Enrique Castillo: El proyecto Matemis

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Enrique Castillo.

El hombre bajaba la pendiente. En un recodo del camino se detuvo a observar el paisaje. Muy lejos se divisaban las altas montañas del otro lado del valle. Pero, de cerca, los potreros verdes y luminosos ocupaban la vista. Hacía calor. El Sol estaba ya bastante alto: eran las diez de la mañana. Sintió el sudor en las axilas y en el pecho. También bajo el bigote rojizo y fino, unas gotitas humedecían su piel. Miró de reojo hacia atrás y vio, todavía humeante, en lo alto de la colina, al pie de un cipresal, la chimenea de la cabaña de la que había partido hacía media hora. De las cortas mangas de su camisa salían dos brazos largos y rudos, pecosos y cubiertos de un vello canelo. Se llevó ambas manos hasta los hombros y se acomodó las correas del morral, pegado a su espalda, y se ajustó el sombrero de lona verdosa. Retomó aliento y prosiguió su descenso, levantando el polvo al paso de sus botas.

Aunque iba hacia abajo, la caminata era pesada y le daba tiempo de pensar. Nunca hubiese creído que la recolección de los fósiles, que ahora traía en la mochila, fuese tan fácil. Estaban a flor de tierra, no en este camino, sino mucho más arriba, en el que sube después del poblado hacia la cumbre de la cordillera, solitaria y fría. Si a nadie le habían interesado era, con seguridad, porque las gentes de esos lares ignoraban su importancia. Sin embargo, uno entre ellos, el indio Marcos Luna, no había podido disimular su sorpresa y un cierto disgusto cuando le mostró algunas de las piezas que acababa de encontrar. «El indio sabe algo que los demás no saben», pensó.

Manuel Arteaga tenía razones para pensar así. Todas las piedras que le había mostrado habían sido recogidas a la orilla del camino. Eran tan abundantes que, con ellas, el ayuntamiento había lastrado la vía. Bastaba con agacharse y juntarlas. Muchas tenían impresas formas de conchas, fragmentos de caracoles y de otros moluscos cuyas materias se habían disuelto y desaparecido con el transcurso del tiempo. Solo habían quedado sus ondulaciones y redondeces moldeando aquellos pedruscos que en un pasado prehistórico fueron un lecho de arena bajo los mares. Marcos Luna los conocía de sobra y no era de esperarse que se sorprendiese ni se disgustase porque un forastero tomara algunos. No obstante, Manuel adivinó desde un principio que la clave de la actitud del indio estaba en una piedra en particular, de aquel mismo puñado, cuyos rasgos únicos no le parecían equiparables con ninguna forma conocida de animal. Sus ojos entrenados de geólogo la habían distinguido desde el primer instante y fue casi intencionalmente que se la mostró a Marcos entre las otras. Mas la señal era vaga. El indio había callado. Manuel dudaba de la validez de sus conclusiones y, por momentos, pensaba que era su fantasía la que lo engañaba, haciéndole creer que Marcos sabía algo. Sin embargo, admitía que la forma impresa en la piedra bien podía ser la de algún animal común de épocas pasadas, que algún biólogo o hasta el mismo Marcos pudiese reconocer. Pero no. Manuel estaba seguro de tener un gran sentido psicológico y la mirada turbada de Marcos solo admitía una interpretación: sabía algo, pero ¿qué?

La sutileza del blanco y la reserva del indio impedían dilucidar la cuestión. Si Marcos Luna tuviera un motivo para oponerse a que Manuel Arteaga se llevara la piedra, no se opondría precisamente para no tener que revelar el motivo de la oposición, más grave e importante que la piedra misma. El explorador tampoco había preguntado nada, primero, porque podía ser que en realidad el indio no supiese nada y hubiera sido una imprudencia despertar su curiosidad con una pregunta y, segundo, porque al hacerlo, hubiese puesto en evidencia que conocía la singularidad de la pieza y que adivinaba su valor.

Otra cosa más reforzaba las inquietudes de Arteaga: Marcos Luna no era cualquier indio. Aunque parecía más joven, era un hombre maduro, de cuarenta o cincuenta años -un viejo para la expectativa de vida de esa población miserable y discriminada-, y además era uno de los jefes de la comunidad. Pasaba por ser sabedor de muchas cosas, una especie de memoria viviente de las ciencias y la religión de su pueblo, custodio de sus secretos. Por eso, su gesto era significativo para Manuel, y la indiferencia de los demás solo resaltaba la turbación de Marcos Luna, pues únicamente él podía haberse conmovido por la trascendencia de aquel objeto.

