Enrique Castillo: El hombre del fuego

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Enrique Castillo Barrantes.

Kurt Esser se acerca a la aeronave, un aparato de fumigación estacionado sobre la pista, bajo el pesado sol.

-¿Ya está listo el avión?

-Sí, capitán Esser. Cuando usted quiera…

El asistente ha respondido sin mostrar ninguna actitud de asombro, acostumbrado como está a la figura de Kurt, a su rostro deforme, con la dentadura expuesta como la de una calavera, pómulos de piel hulosa y ojillos claros muy humanos y expresivos a pesar de no tener pestañas ni cejas. Es totalmente calvo y flaco, de manos huesudas y llenas de cicatrices.

Kurt sube sobre el ala izquierda y penetra en la estrecha cabina. Se acomoda en el asiento, enciende el motor y, mientras inicia los procedimientos de verificación de funcionamiento y seguridad, mentalmente repasa ese otro rito interno de las reminiscencias inevitables cada vez que inicia un vuelo. Porque cada vez que toma los controles de un avión se remonta a su historia personal de hace varias décadas y al accidente que lo marcó para siempre.

Nació en el barrio de Schwabing, en Munich, en 1920, en una familia culta de la pequeña burguesía. Luego de terminar sus estudios secundarios, a los diecinueve años ingresó en la fuerza aérea, la poderosa Luftwaffe. Después la guerra comenzó y Kurt encontró en ella el camino de la realización personal. Sus padres estaban orgullosos de tener un hijo en la aviación y él lo estaba de servir a su país, ignorante, como la mayoría de la gente, de los pérfidos designios del nacionalsocialismo. Además, disfrutaba con un placer inmenso volar. Un día de abril de 1942, hecho ya un joven aviador experimentado, volaba en su avión de caza Me 109 sobre el noroeste de Alemania, en medio de una escuadra que había recibido órdenes de levantar vuelo para interceptar una flotilla de la Real Fuerza Aérea Británica, la cual había penetrado en el espacio aéreo alemán. A los treinta minutos de vuelo, Kurt y sus compañeros avistaron los aviones enemigos. Se desplegaron, separándose. Kurt emprendió un amplio giro, pensando aproximarse y atacar por un costado a un grupo de cinco aviones de caza que aún mantenía su formación. Al colocarse a la misma altura, desde ese plano se alistó para atacar cuando, súbitamente, un fuerte golpe sacudió su avión. Un Hurrican, que se había desprendido de otra escuadrilla no vista por él, lo había perseguido y, desde un plano inferior, había ascendido tras el aparato de Kurt sin que este se diese cuenta y le había disparado por debajo y desde atrás, con éxito. No obstante, Kurt logró evadirse de modo habilidoso y, gracias a la potencia y a la maniobrabilidad de su nave, logró frustrar la persecución del inglés. Sin embargo, el Me 109 estaba seriamente dañado y, bajo su asiento, Kurt sintió el calor del fuego y vio surgir, entre sus rodillas, las llamas y el humo. Trató de activar el eyector de su asiento, pero estaba atorado por causa del mismo fuego. Las llamas crecían y alcanzaban los brazos y las manos del piloto, aferrado al timón como si en eso le fuera la vida. El dolor era insoportable y le cubría las piernas, los brazos y la cara, esta última también sumida en las llamas. La visibilidad era casi nula debido al humo que llenaba la cabina. Por fin el eyector funcionó y Kurt salió despedido. Pudo abrir el paracaídas, cuyas correas ardían provocándole más quemaduras, pero logró dominarlo, a pesar de que estaba a punto de desmayarse, y cayó como pudo en un trigal.

Allí permaneció varias horas, incapaz de moverse por el dolor de las lesiones. No tenía fracturas, pero tenía quemaduras severas. Tendido sobre el suelo, pasó la noche. Por suerte, era una noche tibia, excepcionalmente tibia, de primavera. Durante todo ese tiempo en el centro de aquella desolación, pensó que si no lo rescataban pronto moriría de hambre o de las heridas que, a la intemperie, se infectarían

Al día siguiente, el propietario de la finca, que iba a pie por el trigal en dirección a una cabaña que le servía de bodega, lo vio. Corrió a su casa a dar la alarma a su mujer para que ella le avisara al vecino más cercano, y regresó con una carreta tirada por un caballo. Luego, con la ayuda del vecino, levantó al herido, lo depositó en la carreta y lo llevó a su casa.

