Enrique Castillo: Igorex, el observado

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Enrique Castillo.

09Era de noche, muy tarde. Igorex había salido a caminar, tratando de vencer el insomnio causado por las preocupaciones de su trabajo de vendedor de bienes raíces. Había llegado hasta las afueras del pueblo, donde comienza el campo. Se aproximó a una valla de madera, que cercaba un potrero. Se acodó en ella y miró hacia el cielo. Algunos nubarrones se destacaban como manchas negras sobre un fondo ligeramente iluminado por la Luna, que se ocultaba detrás. De pronto, un destello blanco, fugaz y lejano, entre las nubes, impresionó su vista. Pensó que había sido un relámpago. Seguidamente, lo que vio causó desasosiego en su corazón y en su boca se ahogó un grito, al recordar que estaba solo y que con nadie podía compartir el horror de contemplar un fenómeno que no era natural: rayos luminosos, delgados y rectos, se proyectaban en direcciones encontradas y estallaban al final en rápidos destellos silenciosos. Nada se oía. Era una batalla aérea, o quizá espacial, a considerable distancia, en los confines de la atmósfera. Igorex apenas adivinaba la ubicación de las naves por los rayos que disparaban. Por su rapidez y el tipo de evoluciones que hacían, se percató de que no podían ser aviones militares convencionales, sometidos a la fuerza de gravedad ni movidos por algún tipo conocido de propulsión. Ese detalle aumentó su agitación. En menos de dos minutos, que le parecieron excesivamente largos, todo cesó.

Igorex permaneció consternado, aferrado todavía a la valla con las manos a la altura del pecho. Luego distinguió, al otro lado de la cerca, en el potrero, un grupo de personas en medio de un resplandor. Eran unos siete sujetos cuyos rasgos no podía distinguir. Igorex oyó que lo llamaban por su nombre. Se acercó y, temblando, se internó en el resplandor. Sintió como si estuviese en un campo energético y todo su cuerpo se hubiese impregnado de algo transformador. Los extraños lo rodearon. Tuvo la sensación de que los conocía, de que tenía con ellos una vieja relación.

-Has presenciado lo que acabamos de hacer con nuestras naves -dijo uno de ellos, sosteniendo un casco bajo el brazo-. También has penetrado en el halo luminoso y, con ello, te hemos incorporado. Es conveniente que sepas que, por órdenes del presidente del Órgano Rector, nos ocupamos de la seguridad del planeta. La gente común ha sido mantenida en la ignorancia de que estamos expuestos a ataques externos desde hace mucho tiempo. Quienes formamos parte de la Patrulla, participamos en estas misiones de defensa. Hace ya muchos años el Órgano Rector tomó la precaución de desarrollar nuestra tecnología defensiva y de organizar un trabajo estratégico; pero el pueblo no ha sido enterado de nada para no perturbar la paz y la tranquilidad que lo hacen feliz. No sabemos de dónde vienen los invasores, pero hasta ahora los hemos vencido siempre, en batallas que ocurren muy alto y que, por lo general, no son visibles desde la superficie.

Repentinamente, el resplandor en que estaban inmersos desapareció y, con él, las otras personas. Igorex quedó solo, en la oscuridad. Sabía que aquel acontecimiento cambiaría su vida.

No se podía explicar la razón por la cual había sido admitido a participar de aquel secreto y estaba receloso de su verdadero significado. El hecho de descubrir que, detrás de la apariencia de una vida pacífica y ordenada, casi pueblerina, había en realidad un portentoso avance científico y militar y una amenaza externa, alteraba, de golpe, su concepto del mundo y de la sociedad. Hubiese preferido no saber nada de eso, seguir viviendo en la plácida ignorancia. Ese saber oculto tenía para él algo de maligno.

Regresó a su apartamento y fue al dormitorio. Mientras se desvestía, miró el gran espejo de la pared y allí tuvo la primera comprobación de que algo había cambiado en él. No era su apariencia, sino el acceso a un conocimiento especial. Lo que vio en el espejo no fue su propia imagen, sino la de Andreas Kavichevas, un conocido suyo. El espejo transmitía la imagen viva de Andreas en su propia casa, con una expresión de angustia y temor, tras ser informado de su separación de la Patrulla de Defensa. Como nunca había sabido de la existencia de la Patrulla, menos imaginaba Igorex que Andreas fuese miembro de ella; no obstante, sin necesidad de explicaciones de nadie, entendió todo: por decisión del Órgano Rector, Andreas pasaba a ser un marginado. Su imagen desapareció del espejo y, en su lugar, apareció la del propio Igorex, estupefacto. Era una advertencia terrible: si había podido ver lo que ocurría en la casa de Andreas, eso significaba que también él era observado. El mensaje era claro: había sido inscrito en la red de información, había sido incorporado a un círculo posesivo. De ahora en adelante no tendría privacidad. Sería objeto de observación dondequiera que estuviese, a toda hora del día y de la noche. El Órgano Rector era omnisciente. Estremecido, comprendió que la vida pacífica y ordenada del sistema social requería, quién sabía desde cuándo, un poder tiránico, oculto, ejercido sobre ciertos sujetos que el Órgano Rector tomaba a su servicio para que los demás, indolentes y despreocupados, pudiesen disfrutar de la tranquilidad, paseando con sus familias por los floridos parques pulcramente cuidados o trabajando en cómodos lugares, de conformidad con las modalidades de administración que, desde varias generaciones atrás, habían logrado conciliar el goce y el deber, el trabajo y el juego.