Cuando, una semana atrás, el geólogo Manuel Arteaga llegó a la aldea para recoger muestras de rocas en busca de explicaciones del origen del suelo en esa zona, a los indígenas les pareció inocuo y divertido, con su figura larga y espigada, sus botas altas y su sombrero de grandes alas, su pelo rojo y su piel pálida. Lo acogieron, le dieron posada y lo ayudaron amablemente. En todo momento fueron hospitalarios, y el propio Marcos Luna no dejó de serlo aun después de la aparición de la extraña pieza. Tampoco desconfiaban de su saber, que no parecía ser significativo. Y así era, en verdad, ya que Manuel no podía descifrar nada sobre el terreno. En esa etapa, era un simple recolector de muestras. Tendría que llevarlas a los laboratorios de la universidad, donde serían examinadas en el contexto de complicados esquemas explicativos, geológicos, históricos y biológicos, y serían pasadas por el tamiz de pruebas químicas y físicas. En ese vasto plan y no obstante ser el director, Manuel Arteaga era apenas un miembro más de un equipo numeroso. A los indígenas más les parecía un extravagante científico incapaz de atentar contra la cultura de su tribu. Y eso era exacto. Manuel Arteaga era un buen hombre, cuyo único exceso era la curiosidad científica.

Ahora, a medida que descendía por el camino pensaba en la intrigante mirada de Marcos Luna y aceleraba el paso, impaciente por regresar a la universidad y sacar de ellas los secretos de la evolución de la Tierra. Alcanzó el pueblito de Huentaino, desde donde partió, tres horas más tarde, en un destartalado autobús pintado de llamativos colores, sobrecargado de luces y con versos escritos en los costados. En Orobiza hizo trasbordo a un autobús más moderno y, a las nueve de la noche, se bajó en la terminal del sur de la ciudad, tomó un taxi y llegó, en media hora más, a su apartamento, cansado y hambriento. Sacó del refrigerador una cerveza, se preparó un sándwich de jamón, que se tragó en tres bocados, y se dejó caer sobre la cama, sin desvestirse, sudado y sucio como estaba.

Pasaron seis meses y Manuel Artega volvió a la aldea. Esta vez lo recibieron con una actitud ambivalente: lo saludaron risueñamente, como a la persona conocida que era, pero se mostraron evasivos para ayudarlo. Consideraba un hecho que Marcos Luna les había hablado negativamente de él. Eso era previsible y por ello  había evitado regresar. Pero si finalmente había tenido que hacerlo era porque en la universidad sus colegas y compañeros habían estimado ineludible su retorno. Casi todas las piedras habían sido útiles a la investigación, aunque no habían aportado nuevos conocimientos. Eran útiles para confirmar cosas sabidas, como la época en que esos territorios emergieron del mar y la composición del suelo, mientras que los fósiles habían permitido documentar dos o tres especies animales extintas y desconocidas. Todo ello encajaba en los propósitos iniciales del estudio, en los «objetivos», como solían decir los expertos, y justificaba ampliamente su costo. Científicamente, era un trabajo exitoso. Pero había un impedimento para darlo por concluido: la extraña piedra no había liberado su secreto. Ni la lupa ni el microscopio ni la macrofotografía ni los rayos X habían contribuido a encontrarle el sentido a los caracteres trazados en su superficie. Las líneas simétricas y armoniosas bien podían corresponder a huesos y cartílagos de algún animalito prehistórico, pues biólogos y físicos sabían que la naturaleza era generosa en producir figuras delicadas como el caracol y los cristales de nieve. Era obvio que la pieza constituía tan solo un fragmento de otra mayor, que necesariamente hacía incompleta la figura grabada en ella. Había que buscar el resto u otras similares de mayor tamaño, y esta era la primera razón para justificar el regreso de Arteaga.

No obstante, el asunto era mucho más complicado. La piedra no reaccionó a las pruebas químicas. Los distintos reactivos que le fueron aplicados no produjeron cambio alguno. Su composición no pudo ser identificada y los expertos llegaron a una conclusión frustrante y asombrosa: estaba hecha de un único elemento, probablemente un metal, no conocido y, por lo tanto, no incluido en la tabla periódica. Por medio de pruebas físicas descubrieron sus extraordinarias dureza y resistencia, a pesar de tener un peso más bien liviano. Su color gris muy oscuro, casi negro, hacía pensar en distintos materiales volcánicos; pero no compartía con ellos ninguna otra característica, aparte del importante dato de que las serranías donde fue encontrada no eran volcánicas.

