Enrique Castillo: El gesto del batracio

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Enrique Castillo.

Todavía no sé si era un árbol o un arbusto, pero su copa era muy extendida, casi redonda, densa, de hojas pequeñas, y sus ramas no se levantaban a más de un metro sobre el suelo. Tendido bajo esa sombra pasé casi todo el día, observando los escasos movimientos de seis o siete personas que compartían conmigo aquella blanca y solitaria playa de una islita de la República de Panamá, en el océano Pacífico. El mar estaba tranquilo como un lago: apenas el suave vaivén del agua daba indicio de su fuerza. Solamente las zambullidas de los pelícanos alteraban el silencio. A veces yo dormitaba y, a ratos, estaba completamente alerta pero inmóvil, mirando el paso de un pájaro o el intenso azul del mar. En los extremos de su forma curva, unos negros peñascos delimitaban la playa. A eso de las cuatro y media de la tarde, hastiado de tanta placidez, emprendí el camino de regreso.

Después de caminar medio kilómetro llegué, sudoroso, al hotel. Me acerqué a una ducha en los jardines para lavarme la arena y la sal. Como quedaban unas dos horas de luz solar, no quise irme a la habitación y busqué la piscina.

Había un bar circular con un techo cónico de tejas. La mitad estaba fuera de la piscina y, en la otra mitad, había bancos de cemento inmersos en el agua. Nadando, alcancé uno de ellos y le pedí un ron con cola al cantinero.

Estaba tomando el segundo ron cuando una mujer se acercó por la mitad opuesta del bar y se puso a esperar que aquel la atendiera. El cantinero estaba ocupado con otros clientes. Ella siguió esperando, de pie. Como estaba directamente frente a mí, me miró con una mirada seca, indiferente. Yo me dediqué a observarla. Era alta, rubia, cuarentona, ni gorda ni flaca, ni fea ni bonita. Vestía un traje de baño y llevaba puesta una blusa desabotonada que le tapaba los hombros.

Ella observaba al cantinero y yo observaba todo alrededor. A veces nuestras miradas, extrañas, se cruzaban. En uno de esos instantes la vi hacerlo y supe lo que había hecho. No me alarmé, pero sí me sorprendí. La había visto abrir la boca en una centésima de segundo y agitar rapidísimamente su lengua, fina y delgada, como solo lo hacen los reptiles. Fijé mi mirada en ella mientras reflexionaba sobre lo que acababa de ver. Pensé entonces en cuántas veces los humanos hacemos gestos o movimientos que evocan los de algún animal. «Tal vez no sea nada más que una asociación de ideas», me dije, aunque yo estaba seguro de lo contrario.

Ella seguía impávida, a lo sumo quizá impaciente porque el cantinero aún no la atendía. «No es de serpiente, es de sapo… el gesto», pensé, sin quitarle los ojos de encima. «No puede ser», me dije, «ya estoy prejuiciándome.»

Por fin el cantinero, un hombre bajito y moreno de origen kuna, me dio la espalda y se fue a atenderla. Ella le dijo algo que no pude escuchar y él se volvió, metió la mano en un refrigerador, sacó una lata de cerveza y se la dio. Ella le pagó. Él caminó a la caja y retornó con el cambio y el recibo. Se los entregó y se volvió para atender a otros clientes.

En ese instante la vi hacerlo de nuevo: el papelito del recibo voló con el viento, se alejó de ella y cayó un metro más allá, sobre el mostrador. Imperturbable, no se movió. Una lengua muy delgada, negra, con doble punta, se alargó desde su boca, se pegó al papel y en un rapidísimo movimiento se lo trajo de regreso.

Dio media vuelta y comenzó a caminar sin prisa. La vi llevarse disimuladamente la mano derecha a la boca y seguir andando con la cerveza en la mano izquierda y, entre los dedos de la derecha, el papelito blanco.

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