edfu, entre otros, llegó hasta Abu Simbel y después se quedó vagando unos días en Asuán.

A lo largo de todo ese viaje, le fue entrando una gran paz espiritual y se empezó a sentir muy a gusto en aquellas tierras. La razón de tanto contento era que encontraba allí un mundo al revés del de su patria: otros tipos humanos, otras costumbres, otras vestimentas y, como él, por ser excéntrico, también vivía al revés en su país, en Egipto se sentía al derecho. Si le daba la gana andar en pantuflas por la calle, nadie lo notaba ni lo volteaban a ver con esas sonrisas a que, con tanta frecuencia, se veía expuesto en su propia ciudad cuando salía de su barrio. Descubrió, en pocas palabras, la diversidad de la que él, en el sitio donde nació, era un prototipo depurado. Y tenía una ventaja más: la del anonimato. En Egipto era un perfecto desconocido.

Prolongó su estadía más de lo previsto y regresó a su barrio porque se le agotaron los ahorros. Pero volvió muy cambiado. El viaje había provocado en su espíritu una transformación: se hizo apacible. Dejó de provocar a los policías de la comisaría y no cantó más a medianoche.

Poco tiempo después cayó enfermo y aceptó que el círculo de su vida tenía que cerrarse. Recordando que los faraones, al morir, eran llevados por el Nilo en una lujosa barca funeraria hasta el punto de su entierro, se montó en una balsa de maderos, se dejó llevar por la corriente de uno de los ríos más grandes, pasó la desembocadura hincado sobre los troncos y, levantando los brazos en un dorado atardecer lleno de celajes, desapareció en el océano.

Cuando se supo la noticia, en el bar lo despidieron simbólicamente con un brindis y el barrio perdió, desde ese día, la gracia de sus impredecibles extravagancias.

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