Y faltaba una sorpresa más: no pudieron determinar su edad. Los métodos existentes para este fin, como el carbono 14, no funcionaron.

-Es un caso de serendipity» -dijo el físico Hugo Huestra, graduado de la Universidad de Chicago-. Se trata de un hecho anómalo y estratégico, que nos obliga a replantearnos los términos y la extensión del estudio -explicó.

Todos pensaron que desentrañar el significado de la piedra sería un desafío fascinante. En cambio, como director del proyecto, Manuel pensó prosaicamente que reformular las hipótesis y prolongar la investigación requeriría de trámites burocráticos engorrosos para obtener los fondos necesarios.

Pero a pesar de ello habían logrado convencerlo de la importancia del proyecto y lo comprometieron a regresar a la aldea. En esa misma reunión, alguien empezó a llamar la piedra el «matemis», como una graciosa contracción de «material misterioso» y, mientras pensaba en la manera de enfrentarse de nuevo con el indio Marcos Luna, Manuel lo había terminado rebautizando como el «Proyecto Matemis».

Pero todo eso había ocurrido hacía un mes y todavía Manuel seguía sin saber cómo actuar con el líder indígena.

Después de meditarlo durante tres días, optó por tomar al toro por las astas. Al anochecer buscó al indio Marcos en su choza. Con un ademán, el anfitrión lo hizo pasar. Se sentaron en el suelo sobre unas esteras de paja. La lumbre del fogón apenas proveía una luz rojiza en la vacilante semipenumbra. Marcos guardó silencio. A Manuel le correspondía tomar la iniciativa.

-He venido a visitarlo para rogarle que transmita mi agradecimiento a la gente del pueblo, y también para agradecerle a usted que me permitan hacer mi trabajo entre ustedes por segunda vez -empezó diciendo.

Llegados a ese punto, Marcos se levantó y tomó una jícara; ofreció una taza de plástico al visitante y vertió en ella una bebida tibia. Luego, se sirvió él mismo y, sin decir una palabra, se sentó nuevamente. Con un gesto lo invitó a beber. Sin atreverse a preguntar por lo que era, Manuel tragó un sorbo de aquel brebaje desconocido. Tragó el líquido espeso y amargo y siguió hablando.

-Marcos –dijo- quiero explicarle un poco más lo que hago, para que vea lo útil que puede ser para todos…

Pero pronto comprendió que esa era la misma explicación que había dado la primera vez al consejo de la aldea. Se trataba, pues, de una repetición, porque en realidad no había mucho más que decir. De cualquier manera, procuró ganar tiempo antes de tocar el punto que le interesaba. Bebió otro trago y siguió su exposición. Primero disertó sobre los beneficios de las investigaciones geológicas y estaba explicando la integración pluridisciplinaria del grupo de investigadores de la universidad, cuando comenzó a notar que el rostro de Marcos se desfiguraba, como sucedía en esos espejos de las ferias que distorsionan las imágenes. Se alargaba tan alto hacia arriba que la frente quedaba muy alejada de la boca o, por el contrario, la faz se hacía muy ancha y redonda, con los ojos separados bajo unas cejas ondulantes. Manuel pensó que estaba borracho y trató de disimularlo. Continuó hablando para no perder la compostura pero, sin saber exactamente en qué momento, no pudo decir una palabra más y, extasiado, quedó contemplando la escena, en la que Marcos Luna ya no estaba.

La choza se iluminó con un gran incendio interior. Las llamas llegaban hasta el techo de paja pero extrañamente no lo quemaban, tan solo lo acariciaban. Tampoco transmitían calor: el aire permanecía frío y húmedo. Con todo, se agitaban y crepitaban con fuerza. El resplandor iluminaba su cuerpo delgado. Incrédulo, Manuel revisaba su ropa para verificar que no hubiera sido tomada por el fuego. De pronto, desde la distancia de un pasado remoto, en el corazón del incendio brotó la imagen de lo que parecía ser un templo de unos veinte metros de alto y un centenar de largo. Flotaba en la atmósfera de la choza. Pero, nuevamente esta se volvió oscura: el incendio se disipó, y una nueva luminosidad apenas revestía las paredes de caña. Aquella masiva y solemne edificación seguía ocupando la pieza: era un solo bloque de piedra negra, con la forma de un lingote de aristas redondeadas, todo labrado de signos y símbolos gráficos, jeroglíficos de una civilización desconocida. Alrededor, muchas personas de la raza de Marcos Luna circulaban ataviadas con ricos vestidos y vistosos ornamentos. De pronto, el templo explotó con un estallido silencioso, mudo, como el de una estrella distante, y una lluvia de fragmentos cayó sobre un suelo arrasado y yermo, igual al de las cumbres de la sierra. Sobre este paraje, apareció la figura de Marcos Luna majestuoso y soberbio como nunca, con una diadema de oro en la cabeza y un manto ceremonial, relatando la génesis de su pueblo. Traída desde la profundidad del pasado por las ráfagas de un viento cósmico, su voz llegaba en párrafos sueltos de resonancia grave. Manuel solamente captaba trazos esenciales de una historia sideral:

