Enrique Castillo: Alma de perro

Malavassi en sus lecciones de filosofía en la Universidad de Costa Rica. Por eso, lo mejor es remitirnos a los hechos y analizarlos con criterio cartesiano.

0

Enrique Castillo Barrantes, Abogado y sociólogo, Ex Canciller de la República.

No; ¡Qué va! Con ese título no voy a glosar un insulto denigrante, sino a exponer en pocas líneas la teoría filosófica más dramática de los últimos cinco siglos, desde que Bartolomé de las Casas les reveló a los españoles que los indígenas de América sí tenían alma, aunque tuviesen un aspecto tan distinto al de los europeos y hablaran lenguas incomprensibles. Me apresto a comunicarles el producto de mis profundas meditaciones durante casi diez años sobre la esencia de la canidad.

El principio de la historia se remonta un poco más lejos. De joven adulto no me gustaba la presencia de los niños. Tuve que madurar y mejorar como ser humano para apreciar el encanto de la niñez, hasta desear ardorosamente tener hijos. Luego, fueron mis hijos pequeños quienes me hicieron franquear otro prejuicio: mi fobia de los perros. Después de mucho rogarme, tuve que regalarles uno y resignarme a su presencia en la casa. Y entonces empezaron los descubrimientos que me han llevado a darle forma a mi teoría: los perros tienen alma.

No quiero entrar en conflicto con ninguna iglesia o religión. ¡Dios me libre de una acusación de herejía! Estoy dispuesto a hacer concesiones que me libren de la cicuta, tales como aceptar que el alma del perro puede ser más pequeña, más modesta, más rudimentaria que la de los humanos. O que se trata de un espíritu, entendido como la suma de todas sus funciones psíquicas. Total, no voy a entrar tampoco en aquellas disquisiciones nominalistas en que se metían los filósofos medievales para saber si una cucaracha, al picar una hostia, comulgaba o no, según nos relataba don Guillermo

Malavassi en sus lecciones de filosofía en la Universidad de Costa Rica. Por eso, lo mejor es remitirnos a los hechos y analizarlos con criterio cartesiano.

Una cuestión de lenguajes. El símil con los indios y españoles de la conquista es válido: entre elos había una tremenda falta de comunicación debida al uso de lenguajes diferentes. A menudo me pregunto qué me diría mi perro si pudiera hablar. Talvez me diría que el lugar a donde van todos ellos al morir se llama la Selva Eterna, un lugar de ríos limpios donde abunda el alimento y reina el Gran Can. No lo sé. Mas no tengo la menor duda de que muchas veces entiende claramente lo que digo. En todo caso, la mayor distancia que nos separa es el silencio, pero tan solo el silencio. Tuve esa intuición desde la primera vez que me vi confrontado al animalito y, todos los días, la escena se renueva: yo lo miro a los ojos tratando de adivinar si piensa algo y, de repente, me doy cuenta de que él me mira de la misma manera, con unos ojos negrísimos y profundos que ven directamente a los míos, tratando de escrutar lo que pienso. Esa simetría entre la actitud suya y la mía me desconcierta. ¿Tan parecidos somos?

Defectos y virtudes. La verdad es que sí, que somos muy parecidos. El que tengan alma no es necesariamente una ventaja. Del mismo modo en que los humanos somos buenos y malos a la vez porque cada hombre o mujer hace cosas buenas y malas, el espíritu perruno puede hacer que los canes sean viles o amorosos. Nuestro perro es capaz de acciones vengativas como cuando hacía sus peores gracias en los lugares más prohibidos luego de que los restantes miembros de la familia nos habíamos ido de paseo durante el fin de semana, sin llevarlo. Lleno de ternura, se acerca en las mañanas al pie de la cama a saludar a mi mujer, por quien tiene real adoración. A mi regreso, cada noche, me recibe con alegría. Muestra su mejor humor cuando juega conmigo a las perseguidillas. Y llora como un niño cuando se siente solo. Sin embargo, es pendenciero y bravucón en la calle, cuando ve uno de su especie, aunque sea de mucho mayor tamaño que él; pero, si es hembra, va tras ella con aires de seductor, zalamero y sometido. Reposa, encantado, oyendo música clásica y nos supera con su olímpico desdén de la televisión.

Un entendimiento tácito. En todas esas cosas he visto la demostración de algo inefable, no menos verdadero porque no podamos percibirlo directamente. Como quiera que sea, en el fondo subyace a la falta de comunicación una indubitable integración, un entendimiento tácito. Tengo la certeza de que el perro lo sabe, igual que nosotros: estamos juntos en el mundo, podemos convivir y aceptarnos mutuamente, navegar juntos por el universo. Entre ambas especies hay una clave, quizá inconsciente, un punto de armonía en la naturaleza. Si entre los seres humanos no ha habido manera de lograr la paz total, es maravilloso que se dé entre perros y hombres.

De todas las observaciones, la que más me alienta y me hace soñar es la de que el perro pueda actuar con humor. Tengo todavía la fuerte sospecha de que fue intencional el tirón que le dio a la correa, echando su cuerpo bruscamente hacia adelante y con toda su fuerza, cuando caminábamos una noche sobre una acera húmeda, y me hizo caer acostado de espaldas en la resbalosa capa de musgo. Si hubiera podido verlo bien en la oscuridad, estoy seguro de que lo hubiera sorprendido sonriendo socarronamente.


En La Nación, Costa Rica, 4 de abril del 2001

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...