El mensaje era inequívoco: él, Igorex, había sido reclutado para sustituir a Andreas, y más le valdría ser leal para no correr la misma suerte que su amigo.

En todo caso, quedaban pendientes las grandes preguntas: ¿por qué y para qué lo habían reclutado precisamente a él? ¿Qué esperaban? Nadie le había dicho cuáles deberes acarreaba su nueva condición. Solamente le habían permitido ser testigo de un acontecimiento espacial y le habían informado que había sido «incorporado». Presentía, sin embargo, que la incorporación no era ningún progreso en su vida, ninguna promoción a un estado superior sino, por el contrario, una especie de secuestro, un sometimiento. La experiencia del espejo así se lo daba a entender.

A la mañana siguiente, llegó Carinta, la empleada doméstica, pues era día de limpieza.

-Patrón -le dijo- supe que fue incorporado. …Quiero mostrarle algo.

-¿Cómo? -preguntó Igorex, sorprendido-. ¿Usted está enterada?

-Sí –respondió Carinta-. Somos muchos, aunque en mi caso no se dice que estoy incorporada. Mi nivel social es muy bajo para eso. Solo soy una empleada doméstica. Precisamente, lo que quiero mostrarle tiene que ver con la gente como yo.

Al terminar de decir eso, sacó una cajita de metal del tamaño de una cajetilla de cigarrillos y la abrió. En su interior había pequeños tubos que semejaban cigarrillos, pero dañados y truncos a distintas alturas, unos más cortos, otros más largos; ninguno completo.

-Esto, ¿qué es? -preguntó Igorex.

-Es un mensaje. Estos tubos representan a las personas que laboramos en actividades de servicio en este sector: jardineros, empleados de mantenimiento, electricistas, empleadas domésticas. El trocito que les falta indica que nuestro fin ya está señalado, cada quien en una fecha diferente. Por eso, unos son más cortos que otros y no hay dos iguales. Pero, en el fondo, nuestra eliminación solo es un medio para acosar a los incorporados. Suprimirán a toda la gente que les provee servicios y, en poco tiempo, tendrán que hacerlo todo ellos mismos. Y el único propósito es hacerles sentir el peso del poder. Es para amedrentarlos. El Órgano Rector llegó a la conclusión de que los privilegios que solía concederles eran innecesarios porque, al estar incorporados, tienen que colaborar forzosamente. Ha decidido, entonces, tratarlos con dureza, lo que le cuesta menos dinero. La exterminación de los servidores y el sometimiento de los incorporados son situaciones que ocurren sin escándalo. El resto de la población las ignora. Sé que sabrán que le he dicho esto, pero no me importa. No tengo nada que perder puesto que mi fin está ya definido.

Igorex sintió que el corazón se le helaba. Por lo visto, su caso no era único, y a todos los que compartían su situación los estaban oprimiendo. En cuanto a él, seguía preguntándose por qué el Órgano Rector quería servirse de un corredor de bienes raíces, soltero, que llevaba una vida común, sin ninguna habilidad especial que aportar a esos niveles tan elevados de la política y la defensa. Intuía, sin embargo, que esto último lo tenían resuelto. La inmersión en la nube luminosa le había proporcionado algunas potencialidades que lo harían útil. Volvió a mirar a su perro, que estaba acostado en un rincón del comedor. Extendió el brazo derecho y, señalándolo de lejos, deseó levantarlo del suelo. El animal ascendió un metro y se quedó flotando en el aire, todavía dormido.

“Me han hecho poderoso», pensó, «aunque, con seguridad, lo han calculado de manera que no pueda poner en peligro su propio poder. Me han dado instrumentos para que les pueda servir, mas siempre estaré sometido. Para ello me han privado de mi ámbito de intimidad.»

Salió a la calle, a caminar y a meditar sobre su suerte. Atravesó la plaza principal como todos los días, pero por primera vez observó en lo alto de uno de los postes del alumbrado público, un pequeño foco, rojo oscuro, colocado bajo la lámpara principal. Estaba apagado cuando lo vio, pero al acercarse se encendió. En la luz dirigida hacia él, Igorex captó una voz que lo conminaba:

-No debes alejarte. Regresa a tu casa. Allí recibirás instrucciones.

