Enrique Castillo: La cena

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Enrique Castillo Barrantes.

Muy bien vestido, entro al restaurante. Pasado el vestíbulo, me detengo a admirar la altura del techo y la elegancia de las mesas, de manteles largos, vajilla de porcelana y cubertería de plata. Hay una atmósfera iluminada a medias, acogedora. El jefe de meseros, trajeado de negro, viene solícito a recibirme y encomienda a uno de sus subalternos conducirme al sitio apropiado. Noto que, al fondo del salón, en una esquina, un guitarrista toca de pie su instrumento eléctrico, amenizando la cena. Por eso, cuando el mesero me lleva hasta una mesa pequeña situada junto a la pared y me indica un puesto que me haría quedar de espaldas al guitarrista, me rehúso. Opto por sentarme en el lado opuesto, mirando hacia el otro extremo donde, además del músico, hay mayor actividad, ya que varias mesas largas se encuentran ocupadas por numerosos comensales que parecen conformar un solo grupo.

El restaurante es parte de un gran hotel de estilo colonial español, con una atmósfera medieval a pesar de la luz eléctrica. Con los nudillos toco la pared, que semeja áspero concreto y suena hueca. Los cielos y las paredes, que parecen voluminosos y sólidos, son casi ficticios.

Las nociones de tiempo y espacio se tornan vagas. Esto puede ser Miami, pero quizá sea Dallas o Los Ángeles. Puede ser cualquier ciudad de los Estados Unidos. Pero no sé si es, después de que los Estados Unidos han dejado de ser tales. También puede ser antes de que estos existieran.

Hay una gran algarabía provocada por el grupo grande.

Se acerca un mozo a ofrecerme un aperitivo. Le pido un whisky y aprovecho la ocasión para preguntarle si aquel es un grupo religioso. Me dice que sí, que es un grupo religioso que existe desde el siglo XIII. Luego me aclara que son miembros de una logia, de donde deduzco que son masones.

Otro mozo me trae la bebida y la carta de platos. Después de estudiar la lista escojo una tapa -pues con ese nombre tan español aparece- de calamares fríos y unas chuletitas de cordero.

Termino de beber el whisky y, cuando el mozo regresa a tomar el pedido, me animo a preguntar nuevamente por la naturaleza de aquel grupo. Ya he notado que los hombres están vestidos de esmoquin, algunos con corbatín y pañuelo rojos. Esa liberalidad en el color me confirma que estamos en Estados Unidos. Las damas parecen menos elegantemente vestidas pero, tanto entre los hombres como entre las mujeres, todo es de un refinamiento exquisito: la manera de comer, los platillos tan bien presentados que les son servidos, las delicadas bebidas que toman. Este segundo mesero me da otra versión: me explica que se trata del capítulo correspondiente de una asociación de cultivadores del buen comer, de origen francés. Viene a mi mente el recuerdo de una asociación semejante llamada algo así como la «Cofradía de la buena mesa y del buen vino», que me hizo el honor de invitarme alguna vez a uno de sus banquetes, nada menos que en el restaurante del Senado, en París. Conociendo ese antecedente, pienso que esta hipótesis es más próxima a la realidad que observo. En este momento reparo en un detalle que parece confirmarla: algunos de los señores ostentan cintas de colores alrededor del cuello y largos y pesados collares de metal que reposan sobre sus abultados pechos, en señal, posiblemente, de los grados que ocupan dentro de la organización.

Una mujer se destaca por su sombrero ornado con un clavelón rojo vivo de papel metálico y por el velo que cubre sus ojos.

El guitarrista continúa tocando, con habilidad, una suave música que sirve de fondo a la reunión.

El salonero me indica quién es el presidente del grupo. Este lleva un esmoquin de saco blanco. Tiene unos sesenta y cinco años y el pelo plateado. Es grueso y también porta cintas y varios largos collares de metal.

Me traen los calamares. Son blancos, en rodajas, muy bien condimentados. He pedido un vino francés, pero luego, en vista de su nombre, dudo de su origen. El mozo me asegura que es francés y me demuestra, con la etiqueta, que sí lo es.