-…nuestra raza, la que puebla esta parte de América, no vino de otros continentes bogando por los océanos ni marchando por los territorios de otras altitudes… Antes de que hubiese seres humanos en otras partes del planeta, llegamos a tres puntos diferentes de la Tierra. En cada uno de ellos, nuestra gente fertilizó los suelos, echó a volar los pájaros y, metiendo las manos en el agua, hizo que los peces nadaran ágilmente. Nuestro pueblo se enseñoreó de este mundo porque el viaje que lo trajo hasta aquí no tenía retorno al suyo original… Para que el saber de nuestra civilización no se perdiese y viajara con nosotros a este ignoto destino, antes de dejar nuestro hogar lo inscribimos en la superficie de las tres naves. Al llegar, nuestro grupo conservó la suya como templo de su cultura, pero al cabo de las primeras centurias la estructura monolítica no soportó la rotación de la Tierra y entró en fases de vibración progresivas hasta que se desintegró. Sus fragmentos quedaron esparcidos e interpretamos que era la silente voluntad de la historia que así fuese, porque seguramente en esta nueva morada aquellos conocimientos no servirían de nada, y aceptamos con desprendimiento la condena de una inmerecida ignorancia para empezar a desenvolvernos en un modo de vida sencillo y frugal. Quedó prohibido recomponer la nave-templo y se olvidó el secreto de nuestro planeta de origen, explicado como estaba en su techo. Nunca más tuvimos noticias de las otras dos naves ni supimos si habían alcanzado sus destinos. Pero la tradición oral ha de transmitir por siempre que nuestra misión es la de procrearnos para perpetuar nuestra presencia en este suelo, porque las plantas y los animales necesitan de nuestro aliento para sobrevivir… El hilo conductor de la vida en el cosmos pasa por estas alturas, por nuestro pueblo…

Manuel no supo en qué momento había perdido el conocimiento o se había quedado dormido. Todavía dentro de la choza, amaneció con un fuerte dolor de cabeza. Marcos Luna lo observaba, sentado en la misma posición que la noche anterior. Arteaga recordó lo que había visto -¿sueño? ¿delirio?- y se culpó por haberse emborrachado. Se levantó con torpeza y se despidió de Marcos Luna disculpándose por las molestias causadas. Marcos lo miró con un asomo de sonrisa condescendiente.

De regreso a la capital, Manuel pensó que sus colegas nunca comprenderían por qué le era imposible –o en todo caso inútil- mejorar su comunicación con Marcos Luna. Solo él sabía que nunca lograría ganarse su confianza y hacerlo entregar sus secretos, menos después de haber desperdiciado la oportunidad que significó estar a solas con el indio en su propia choza. Su segunda misión había fracasado y estaba decepcionado de sí mismo.

Al día siguiente sus compañeros de la universidad lo recibieron jubilosos,  pues estaban entusiasmados con la expansión del Proyecto Matemis.

-No- dijo él-. Eso se acabó.

-Te equivocas- le respondió uno de sus colegas-. En tu ausencia nos han llegado, por correo electrónico, noticias de que otras piedras, idénticas a la nuestra, han sido halladas en Alaska y en Mongolia. El Proyecto Matemis se hará internacional y nos uniremos a grupos de investigadores en esos lugares. Contamos con que sigas siendo nuestro director.

En ese momento, Manuel supo que lo suyo no había sido un delirio: después de todo, el indio le había revelado el gran secreto. Pero de inmediato comprendió que conocer el secreto también lo convertía en su guardián. Desde entonces, participa en las expediciones, pero cuando sus colegas discuten el sentido que encierran las piedras e intentan descifrar la conexión que existe entre los tres lugares, él solo guarda silencio.

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