Igorex se revolvió de rabia. Sin verbalizar, habló mentalmente, iracundo, seguro de que su pensamiento sería entendido: «No haré caso. No soy de su propiedad. Me han hecho prisionero sin celda; me han quitado mi privacidad. Pero conservo mi mente. Con ella los venceré; con ella me rebelaré. No le temo al mal mayor. Sin miedo de morir, no me podrán dominar, como Carinta, a quien el anuncio del fin la ha liberado.»

Siguió caminando, alejándose de su casa.

Nada pasó. Empezó a reflexionar. «Sin el temor de la muerte, es cierto que no me detendrán. Sin embargo, estaré vivo. Y mientras esté vivo, me estarán vigilando. No podré comer, dormir, amar sin ser observado, durante días, noches, meses y años. No obstante, podré pensar lo que quiera.»

También se dio cuenta de que de nada le valdría pensar libremente si no podía actuar libremente. Y hasta dudó de poder pensar sin un ámbito de intimidad. «Para pensar es necesario estar tranquilo y a solas. Yo nunca lo estaré», se dijo, «aunque, después de todo, no soy un filósofo que piensa grandes ideas.»

Era cierto que no lo era; pero eso no importaba. Hasta el más humilde de los hombres aspira a un poco de reserva. En su vida rutinaria, la posibilidad de desplazarse a todas partes y el aislamiento que le proporcionaba su hogar eran cosas que daba por descontadas, que aprovechaba sin tener conciencia de ellas. Había bastado la amenaza de perderlas para que todo su valor se tornase evidente. Y ahora que se enfrentaba con una realidad que trascendía la amenaza, sentía que le faltaba el aire. No estaba dispuesto a darse por vencido.

Horas más tarde volvió a su apartamento. Ni ese día ni en muchos más recibió nada que se pudiera entender como órdenes o instrucciones. Con el correr del tiempo seguía sintiéndose vigilado, pero se había acostumbrado tanto a ello que solo lo recordaba por la noche, al acostarse. Estaba aprendiendo a vivir sin privacidad. En su trabajo, cuando trataba de poner de acuerdo al vendedor y al comprador de una casa, cuando comía solo o con algún colega en la cafetería ubicada frente a su oficina, se sentía como antes. A veces salía con alguna amiga, y no pensaba en su limitación.

Él mismo se cuestionaba sobre la naturaleza de su indiferencia. Bien podría ser la dócil aceptación, más o menos consciente, del sometimiento, una especie de transigencia tácita y cobarde con el Órgano Rector. O, al contrario, podría ser una manera de luchar contra él y de vencerlo: ignorar al oponente puede ser una forma de abatirlo. Pero, en verdad, ¿cuál era su capacidad para desafiarlo y sustraerse de su control? Si el Órgano Rector era omnisciente y omnipresente, ¿cómo burlarlo?

Un jueves, día de limpieza, Carinta no llegó. Igorex comprendió que la habían suprimido. En un impulso de rabia, hizo levitar a su perro con la intención de lanzarlo contra la pared, como para demostrarles el poder de que disponía para vengarse. De inmediato se avergonzó de lo ridículo de su gesto. Esa facultad, mínima, se la habían proporcionado ellos mismos, sus enemigos. Y era una migaja comparada con el poder que ejercía dominio sobre él.

Le vino a la mente la idea de buscar a los otros incorporados, de pactar una alianza con ellos y de proponerles una sublevación. Loca idea, pues todo se sabría desde la primera palabra, desde el primer pensamiento.

Finalmente se conformó con conservar su lucidez y mantenerla a salvo del poder, como el pobre conserva su dignidad en la desposesión.

Un día, al atardecer, apareció escrito en el espejo el siguiente mensaje: «Preséntese dentro de una hora en la base espacial. Allí vivirá en lo sucesivo. Si desobedece, será aniquilado.»

Apagó las luces del apartamento y permaneció sentado en un sillón, inmóvil y lleno de coraje, dispuesto a rebelarse pasivamente.

Dejó pasar la hora.
Anocheció, y permaneció igual.
Hacia la medianoche, repasó mentalmente un poema -sabía que lo percibirían- que había leído alguna vez en un poemario anónimo:

Dejé volar una palabra al viento.
Libertad era ella.
Tan libre era que, tarde en el tiempo
pudo, aún más bella,
sobrevolar mi último pensamiento.

Exactamente en ese instante, cuando la última campanada de las doce marcó la consumación de su rebeldía, el fogonazo de un rayo saltó del espejo y fulminó el cuerpo sedentario de Igorex, desintegrándolo.

Sobre el suelo, apenas quedó un puñado humeante de cenizas.

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