De pronto escucho, a mi espalda, tres palmadas destempladas, a modo de solitario y sonoro aplauso en honor del guitarrista, que ha seguido tocando ignorado por todos y que acaba de finalizar la interpretación de una pieza. Sorprendido, me vuelvo en busca de la persona que ha aplaudido. Es una mujer, sentada frente a la otra pared y que me da la espalda. No comprendo que se haya sentado frente a la pared, dándole la espalda al comedor, al músico y a toda aquella entretenida actividad que me divierte, y menos aún entiendo que aplauda. Creo que ha de ser la madre del guitarrista, quien aplaude de ese modo más para protestar contra el público indolente que menosprecia el arte de su hijo, que por verdadera admiración. Aunque podría ser por ambas cosas a la vez.

Me sirven las chuletitas de cordero con las puntas de los huesos primorosamente envueltas en unas barbas de papel. Le pregunto al mesero cuál es el origen del cocinero que prepara unos calamares dignos de cuchara española o italiana y un cordero con tradición francesa. Me responde que es irlandés. Me sobrepongo de la sorpresa al caer en la cuenta de que ha de ser todo un profesional, que aprendió su oficio en alguna gran escuela de cocina, de esas en las que, bajo la guía de experimentados maestros, hasta un irlandés puede hacerse un gran cocinero. Y con seguridad lo es, y por ello este restaurante ha sido escogido para la cena anual de los amantes de la buena comida.

Las luces se apagan y un batallón de saloneros sigue en formación a su líder, quien trae un pastel de cumpleaños. Los meseros cantan en coro Happy birthday y se acercan a una rebosante señora que, feliz, agradece el gesto. Los miembros de la cofradía se suman al coro.

El presidente se pone de pie y, cámara en mano, toma fotografías y dispara destellos como relámpagos.

Todos se han sentado y siguen comiendo. El guitarrista ha retomado su instrumento y, con suavidad, sigue dimanando melodías.

La mujer aplaude de nuevo con la misma disonancia de antes. Me vuelvo a mirarla. Permanece de espaldas, mas logro observar su mano izquierda, con la que sostiene el tenedor. Es una mano de vieja, arrugada y manchada. Creo que no es la madre del músico, que no lo conoce y que solo aplaude por solidaridad, pensando que él se debe sentir solo y desdeñado, tocando para extraños indiferentes a su música.

Y eso me resulta paradójico, pues quien se ve muy sola es la mujer. Siento pena por ella.

Nuevamente el grupo se activa. El presidente está otra vez de pie y los demás socios de collar lo acompañan, junto con algunas de las señoras. El presidente toma un vaso vacío y lo hace sonar con una cuchara. Al oír el campaneo, todos callan. El presidente inicia su discurso en homenaje al cocinero jefe y al jefe de meseros. Estos dos vienen al grupo y reciben unos platones de plata y agradecen el agasajo. Una dama toma las fotografías y todos aplauden. El momento es histórico para la agrupación.

Cuando vuelve la calma, me volteo a observar a la mujer. Noto su pelo largo y desgreñado. Sus zapatillas son como pantuflas de paño. Ha colocado su bolso, de tela, sobre el piso, a la par de las patas de la silla.

La música se ha reanudado. Me levanto y, sin mirar su rostro, que ha de ser muy feo, la saco a bailar. No hay, sin embargo, pista de baile. Junto a su mesa, la hago girar velozmente. Sigo sin ver su rostro. No le hablo ni me habla. Se vuelve a sentar y regreso a mi mesa

Los del grupo se toman, aún, fotografías.

Les traen buenos postres y café. Luego, en grandes copas, beben coñac. Fuman y charlan. Uno de los señores reparte puros habanos.

Algunas parejas se marchan. Los que quedan se agrupan en pocas mesas. Mantienen sus semblantes felices y satisfechos.

La mujer permanece sentada y comiendo. Yo he terminado mi cena. Al levantarme para partir e irme a acostar, me doy cuenta de que soy yo y no ella el más solo de todos. La curiosidad de ver a los demás viviendo me ha creado la ilusión de que formaba parte del mundo y he estado todo este rato pendiente de esa ilusión. Sentada de espaldas, ella la ha rechazado, conforme consigo misma. Nada le falta. Camino a la habitación, yo siento que me falta todo: una música, una compañera, una cofradía.

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