En esa época no había facilidades para conducirlo a un hospital. Así que, habiendo reconocido en Kurt los restos del uniforme de la fuerza aérea, el campesino y su mujer pensaron que estaría bien ayudarle y lo refugiaron en su casa hasta que estuvo fuera de peligro y pudo caminar. Lo curaron en las fases más difíciles de su convalecencia, ardua y lenta, llena de sufrimientos; algunas partes de su cuerpo se habían quemado hasta el hueso. Día a día, tendido en un lecho, Kurt soportó con un temple extraordinario, sin quejarse, el tormento del dolor y de la inmovilidad. Aquel joven sensible, criado entre la música y las letras, mostró durante meses que también era un soldado disciplinado y digno de su condición. Solo eso y el mucho cariño que puso la pareja en su caritativa misión podrían explicar la milagrosa sobrevivencia del derrotado piloto. No obstante, la falta de cuidados médicos y hospitalarios, en un caso tan serio, habrían de reflejarse en las cicatrices y las deformidades que lleva hoy.

Cuando por fin se reintegró a la vida del país, eran mediados de 1943. Lo habían dado por muerto; no obstante, pudo aclarar el asunto y demostrar su identidad. Lo pasaron a retiro, pero le dieron un empleo en la misma aviación, haciendo trabajos de oficina, lejos de la atención al público.

Aunque estaba todavía un poco lejano, ya se vislumbraba el desastre final del nazismo, porque la guerra se le había complicado a Alemania tanto en sus pretensiones de invadir Inglaterra como en el frente ruso, donde había fracasado; también estaba perdiendo en África.

La guerra terminó y Kurt quedó libre y sin empleo. Huyendo de su país, arrasado, ocupado y dividido, donde no creía poder encontrar seguridad económica, decidió emigrar hacia América.

Primero viajó a Argentina, al encuentro de una rama de la familia materna que se había establecido allá desde hacía varias décadas. Se alojó en un piso en Buenos Aires, en una de las calles perpendiculares a Corrientes, y pasó dos años haciendo toda clase de trabajos esporádicos que le procuraban sus familiares y viviendo un poco recostado a ellos, pues no lograba redondearse un ingreso estable y suficiente, a pesar de la bonanza general de la Argentina en esa época.

Luego decidió trasladarse aquí, a San Pedro Sula, porque se había enterado de que era una región productora de banano, de cacao y de caña de azúcar, y de que las plantaciones eran fumigadas por avión. Como seguía en condiciones de pilotar un aeroplano, no obstante las deficiencias que le había dejado la guerra y como, además, la pericia requerida por un avión fumigador no era distinta de la que demandaba uno de caza, pensó poder adaptarse a esa nueva variante del oficio de piloto.

Tal y como lo había previsto, en poco tiempo pudo colocarse como aviador de fumigación a sueldo. Después, con sus ahorros, se compró un aeroplano y fundó su pequeña compañía, lo que le ha permitido independizarse y vender sus servicios a un buen precio. Por eso hoy, como cada vez que sale a volar, al iniciar el desplazamiento por la pista y mirar la nariz de la nave y la hélice girando, se siente orgulloso de su avión.

Es un hombre extremadamente solo. Por su deformidad, nunca ha podido encontrar un amor y habita, solitario y resignado, un sencillo apartamento. Adora, eso sí, los aviones. Tienen la ventaja de ser cosas, no seres humanos, y puede encariñarse con ellos sin temer un gesto de rechazo

Ya va a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, comenzando a despegar. En pocos minutos toma altura, hace un giro hacia occidente y observa los bananales que debe fumigar. Empieza a bajar, haciendo la primera aproximación a las plantaciones. Vuela ya a poquísimos metros de altura, a ras de las matas de banano, posición en la que la sensación de velocidad sobre aquel mar de verdor es intensa, vertiginosa, deliciosamente física, y en el punto de paroxismo de ese placer, el avión choca contra un cable de acero que había sido tendido provisionalmente entre dos postes para efectuar unas pruebas de irrigación. Con la fuerte sacudida, la aeronave da un vuelco hacia adelante y se entierra de nariz en el suelo. El cinturón retiene a Kurz con vida. Pero, inmediatamente el aeroplano se incendia, con tal fuerza, que los trabajadores, que acuden en cuestión de segundos a auxiliar al piloto, no pueden acercarse. El calor de las llamas los rechaza. Dentro de la cabina, quizá herido, Kurt se mueve agitadamente, pero no puede liberarse. Los trabajadores observan hasta que su silueta queda inmóvil en medio de las llamas.

El pasado termina de consumirse en el fuego del presente.

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